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Sor Inmaculada: la niña que quiso ser monja a los 3 años y nunca abandonó el convento

Entró al convento siendo una bebé, a los 3 años pidió ser monja y nunca abandonó el monasterio. Descubre la conmovedora historia de Sor Inmaculada, una vida entera entregada a Dios

POR  Jorge Reyes
3 mayo, 2026

El estruendo de un cohete rompió el silencio del monasterio.

Raquel era apenas una niña cuando el ruido la hizo correr asustada. Buscando refugio, se metió bajo el hábito de una de las monjas. Ese momento, que parecía insignificante, terminaría marcando el rumbo de su vida.

Hay historias que parecen imposibles de creer. Historias en las que la vocación no llega en la juventud ni en la adultez, sino cuando el corazón aún es el de una niña. Así comienza la vida de Raquel Zavala Lemus, quien, antes de cumplir cinco años, ya expresaba un deseo que sorprendería a todos: quería ser monjita y dedicar su vida entera a Dios.

Criada entre los muros del Monasterio de Nuestra Señora de la Consolación, en la Ciudad de México, Raquel creció rodeada del cariño de las hermanas Agustinas Recoletas, que la veían correr por los pasillos, colarse en la capilla para rezar y jugar entre los espacios del convento como si aquel lugar fuera su verdadero hogar. Para muchas de ellas era “la muñequita del convento”, una niña alegre que desde muy pequeña parecía sentirse profundamente atraída por la vida de oración.

Con apenas tres o cuatro años, aquel sentimiento tomó una forma inesperada: pidió que le hicieran su propio hábito de monja. Las hermanas accedieron, y la pequeña posó feliz con su vestidito blanco y una cruz entre las manos. Aquella escena, que parecía un juego infantil, terminaría convirtiéndose en el primer signo de una vocación extraordinaria que marcaría el resto de su vida.

Años después, esa niña se convertiría en Sor María Inmaculada del Sagrado Corazón de Jesús, una religiosa que permaneció casi ocho décadas en el mismo monasterio, entregando su vida a la oración, la música, el servicio y el amor a Dios. Su historia —que inicia con una pequeña que se colaba por un agujero para ir a rezar con las monjas— es también el testimonio de una vocación que nació en la infancia y nunca se apagó.

Érase una vez una pequeña que llegó a la casa de Dios

Raquel Zavala Lemus nació en una fecha muy significativa y llena de amor, el 14 de febrero de 1945, en Moroleón, Guanajuato. A las pocas semanas, la recién nacida fue llevada al primer Monasterio que fundó la orden de las hermanas Agustinas Recoletas, en donde sus padres llegaron a vivir y en donde su papá se encargaba de las labores de mantenimiento de las instalaciones y de apoyar en algunas otras actividades.

Originarios del estado de Guanajuato, los padres de la niña, Concepción Lemus y Joaquín Zavala, encontraron en el Convento de Nuestra Señora de La Consolación, ubicado inicialmente en la calle de Trípolis 620, en la colonia Portales de la Ciudad de México, un hogar en donde su hija Raquel podría crecer y ser feliz, ya que era un sitio lleno de paz, amor y, sobre todo, con la permanente presencia de Dios. Era una casa de Dios.

La llegada de Joaquín al monasterio de las Agustinas Recoletas se podría decir que fue providencial, ya que tenía una hermana llamada Leonor, quien al tomar el hábito tomó el nombre de Sor María del Carmen, a la que visitaba constantemente. En una de esas ocasiones la Priora se acercó a él para ofrecerle trabajo, mismo que aceptó y de inmediato se mudó ahí junto con su esposa y su hija pequeñita Raquel.

Las hermanas Agustinas Recoletas de la Ciudad de México

En 1939, cinco religiosas de las Agustinas Recoletas, ocultas por la persecución religiosa del gobierno de Plutarco Elías Calles, fundaron el Monasterio de Nuestra Señora de la Consolación, donde la comunidad comenzó a crecer.

