Homilía en la VIII Vicaría “San Juan Bautista”

“La promesa hecha a nuestros padres, la ha cumplido Dios a nosotros sus hijos” (Hch.13,32-33).

Esta afirmación de los Hechos de los Apóstoles, en voz del Apóstol Pablo, indica la importancia de que, cuando prometemos algo, lo debemos de cumplir; y cuando alguien nos promete algo, y nos cumple, nos causa una gran alegría. Esta es la razón por la que está tan contento Pablo en este discurso a los primeros miembros de las comunidades cristianas en esa sinagoga de Antioquía de Pisidia.

Y esto es lo que animaba a los primeros cristianos a seguir a Jesús: saber que durante siglos Dios había preparado a su Pueblo Israel para la promesa de darle un Mesías, y no solamente la cumplió, sino que la cumplió en plenitud. Los judíos esperaban a un Mesías líder, nacido de entre ellos, pero esperaban a un ser humano como ellos. Dios plenificó su promesa al realizarla, enviando a su propio Hijo y haciéndose hombre. Nadie había imaginado semejante cosa.


 

Simplemente recuerden ustedes cuando alguna vez que pidieron algo a sus papás, o a sus padrinos, o a sus amigos, y lo que les entregaron fue mucho más de lo que ustedes esperaban. La alegría crece, se hace inmensa.

Pues bien, Dios plenificó su promesa con algo que nos ha sorprendido, nos sorprende y nos seguirá sorprendiendo a toda la humanidad. Rompiendo las ataduras de la muerte –como dice Pablo–, esta promesa la ha cumplido hoy resucitando a Jesús (Hch. 13,30). Sólo un hombre, el Dios hecho carne, Jesucristo, ha roto la muerte y ha vuelto a la vida, cumpliendo la promesa.

 

Esa es la manera como también Jesús ha expresado, en el Evangelio que acabamos de escuchar, “No pierdan la paz, crean en mí como creen en Dios. Yo les voy a preparar algo extraordinario, impensable, nunca imaginable; van a vivir conmigo, y voy a prepararles su morada” (Jn. 14,1-2).

Esta promesa de la eternidad a la que estamos llamados, sobre todo cuando experimentamos la muerte de un ser querido, de alguien que para nosotros era entrañable y nos sostenía en nuestro ánimo en los momentos difíciles (nuestros padres, a veces nuestros abuelos, a veces un grande amigo), sentimos en esa ausencia un desconsuelo, una tristeza natural, y lo único que nos hace levantar la mirada y volver a tener alegría en nuestro corazón, es cuando creemos en Jesús, y sabemos que quien se ha ido está en muchísimas mejores condiciones que en las que estaba aquí con nosotros, pues está compartiendo la eternidad anhelada de Dios. Y que esa promesa se realizará también para nosotros en plenitud.

Y además, Jesús no solamente nos ha abierto los ojos ante esta realidad terrena para que le demos significado y sentido, sino que ha dicho con toda claridad: “Yo soy el camino” (Jn. 14,6), conózcanme, y la manera de mi vida que les sirva de modelo a ustedes para vivir”. Nos da un testimonio vivo de cómo tenemos que aprovechar esta enorme gracia: el regalo de la vida.

Cuando nosotros nos desviamos, siempre que dejamos de lado nuestras convicciones religiosas y los valores que esta convicción religiosa sostiene, mantiene y fortalece, el ser humano pierde el sentido de la vida. Ésta es una de las causas –hay que decirlo claramente– que provoca la depresión, el desánimo, la sinrazón. Lo que tenemos que hacer es volver la mirada a quien nos ha dado la vida y nos acompaña. Y el Señor nos ha dicho claramente: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn. 14,6).

En este caminar nuestro, cuando nos damos la mano y estamos como aquí, en torno a la Palabra de Dios, y recibimos el Pan Eucarístico, abriendo nuestros oídos y nuestro corazón, no salimos igual cuando hemos terminado la Misa. Hay algo dentro que se mueve, hay una inquietud que el Espíritu de Dios deja, y en esa inquietud y en ese movimiento interior, cuando le damos cauce, cuando no lo dejamos que desaparezca, sino que nos entusiasmamos para llevar a cabo algo que nos asemeje a Cristo, entonces empezamos a experimentar la auténtica paz interior, el gozo de vivir, y el gozo de encontrarnos con los demás, la alegría de ser hermanos, y nos entusiasmamos para ofrecer generosamente lo que somos y tenemos para construir una sociedad fraterna.

Soñemos con la sociedad que quiere Jesús: sin odio, sin violencia, sin agresión, sin atropello a la dignidad humana. Es hermoso el Reino que ha venido a anunciar Jesús, pues Él está dispuesto a darnos la fortaleza, la generosidad, el entusiasmo y motivación para edificar el Reino de Dios entre nosotros. Para eso somos Iglesia, para eso estamos aquí; esa es la razón de habernos reunido esta tarde: encontrarnos como hermanos en torno a nuestro Hermano mayor, que es el camino, la verdad y la vida (Jn. 14,6).

Que el Señor nos conduzca con su Espíritu y nos ayude a construir el Reino de Dios entre nosotros. ¡Que así sea!

+Carlos Cardenal Aguiar Retes

Arzobispo Primado de México