Editorial

Colaborar en paz

El pasado 1 de julio, México vivió una verdadera fiesta cívica. Los actos de violencia y las prácticas clientelares que se registraron, no lograron ensombrecer la intensa participación ciudadana ni poner en duda la decisión de un pueblo que ha optado por la alternancia en el poder.

La democracia mexicana camina con paso firme hacia la madurez; muestra de ello, fue el reconocimiento que, aún sin un conteo oficial, hicieron al Presidente Electo los tres candidatos que no fueron favorecidos en las urnas. Un hecho histórico que parece poner fin a los conflictos postelectorales que tanto daño hicieron al país en otros tiempos.

De igual modo, todo parece indicar que la transición hacia una nueva etapa en la historia de México será pacífica. El Lic. Andrés Manuel López Obrador, como Presidente Electo, y la Dra. Claudia Sheinbaum, como jefa de Gobierno de la Ciudad de México, han sido legitimados no sólo con la confianza que les han dado millones de mexicanos con su voto, sino también por el reconocimiento de diversas autoridades y organizaciones internacionales, con lo que empieza a desvanecerse el clima de incertidumbre generado por las campañas electorales.

El Presidente Electo ha dejado en claro cuáles serán sus prioridades, que en el fondo tienen que ver con extirpar los vicios que más han dañado a México. Entre sus promesas están combatir la corrupción y la impunidad, promover la austeridad gubernamental, impulsar fondos para el desarrollo, rescatar el campo de la situación de deterioro en que se encuentra, y poner en el centro de las políticas sociales a los pobres y a las comunidades indígenas. Todas ellas son demandas legítimas que el pueblo mexicano en general apoya y aplaude.

Este escenario, no obstante, corre el riesgo de venirse abajo si todos los mexicanos no logramos dejar atrás las divisiones y confrontaciones propias de las contiendas políticas, y dar el paso a la reconciliación, un factor vital para enfrentar en la unidad todo lo que se interponga en el camino hacia el desarrollo nacional.

Por ello, la Iglesia no sólo ha manifestado su disposición a trabajar con las nuevas autoridades en aquellos temas que favorezcan un auténtico bien común, sino que también ha insistido en la importancia de caminar por la senda del perdón hasta alcanzar un país en el que no haya vencedores ni vencidos, sino una sociedad con esperanza y a la altura de los desafíos que enfrenta este gran país.