Fue en ese contexto cuando la familia Zavala Lemus llegó, en 1945, al monasterio de la colonia Portales. Para los padres, Concepción y Joaquín, significó una estancia temporal en la capital; para la pequeña Raquel, en cambio, marcó el inicio de un camino que la mantendría ligada a ese lugar para siempre.

Los primeros años de Raquel en el Monasterio

La pequeña Raquel pasó sus primeros años rodeada del cariño de sus padres y de las hermanas Agustinas Recoletas del monasterio, quienes la vieron crecer entre sus pasillos.

Sor Imelda García recuerda que las religiosas mayores contaban que la niña solía jugar por todo el lugar y acercarse con frecuencia a las monjas, que la querían mucho. Como su padre trabajaba allí y vivían en un terreno cercano, Raquel solía entrar al convento para convivir con ellas, por lo que llegó a ser conocida como “la muñequita del convento”.

“Siempre andaba ahí jugando porque su papá la llevó al Monasterio porque trabajaba con nosotros. Después solo su papá la cuidaba porque su mamá, como eran de Gua najuato, se fue para allá y entonces se quedó con su papá y él era el que la cuidaba. Ellos estaban aparte, había un terreno atrás y ahí era donde vivían”, señala Sor Imelda, quien con mucho orgullo indica que lleva 66 años en la comunidad de las Agustinas Recoletas.

El cohete que resonó en la Capilla

Sor Tomasa Islas Galván del Sagrado Corazón de Jesús, comenta que a la niña Raquel siempre le gustó mucho convivir con las hermanas del Monasterios, al grado de que siempre se colaba por un hueco que había entre el lugar en el que vivía con sus padres y las instalaciones para ir a platicar con ellas y recibir lo que serían sus primeras instrucciones de fe y en el amor a Dios.

Incluso, rememora que las hermanas mayores comentaban que cuando se encontraban en la Capilla del Monasterio el círculo de oración al Señor, la integraban en esa actividad, en la que participaba con mucha devoción y amor a Dios.

“Cuentan que en una ocasión en la que estaban realizando el círculo de oración ella traía una velita, bueno, ella pensaba que era una velita, pero era un cohete, y quiso prenderla para estar ahí con Nuestro Señor en oración y cuando lo prende dicen que tronó muy fuerte, asustando a todas”, comentó la religiosa que lleva 36 años en la comunidad.

“Eso me llenó de mucho cariño”, indica Sor Tomasa, “porque yo decía: ¿cómo ella, dentro de su inocencia y dentro de su infancia, en todo momento quería como donarse a Dios, donarse a Él. Participar siempre”.

El primer hábito de Sor Inmaculada

Cuando Raquel tenía aproximadamente 4 años en su interior ya se gestaba un deseo que jamás dejó de lado. El continuo contacto con las religiosas y su constante relación con Dios hizo que la pequeña hiciera una solicitud que a muchas personas les sorprendió, pero que también marcaría el camino que años después seguiría.

De acuerdo con los relatos y comentarios que se transmitieron con el paso de los años, la niña dijo que le gustaba ser monjita y que quería ser una religiosa, y por eso pidió que le hicieran su hábito igual al que usaban las religiosas de la comunidad, un deseo que le cumplieron y que disfrutó muchísimo.

“Sí, cuando estaba chiquita, tendría tres o cuatro años, le hicieron su habitito blanco con su toca y su velo blanco. Y por ahí tienen la foto. Sí, desde que estaba chiquita le llamó la atención -ser una monjita”, indica Sor Imelda.

En la memoria fotográfica que resguardan en el Monasterio, hay una fotografía que muestra a la pequeña Raquel, la futura Sor Inmaculada, de aproximadamente cuatro años vestida con el hábito de las hermanas Agustinas Recoletas, sosteniendo una cruz sobre su hombro y con una enorme sonrisa en su rostro. ¡Más felicidad no se puede mostrar en el rostro de una niña!

