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COLUMNA

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Extiende tu brazo

El descanso no es sólo una pausa en el trabajo. La Biblia lo presenta como un mandamiento que recuerda al hombre que no fue creado para ser esclavo del trabajo.

6 marzo, 2026
Extiende tu brazo
La Biblia recuerda que el descanso también es un mandamiento de Dios. Foto: Especial

El descanso no es sólo una pausa en el trabajo. En la Biblia aparece como un mandamiento que recuerda al hombre que no fue creado para vivir esclavo del trabajo y de sus ocupaciones.

Me gusta leer a menudo este pasaje del libro del Deuteronomio; me gusta que Dios se tome en serio el descanso del hombre, y no sólo del hombre, sino también de los animales e, incluso, de la tierra: “Así dice el Señor: Guarda el día de sábado, santifícalo como el Señor, tu Dios, te ha mandado. Durante seis días puedes trabajar y hacer tus tareas; pero el día séptimo es día de descanso dedicado al Señor, tu Dios. Ese día no harás ningún trabajo, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu esclavo, ni tu esclava, ni tu buey, ni tu asno, ni tu ganado, ni el forastero que reside en tus ciudades, para que descansen como tú el esclavo y la esclava. Recuerda que tú fuiste esclavo en Egipto…” (Deuteronomio 5, 12-15).

A menudo, cuando me siento desbordado por los compromisos, leo este pasaje para no olvidarme de que Dios me quiere hacendoso, sí, pero también libre; ocupado, pero con tiempo también para Él y para mí.

No es casual que se mencione en este pasaje bíblico a los esclavos, ni que Dios, deliberadamente, recuerde a Israel su esclavitud en Egipto. “Recuerda que fuiste esclavo…”. ¿Y qué es lo propio de los esclavos? Trabajar siempre, no tener tiempo para Dios, para uno mismo ni para nadie. Pues bien, este es el mandamiento que Dios da al pueblo que había estado reducido a servidumbre: que aprenda a descansar. Y porque era esclavo, Dios tiene a bien regalarle algo que antes no tenía y echaba de menos: tiempo. ¡Ahora Israel tiene tiempo!

Quizá a menudo pasamos de largo ante este hecho: que el texto citado constituye, en esencia, nada menos que el tercer mandamiento de la ley de Dios. Lo que nosotros los cristianos, de manera un tanto apresurada, vaga y superficial, hemos traducido como: “Santificarás las fiestas”, en realidad se refiere a esto: al descanso.

Sí, me gusta que Dios se tome en serio mi reposo. ¡El descanso del hombre, a los ojos de Dios, es una cosa seria! Y tan seria que tuvo a bien elevarlo a dignidad de mandamiento. El descanso semanal no es una piadosa recomendación, sino un mandato.

No obstante que el descanso sabático era de por sí una verdadera liberación, los maestros de Israel se encargaron de que se convirtiera en una carga:

“Un sábado, atravesaba el Señor por un sembrado; mientras andaban, los discípulos iban arrancando espigas. Los fariseos le dijeron: ‘Oye, ¿por qué hacen en sábado lo que no está permitido?’” (Marcos 2, 24).

“Otra vez entró Jesús en la sinagoga y había allí un hombre con parálisis en un brazo. Los fariseos estaban al acecho, para ver si curaba en sábado y acusarlo” (Marcos 3, 1-2).

Por eso dice Jesús a los espías a manera de reproche: “¿Qué está permitido en sábado: hacer el bien o el mal?” (Marcos 3, 4).

Pero, ¡un momento! ¿Quién es este enfermo? Lo dice el Evangelio: un hombre que tenía parálisis en un brazo. ¿Y eso qué significa?

En tiempos de Jesús, los rabinos discutían si estaba permitido consolar a los tristes o visitar a los enfermos en sábado. Algunos lo permitían; otros lo prohibían. Los sabios del Talmud coincidían en que sólo se podía dar ayuda médica si el enfermo estaba en peligro de muerte.

Es por eso que Jesús pregunta a sus acusadores: “¿Qué está permitido en sábado: hacer el bien o el mal?, ¿salvar la vida de un hombre o dejarlo morir?”.

El teólogo Joseph Imbach explica que el hombre del brazo paralizado representa al ser humano impedido por la ley, atado por normas que limitan su actuar y sus posibilidades humanas.

Porque está impedido, tampoco puede ayudar al prójimo. Sólo cuando esté curado podrá extender la mano a los demás y ofrecerles su ayuda.

Por eso Marcos narra esta curación: porque se trata de un hombre que, paralizado de su brazo, no puede hacer el bien. Y no es que no quiera: es que no puede.

Como si el Evangelio quisiera decirnos: el descanso es sagrado, pero el descanso, si se observa aisladamente, puede convertirse en un fin en sí mismo. Hay algo todavía más santo: extender la mano y ayudar al prójimo.

Después de todo, ni siquiera un apretón de manos puede dar quien tiene el brazo paralizado.