Historias de Fe

La historia de la primera ‘hija’ que Chinchachoma rescató de la calle

Laura vagó por distintos vecindarios de la ciudad; tras cinco años, su vida cambió en el Parque de los Venados.
Laura fue rescatada de la calle por Chinchachoma. Foto: Ricardo Sánchez
Laura fue rescatada de la calle por Chinchachoma. Foto: Ricardo Sánchez

Debido a intentos de abuso por parte de su padrastro, Laura Mejía vivía una situación insoportable. Recuerda que un día, a sus ocho años, salió de casa llorando, comenzó a caminar sin rumbo y jamás volvió.

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En la calle, la situación no fue mejor: pasó cinco años de desprecios y violaciones que fueron marcando su corazón, hasta que un desconocido de largas barbas llegó a su rescate.

“Viví por toda la ciudad –platica Laura Mejía–, y al final llegué al Parque de los Venados, hambrienta, agredida, abusada, drogada y mugrosa. “Entonces conocí al Chincha. Cuando lo vi me dio miedo por la historia de abusos que traía. Me dijo: ‘Te amo’. Pero yo no entendía qué me quería decir, porque venía de la nada, y en la nada nomás se entiende de dolor”.

Era 1980, Hogares Providencia no contaba con espacio para mujeres. Así que Chincha les buscó a ella y a otra jovencita un lugar provisional. Apenas pudo, les formó una casa, donde comenzaría a recibir a más mujeres.

Laura platica que dentro de Hogares Providencia ella fue una joven muy rebelde. “Mi ‘papá’ hacía todo para que yo estuviera bien: me cantaba, me traía regalos el 6 de enero, me festejaba mis cumpleaños, y yo no podía soltar la droga. Pero él tenía un as bajo la manga: conocía mi gran deseo de casarme algún día”.

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Así, Chinchachoma cierta vez le pidió arreglarse para llevarla a un lugar. Llegaron a un manicomio y Laura comenzó a llorar y a pedirle que no la abandonara ahí. “Yo nunca te abandonaría –le dijo él–. Te traje aquí para que veas cómo puedes quedar, y entonces ya no podrías casarte”.

Laura dejó las drogas y pudo salir adelante gracias a los Hogares Providencia y al gran amor de Chinchachoma.

“Su muerte nos pegó a todos sus hijos. No lo podíamos creer. Vinieron de España para llevarse su cuerpo, pero les echamos montón: les dijimos que lo dejaran aquí para que tuviéramos donde llorarle, y nos lo dejaron. ¡Lo extraño, lo amo, me hace falta aún!

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