Un gran dilema y una gran decisión

Debido a que su esposa Concepción Lemus se encontraba enferma en su natal Guanajuato y no contaba con los recursos suficientes para criar a su pequeña, para el año de 1950 Joaquín Zavala tomó la decisión de dejar el Monasterio. Sin embargo, tuvo que enfrentar un gran dilema y tomar una mayor decisión con respecto al futuro de su hija Raquel.

La niña que estaba por cumplir cinco años no solo se había encariñado con las hermanas, sino que al parecer ya había recibido el llamado de Dios, y le había comentado a su padre que ella quería quedarse con las religiosas porque quería ser una monjita como ellas. Pero este deseo también fue externado por la menor a algunas integrantes de la comunidad, lo que llegó a oídos de la Madre Priora.

Luego de analizar la situación e incluso de recibir el apoyo total de la Madre Priora, sor María de la Luz Pérez Castro, una de las cinco fundadoras del Monasterio, de aceptar a la pequeña en la comunidad, Joaquín Zavala decide dejar a su hija al cuidado de las religiosas y de Dios.

En una carta escrita y firmada por el papá de la niña el 13 de diciembre de 1950, fecha en que se celebró el aniversario de la fundación del Monasterio, se señala que “Es mi voluntad que mi hijita Raquel se quede con las madres, hasta que ella decida más tarde, si desea ser monja”.

En el mismo documento, escrito en una hoja de raya y que parece formar parte de un registro del Monasterio, la Madre Priora, María de la Luz Pérez Castro, acepta la decisión tomada y asienta: “yo recibo a la niña”. A continuación, plasma su firma.

Carta escrita por Joaquín Zavala en la que entrega a su hija Raquel para que sea cuidada por las hermanas Agustinas Recoletas.

Formando a la futura Sor Inmaculada

La vida de la pequeña Raquel siguió su curso normal, pero ahora el cuidado que le daban era competencia de todas las hermanas Agustinas Recoletas, pero en especial de la Madre Lourdes, quien le enseñó a leer y escribir, además de prepararla para recibir sus sacramentos. Así, a la par de que la empezaron a formar espiritual y religiosamente, también tenía que iniciar sus estudios educativos, todo ello sin que los juegos y la diversión desaparecieran.

“Dicen que ella era muy tranquila, porque como siempre, cuando era chiquita, la cuidaban mucho y decían que nada más la tenían ahí sentada. Pero que luego le decían las hermanas: ‘Sor Inmaculada, a ver, córrale’, y el juego era ver si la alcanzaban o ella las alcanzaba. Apenas si podía correr. Sí nos caía en gracia que nos decían que no sabía correr bien, que sí le costaba trabajo”, recuerda Sor Imelda.

Sor Tomasa recuerda que la misma Sor Inmaculada le dijo que llegó muy pequeña al Monasterio en donde fue conociendo a las hermanas y que cuando tenía más de 3 años ya se quiso quedar con ellas para siempre.

“Ella nos decía que le gustaba mucho la convivencia con las hermanas, que de chiquita siempre se metía por un agujerito para irse con ellas a platicar y para que la instruyeran en el amor de Dios”, indicó la religiosa con 36 años de formar parte de la comunidad.

El crecimiento de la Orden de las Agustinas Recoletas

A la par que Raquel Zavala crecía y se formaba escolar, espiritual y religiosamente en el Monasterio de Nuestra Señora de la Consolación, la Orden de las hermanas Agustinas Recoletas también vivía un proceso de expansión y su presencia se extendió en la zona centro del país.

Sor Flor señala que, al cumplirse los 25 años de la fundación del convento de Trípoli, en 1968 se colocó la primera piedra para erigir el Monasterio de Tecamachalco, Estado de México; y en 1973 se dio la fundación del Monasterio de San José en Texcoco, Estado de México.

La religiosa añade que para el 15 de agosto de 1974 la comunidad del Monasterio de Trípoli se traslada a su actual domicilio, en Mimosa 21, colonia Olivar de los Padres, Alcaldía Álvaro Obregon, en la Ciudad de México.

El 2 de febrero de 1982 fue la fundación del Monasterio de Santa Teresita del Niño Jesús en Ahuacatlán de Jesús, en San Luis Potosí; y el 29 de junio de 1985 se llevó a cabo la fundación del Monasterio de la Inmaculada Concepción en el área de Nueva Jersey, en Estados Unidos.

