Abrazar al desprotegido y vulnerable

La tragedia en Tláhuac requiere, sí, de la investigación para determinar sus causas y responsabilidades, pero también de la suma de todos los sectores sociales.
Colapso Línea 12 del Metro. Foto: Barrio Xaltocan/Facebook.
Colapso Línea 12 del Metro. Foto: Barrio Xaltocan/Facebook.

Cuando en 2006 se anunció la construcción de la Línea 12 del Metro, hubo esperanza entre los habitantes de la zona oriente de la Ciudad de México, que en esos años experimentaba un fuerte crecimiento demográfico, con su consecuente incremento en el tránsito vial.

Esta Línea representaba el ahorro de una hora, o más, en el tiempo de traslados de los habitantes de Valle de Chalco, Tláhuac y pueblos como Mixquic, Nopalera o Zapotitlán, entre otros. Era una solución necesaria y urgente para mejorar la calidad de vida de millones de personas.

Apenas había sido inaugurada en 2012, la necesidad de unos indispensables ajustes obligaron a su cierre en 2014. Esta situación duró más de un año, lo que incrementó el caos vial en esa zona en la que todo se había adecuado para la nueva Línea del Metro. En 2015 el transporte masivo estuvo de regreso.


El trágico desplome de dos vagones de la Línea 12, ocurrido a principios de este mes, ha ocasionado al día de hoy la muerte de 26 personas, así como más de 80 heridas, de las cuales 33 permanecen hospitalizadas; muchas de ellas graves. Fue un triste acontecimiento que enlutó a decenas de familias y a la Ciudad de México. Eran personas, muchas de ellas jóvenes, que en su mayoría regresaban a sus casas después de su jornada laboral; son historias truncadas.

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Pero además, el accidente ha abierto nuevamente esa añeja herida del oriente de la Zona Metropolitana, que ahora se enfrenta otra vez al caos de sus habitantes por llegar a sus destinos, sumado a que esto ocurre durante la crisis sanitaria más grave de la historia moderna.

La zona afectada por la nueva suspensión del funcionamiento de la Línea 12 del Metro necesita de una urgente y cercana atención. Muchas de las personas que ahí habitan son de escasos recursos, gente en estado de pobreza, cuya vida puede hacerse miserable si no se les apoya de la manera correcta y se atienden sus necesidades prioritarias.

A través de Cáritas, la Iglesia ha abierto tres centros de escucha y atención comunitaria en las parroquias de San Pedro Tláhuac, la Inmaculada Concepción Zapotitlán, y en San Bernardino Xochimilco. Además, el obispo de Xochimilco, monseñor Andrés Vargas ha pedido a los sacerdotes de esa diócesis, que abarca la alcaldía de Tláhuac, dar los oportunos auxilios espirituales a quienes lo necesiten.

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Este es un momento que debe unirnos. Levantemos la mano para apoyar en lo que nos sea posible. Los habitantes de Tláhuac, así como de algunas alcaldías aledañas, han dado muestra ejemplar de esta solidaridad con quienes ahora se encuentran desprotegidos a causa de la tragedia.

La tragedia en Tláhuac requiere, sí, de la investigación para determinar sus causas y responsabilidades, pero también de la suma de todos los sectores sociales: gobiernos, empresarios y ciudadanos, para apoyar a una región muy lastimada desde hace años, y que hoy se encuentra vulnerable.

En medio de las malas noticias, la solidaridad y la fraternidad social de la que nos habla el Papa Francisco, darán esperanza a quienes hoy viven con incertidumbre.

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