Editorial

El reto de los nuevos sacerdotes

El editorial de esta semana, destaca que el entorno para el sacerdote y la Iglesia nunca ha sido fácil ni cómodo.
Los siete nuevos sacerdotes. Foto Ricardo Sánchez
Los siete nuevos sacerdotes. Foto Ricardo Sánchez

En el marco de la Solemnidad de Pentecostés tenemos el regalo de siete nuevos sacerdotes para la Arquidiócesis de México. Su formación por varios años y en diversidad de conocimientos les provee de herramientas básicas para iniciar un camino de servicio que concluirá –Dios mediante- a la par de su propia vida.

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En la ordenación presbiteral coinciden dos realidades: la experiencia personal del llamado –vocación- y el discernimiento de la Iglesia –elección por parte del Obispo-. Así que cada nuevo sacerdote no es resultado de un mero proceso académico, ni de un proyecto individual, ni parte -¡mucho menos!- de una carrera eclesiástica. Retomando la Carta a los Hebreos (5, 1), veamos “que todo sacerdote es tomado de entre los hombres y constituido a favor de los hombres en las cosas que se refieren a Dios”. Los siete neo-presbíteros son parte de nuestro mundo, de esta sociedad mexicana, de familias y comunidades muy concretas, y estarán al servicio del Pueblo de Dios, quien siempre suplica a Jesucristo lleno de esperanza: ¡Danos sacerdotes según tu Corazón!

Estará en una óptica falsa quien piense que al llegar a la ordenación presbiteral tendrá a superhéroes o líderes según parámetros mundanos, o que han llegado a ese punto los más preclaros y dignos, los que han ganado a pulso una dignidad o estatus social.

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Veamos a los nuevos presbíteros en su realidad de siempre: son miembros de la Iglesia, son parte de los bautizados que han de servir a sus hermanos, son caminantes en la misma ruta y destino, son pastores que deben mirar por el rebaño y que a su vez son ovejas del Único Pastor de nuestras vidas, Jesucristo. Y seguirán ante los riesgos y desafíos cotidianos, y continuarán marcados por su historia personal, y no quedarán exentos de tentación alguna… y harán presente a Cristo en medio de su Pueblo.

Desde la fe (virtud que nos lleva a ver todas las realidades desde la perspectiva de Dios) recibimos a siete nuevos “curas”; y como Iglesia hemos de comprometernos para que su ministerio vaya tras las huellas del Buen Pastor en fidelidad, de modo que anuncien el Evangelio en toda su alegría y su plena exigencia, desde la frescura de su propia juventud y transformando las humanas limitaciones en oportunidad de crecimiento.

El mundo necesita testigos fiables y claros, cercanos y cálidos; la sociedad eleva los parámetros de exigencia y a la par tiende trampas de vanidad y superficialidad. El entorno para el sacerdote y la Iglesia nunca ha sido fácil ni cómodo. Y tal vez hoy el horizonte se pinta más arduo, de ahí que la oración es insistente: ¡Danos sacerdotes santos según tu Corazón!

Y al ritmo de la plegaria, hemos de procurar que en cada familia crezca la esperanza de una vocación sacerdotal, hemos de apoyar al Seminario para que invierta cada recurso humano y espiritual en la formación de nuevos presbíteros, hemos de trabajar para que la sociedad siga recibiendo la aportación de quienes están llamados a ser hombres de Dios, hombres del Mundo y hombres de Iglesia.

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