El primer paso para ser una monja Agustina Recoleta

Mientras la comunidad de las Agustinas Recoletas crecía, Raquel también lo hacía, tanto en lo físico como en su formación escolar y espiritual, y pronto aquella bebita que llegó al Monasterio con algunas semanas de vida, paso de ser una niña a una adolescente que en su interior incrementaba cada día más su deseo de convertirse en una monjita al servicio de Dios.

Al notar que el llamado de Dios en Raquel era real y fuerte, el 10 de octubre de 1956 la Priora de las Recoletas de San Agustín del Monasterio de Nuestra Señora de la Consolación, Sor María de la Luz Pérez Castro, y tutora de Raquel, le envío una solicitud al entonces Arzobispo Primado de México, Monseñor Miguel Darío Miranda y Gómez, para que autorizara que la menor realizara su aspirantado.

“Teniendo en esta Comunidad a mi cargo una niña desde la edad de tres años, y contando doce actualmente, viendo sus deseos de pertenecer a nuestra Orden, suplico a V. Ex. Revma. se digne dar su licencia para que pueda ingresar y hacer su aspirantado o pre-postulantado en tanto que cuenta con la edad suficiente para que pueda, como lo desea, tomar el hábito”, se lee en el documento que nos muestra Sor Fabiola Guadalupe Solano Abeja, actual Priora del Monasterio.

La petición de la religiosa recibió una respuesta favorable por parte de Monseñor Miranda y Gómez, lo que causó una gran algarabía y felicidad no solo en Raquel, sino también en todas y cada una de las religiosas que la habían rodeado y acompañado siempre y en todo momento.

Solicitud al Arzobispo de México para que Raquel, de 12 años, inicie su aspirantado para ser monja.

La formación religiosa de Raquel Zavala Lemus

Durante cinco años Raquel llevó a cabo la formación religiosa y el itinerario espiritual y humano que le permitirá configurar el perfil para ser una candidata para integrarse oficialmente a la comunidad de las Agustinas Recoletas.

Las Agustinas Recoletas son una orden religiosa católica femenina, de vida contemplativa o activa, que sigue la regla de San Agustín con un enfoque en la austeridad, la oración intensa y la vida comunitaria. Fundada en el siglo XVI-XVII en el contexto de la reforma católica, se caracteriza por la búsqueda de mayor recogimiento.

Las religiosas viven en clausura, dedicadas a la oración, el silencio y la vida fraterna, aunque también se dedican a la atención de los más vulnerables. Su espiritualidad se centra en la interioridad, la comunidad y la caridad, buscando ser “una sola alma y un solo corazón”

Así, el proceso que siguió la joven aspirante se dividió en varias etapas progresivas de maduración vocacional y personal:

  • Aspirantado: Es el primer contacto formal en el que la joven conoce la vida, el carisma y la espiritualidad de la orden, compartiendo en comunidad y discerniendo su vocación inicial.
  • Postulantado: Período de inserción más profunda donde la candidata vive en comunidad sin tomar aún el hábito, profundizando en su madurez humana y espiritual.
  • Noviciado: Es la etapa fundamental de iniciación. La candidata toma el santo hábito, recibe formación específica sobre la vida religiosa, las constituciones de la orden, la Regla de San Agustín y los consejos evangélicos (pobreza, castidad y obediencia).
  • Profesión Solemne: Es la ceremonia oficial de la entrega definitiva e incondicional a Dios para siempre.

Nace Sor Inmaculada a la vida religiosa

A las 8 de la mañana del 14 de febrero de 1960, exactamente el día en que cumplió sus 15 años, Raquel Zavala Lemus, se presentó en el Monasterio el Vicario Provincial de la Arquidiócesis de México, fray Francisco Lizárraga, para presidir la ceremonia de la toma de hábito de la joven, quién así cumplía con ese anhelo que albergaba desde su infancia: convertirse en una monja y consagrarse a Dios.

