La oración, el camino para unir al mundo
Las imágenes de futbolistas orando juntos después de un partido han dado la vuelta al mundo. Más que un gesto deportivo, son un testimonio de que la oración derriba barreras, fortalece la esperanza y nos recuerda que, ante Dios, todos somos hermanos llamados a acompañarnos en la alegría y en el dolor.
Observar a jugadores rivales orando juntos al final de los partidos ha sido una de las escenas más conmovedoras y esperanzadoras que ha dejado la Copa del Mundo.
Se trata de un poderoso mensaje que se transmite desde el evento deportivo más seguido en el planeta: la oración nos une por encima de cualquier diferencia, porque la oración al unirnos a Dios, que nos ama a todos, nos une también entre nosotros.
“Durante el partido somos rivales, pero después del partido todos somos cristianos, todos somos hermanos y estamos muy agradecidos“, dijo el futbolista alemán Felix Nmecha al ser cuestionado sobre ese gesto.
Fortalecer la unidad es uno de los mayores dones de la oración. Como prometió Jesús: “Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18,20).
La oración nos permite descubrir que, por encima de las diferencias, compartimos la misma fragilidad, las mismas esperanzas y la misma necesidad de Dios.
Además, crea una comunión que no depende de la cercanía física ni de la coincidencia de circunstancias. Personas separadas por miles de kilómetros pueden unirse en un mismo momento para pedir, agradecer, interceder o simplemente permanecer en silencio para meditar.
Por eso, cuando una tragedia golpea a un pueblo, la oración adquiere un significado especial. En estos días, Venezuela enfrenta el dolor provocado por los sismos que han dejado personas fallecidas, heridas y miles de familias afectadas.
Ante esta realidad, la oración no sustituye la ayuda material ni el trabajo de quienes arriesgan su vida en las labores de rescate; pero sí consuela y recuerda a quienes sufren que no están solos. Quien ora nunca permanece indiferente al dolor ajeno.
San Pablo exhortaba a las primeras comunidades a vivir esa solidaridad nacida de la fe: “Alégrense con los que están alegres; lloren con los que lloran” (Rm 12,15).
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También sucede en la enfermedad, cuando un diagnóstico parece cerrar todas las puertas; en la pérdida de un ser querido, cuando las palabras resultan insuficientes; o en la desesperanza, cuando pareciera que ya no queda nada por hacer.
La oración no siempre cambia inmediatamente las circunstancias, pero transforma el corazón de quien se pone en manos de Dios haciendo florecer la esperanza, incluso en los lugares donde muchos pensarían que Dios está ausente.
En hospitales, centros de rehabilitación o cárceles, hombres y mujeres descubren que siempre existe la posibilidad de comenzar de nuevo; y es que, como dice el Papa León XIV, “el amor transforma incluso el corazón más endurecido”.
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La oración une al vencedor con el derrotado; al sano con el enfermo; al que llora con el que consuela; al preso con quien intercede por él; a quienes viven en distintos países, pero elevan una misma súplica al cielo.
Por eso, cuando millones de personas contemplan a un grupo de jugadores rivales orando juntos al final de un partido, están presenciando un recordatorio de que la oración es capaz de unir a quienes el mundo insiste en separar.