En el documento que asienta dicho hecho, y que se guarda celosamente en la memoria del Monasterio que actualmente dirige Sor Fabiola Guadalupe, se establece que Raquel cambió su nombre por el de Sor María Inmaculada del Sagrado Corazón de Jesús.

Fray Francisco Lizárraga presidió la ceremonia de la toma de hábito de la joven Raquel cuyo nombre de religiosa fue Sor Inmaculada.

Un año después, tras cumplir todas las etapas formativas, el 16 de enero de 1961, Sor María de la Luz dirige un nuevo escrito a Monseñor Miranda y Gómez en el que señala que “una vez cumplidos los requisitos canónicos de Votación y Exploración de la Novicia Sor María Inmaculada del Sagrado Corazón de Jesús”, le solicita que “se digne a delegar” a un Capellán “para que presida la ceremonia de la Profesión de dicha Novicia”.

La respuesta no se hizo esperar, y el 9 de febrero del mismo año, por medio de Fray Pío Ramírez, Vicario de Religiosas, el Arzobispo de México autorizó la realización de la Ceremonia de la Profesión Temporal de votos de Sor Inmaculada, que se llevó a cabo el 24 de febrero, y cinco años después, el 14 de febrero de 1966, realizó su Profesión Solemne. Por fin, a los 21 años de edad, el sueño de Raquel se cumplía, ya era una monja al servicio de Dios.

Petición y aceptación para la ceremonia de Profesión de votos de Sor Inmaculada.

Los dones de Sor Inmaculada

Una vez ya integrada de manera oficial a la Comunidad que tanto quería, Sor Inmaculada quiso dedicar a Dios algo más que su vida y sus oraciones. A la joven religiosa le gustaba el canto y la música, por lo que para poder desarrollar esos dones que tenía, solicitó la autorización de su superiora para realizar los estudios correspondientes.

De este modo, en 1964, María Inmaculada Zavala ingresó a la Escuela Nacional de Música Sagrada para Religiosas, en donde tomó clases de canto gregoriano, solfeo, piano, órgano, armonía, apreciación musical, vocalización, conjunto y técnica corales, entre otras. El 30 de septiembre de 1967 concluyó el Bachillerato en Canto Gregoriano, por lo cual obtuvo el diploma que así lo amerita.

“A Sor Inmaculada le gustaba mucho tocar el piano. Era muy buena para los instrumentos, porque no solamente tocaba el piano, tocaba también el órgano, el acordeón, el violonchelo y el violín”, recuerda Sor Tomasa.

De hecho, continúa la religiosa, ella fue la encargada de tocar desde entonces el órgano durante las misas que se realizaban en la Capilla del Monasterio hasta que una fuerte afección por artritis le impidió poder permanecer sentada y mover sus manos y dedos.

De la misma manera, recuerdan las hermanas, Sor Inmaculada contaba con una gran y hermosa voz que resonaba de manera celestial en el templo cuando entonaba los cantos durante las misas y que sorprendía a quienes la escuchaban cantar.

“A ella pues la mandaron a estudiar porque le gustaba la música. Era muy buena organista. Tocaba cualquier pieza. Tocaba muy bonito. Cantaba muy bien. Tenía muy buena voz también. Como era la primera voz podía subir los tonos, tenía bonita voz. Entonces cantaba y tocaba muy bien”, señala Sor Imelda, quien nació en 1947 y tuvo la oportunidad de convivir con Sor Inmaculada durante 66 años.

Sor Inmaculada cursó el Bachillerato en Canto Gregoriano, en cuyo plan de estudios se incluía clases de diferentes instrumentos.

Una monja poeta y pintora

De la misma manera, la hermana Imelda, quién llegó al Monasterio a los 12 años, recordó que a Sor Inmaculada “le gustaba también pintar. Pintaba también muy bonito. Pintaba imágenes y podía pintar de cualquier cosa al óleo. Aparte de que seguía estudiando la música todavía”.

En este tenor, Sor Tomasa añade que otro de los dones que tenía Sor Inmaculada era componer poesías e incluso recuerda que cuando ingresó al Monasterio “le compuso una que era muy chiquita” y que todavía recuerda con mucho cariño y amor:

“En la vereda de un camino,
unas huellas fui siguiendo,
pero al irlas recorriendo
supe que habían sangrado.

Una pena encendió mi corazón
y al voltear
vi que era Jesús”.

¿Y qué sintió cuando se la dio y la leyó? -se le preguntó.

“Ay, pues sentí algo muy, muy bonito dentro de mi corazón. Sí, pues es que ella transmitía un amor muy grande a Dios”, afirmó la religiosa sumamente emocionada.

¿Qué representó Sor Inmaculada para la comunidad?

Sor María Inmaculada del Sagrado Corazón de Jesús vivió toda su vida en el Monasterio de Nuestra Señora de la Consolación, primero en su sede de la calle de Trípoli y, después, en el de la calle Mimosa 21 de la colonia Olivar de los Padres, de hecho, podemos asegurar que sus vidas se entrelazaron desde muy temprana edad, ya que la religiosa llegó a las instalaciones cuando éstas recién habían cumplido cinco años de fundadas.

Por esta razón, la religiosa que falleció el 14 de enero de 2026 tiene un gran peso dentro de la historia de la comunidad de la Agustinas Recoletas, pues representa la imagen de lo que es, literalmente, vivir una vida dedicada a Dios y a la oración, pero sobre todo la de una monja que desde pequeña no solo se enamoró del Señor, sino que sintió ese llamado para estar a su lado todo el tiempo.

“Sor Inmaculada era una persona, una monjita muy entregada a pesar de sus padecimientos y de su enfermedad que ya era muy avanzada. Ella tenía artritis. Por los pocos años que la conocí era muy entregada, una persona que sabía que estaba aquí para para servir a Dios y que sabía que su vida la había entregado a Él.

“Ella repetía, me hacía el comentario y me hacía la invitación de que todo se lo ofreciera a Dios, que nos viéramos como unas personas pequeñas y saber que Él lo es todo, que Él nos mira a pesar de nuestra pequeñez y que con Él hacemos una grandeza”, aseguró Sor Nayeli, quien se integró a la comunidad apenas hace siete años, por lo que conoció a la hermana en sus últimos años de vida.

Sor inmaculada durante la misa por el 50 aniversario de su profesión de votos, celebrada en el año 2011. Foto cortesía Monasterio de Ntra. Sra. de la Consolación.

¿Qué legado deja Sor Inmaculada a las Agustinas Recoletas?

La personalidad de Sor Inmaculada era muy interesante, recuerdan sus compañeras de la comunidad, ya que tenía un carácter muy alegre y ello se apreciaba en los momentos de recreación que aprovechaba con gran espontaneidad para recitarles una poesía o para contarles buenos chistes que les sacaba unas sonoras carcajadas. “Era muy buena contando chistes”, asegura Sor Nayeli.

Sin embargo, el mayor legado y el mejor tesoro que pudo dejar a sus hermanas Agustinas Recoletas, y que tienen como encomienda cuidar para que trascienda a las nuevas generaciones, es la entrega incondicional de su vida a Jesús, a la oración y a ellas mismas.

“Ella se daba a los demás, donaba su vida en todo momento y era una persona muy llena de Dios, que lo transmitía y la gente se le acercaba para pedirle consejos, para que los pudiera orientar.

“Aquí en la comunidad era también una hermana a la que tú te le acercabas y te animaba a continuar tu camino como religiosa. En cualquier momento difícil ella te animaba, te hablaba mucho del amor de Dios y de la entrega a Él. Siempre estaba muy alegre, pero también con una serenidad, aún en los momentos difíciles que vivía, porque al final ella sufrió de artritis”, recuerda Sor Tomasa.

Siempre, añade Sor Nayeli, “vamos a recordar y a llevar su entrega en la oración, su entrega para con nosotras, las hermanas, y su entrega a sí misma a pesar de sus limitaciones, pues hacía lo posible por valerse por ella misma. Van a permanecer sus vivencias, su convivencia y todo lo ella haya donado espiritualmente. La tendré presente yo hasta que Dios me llame también”.

Sor Inmaculada era una monja muy feliz a la que le encantaba contar chistes y divertirse, todo ese entusiasmo se lo transmitía a las hermanas de la Orden de las Agustinas Recoletas. Foto cortesía Monasterio de Ntra. Sra. de la Consolación.

La gran relación de Sor Inmaculada con Dios

Para todos quienes la conocieron, nunca fue un secreto el hecho de que Sor Inmaculada tenía una gran relación con Dios, lo que dejó muy en claro cuando a los tres años manifestó su deseo no solo de quedarse en el Monasterio, sino de consagrar su vida a Nuestro Señor, hecho que alcanzó al cumplir los 15 años, cuando vistió el hábito por primera vez y que durante los siguientes 66 años portó con gran alegría y respeto.

“Ella”, asevera Sor Tomasa, “tenía una relación muy profunda con Dios, porque siempre hablaba de Dios como un padre amoroso y ella decía, a veces, que sentía que Dios le hablaba”.

Incluso, continúa la religiosa, en los últimos meses de su vida, cuando su enfermedad ya la tenía postrada en su cama, le dijo a su hermana de sangre, la también monja Agustina Recoleta, Sor Magdalena Zavala Lemus: “Ya me dijo Dios que ya pronto voy a caminar y voy a estar bien”.

“Entonces, suponemos que ella tenía, pues sí, una intimidad muy profunda por nuestro Señor”, recalca.

Las hermanas de la comunidad recuerdan que era tal la relación que llegó a establecer Sor Inmaculada con Dios que cuando se encontraba en sus momentos de oración, siempre estaba sumida en un profundo silencio y en una gran concentración que “aunque pasáramos o, aunque hiciéramos ruido, no la distraíamos. Estaba siempre bien concentrada practicando su oración con Dios”.

Sor inmaculada con su hermana Sor Magdalena, quien se encuentra en el Monasterio del Sagrado Corazón de Jesús, ubicado en Tecamachalco, Estado de México. Foto cortesía Monasterio de Ntra. Sra. de la Consolación.

El fin de una era en la comunidad Agustina Recoleta

El 14 de enero de 2026, un mes antes de cumplir 81 años, aquejada por las secuelas de una grave artritis reumatoide que padeció y le detectaron cuando tenía 40 años, Sor María Inmaculada del Sagrado Corazón de Jesús, aquella niña que con unas cuantas semanas de nacida llegó al Monasterio de Nuestra Señora de La Consolación y jamás salió de él, partió a la Casa del Padre.

Había llegado el momento de que se presentara ante Dios aquella mujer que decidió entregarse al Padre desde muy pequeña, la hermana alegre y talentosa, musical y vocalmente, que con sus interpretaciones imponía un halo espiritual en cada misa.

La hermana de la comunidad Agustina Recoleta, que también fue Madre Maestra de novicias, consejera y Madre Vicaría, y era querida por su donación a los demás, por su capacidad para transmitir la fe y animar a otras religiosas, incluso mientras sufría de artritis, ya se encontraba con Dios, a quien tanto amo y al que tanto oró.

Sor Inmaculada, desde su Monasterio tus hermanas, quienes te comparan con Santa Teresita del Niño Jesús, te aseguran que tus enseñanzas sobre el amor a Dios, la perseverancia en la vida religiosa, la oración por la iglesia y los sacerdotes, y la importancia de la vida comunitaria, serán recordadas por siempre.

“Fue una mujer de entrega, una mujer de paz, una mujer de armonía, una mujer y gran hija de la iglesia de San Agustín”, concluye Sor Tomasa.



Autor

Lic. en Periodismo y Comunicación Colectiva por la UNAM, con una trayectoria de más de 30 años como periodista en medios como Reforma, El Centro y Notimex, así como funcionario de comunicación social en dependencias de gobierno y legislativas. Actualmente trabaja como periodista especializado en temas de religión.