María de Jesús Sacramentado Venegas, la primera santa mexicana
La religiosa dedicó su vida al cuidado de los enfermos y fundó la Congregación de las Hijas del Sagrado Corazón de Jesús. Fue canonizada por San Juan Pablo II el 21 de mayo de 2000.
El 21 de mayo de 2000, Roma fue escenario de una jornada histórica para la Iglesia en México. En el marco del Gran Jubileo de la Encarnación, San Juan Pablo II canonizó a 25 mártires de la persecución religiosa en México —San Cristóbal Magallanes y sus 24 compañeros mártires—, así como al padre José María Yermo y Parres y a María de Jesús Sacramentado Venegas de la Torre, quien se convirtió en la primera santa mexicana en ser elevada a los altares.
Conocida cariñosamente como la Madre Naty, Santa María de Jesús Sacramentado dedicó su existencia al servicio de los enfermos y a la atención de los más necesitados. Su vida estuvo marcada por la oración, la disciplina y una profunda espiritualidad, pero también por una enorme capacidad para afrontar las dificultades de su tiempo.
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Una infancia marcada por la fe y las pérdidas
María Natividad Venegas de la Torre nació el 8 de septiembre de 1864 en la ranchería de La Tapona, en Zapotlanejo, Jalisco. Fue hija de Doroteo Venegas y María de las Nieves de la Torre, quienes la llevaron a bautizar el 13 de septiembre del mismo año. Era la menor de 12 hermanos.
Recibió el sacramento de la Confirmación el 24 de noviembre de 1872, año en que su familia se trasladó a San Pedro Lagunillas, después de que su padre abandonara la carrera de Derecho. Fue allí donde María Natividad comenzó sus primeros estudios.
Sin embargo, durante su infancia enfrentó varias pérdidas familiares. Su madre murió cuando ella era todavía joven, por lo que quedó al cuidado de su hermano Mónico y de una sirvienta de su padre.
Al cumplir 16 años, su familia se estableció en Los Zorrillos, Jalisco. Tres años después murió su padre, y María Natividad y su hermana Adelaida se trasladaron a Zapotlanejo para vivir con su tío Donaciano Venegas. Allí transcurrió buena parte de su juventud.
Durante esos años, fue también testigo de las transformaciones que experimentaba México y, particularmente, la ciudad de Guadalajara. La llegada del alumbrado eléctrico, la expansión del tranvía urbano y el impulso a la construcción del ferrocarril Guadalajara-México formaban parte de una época de cambios que marcaría el contexto histórico en el que desarrolló su vida.
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Del servicio a los enfermos a la vida religiosa
En medio de aquella época de transformación, el 2 de febrero de 1886, bajo el patrocinio del canónigo Atenógenes Silva, se fundó el Hospital del Sagrado Corazón de Jesús, institución que tendría un papel fundamental en la vida de María Natividad.
Desde joven, ella había mostrado una especial preocupación por los demás. Se dedicaba a enseñar a los niños a leer y frecuentaba la parroquia. El 8 de diciembre de 1898 ingresó a las Hijas de María, donde permaneció hasta 1905.
Ese año participó en unos ejercicios espirituales en el templo de San Sebastián de Analco, en Guadalajara. Aquella experiencia fortaleció su deseo de consagrarse a Dios, aunque todavía tendrían que pasar algunos años antes de que pudiera concretar su vocación religiosa.
Entre el 8 y el 18 de diciembre de 1905 ingresó como voluntaria al Hospital del Sagrado Corazón de Jesús, junto con otras cinco jóvenes. Allí permanecería durante el resto de su vida, dedicada al cuidado de los enfermos.
Su compromiso con la institución fue creciendo con el paso del tiempo. Para 1908, María Natividad ya se encargaba de la contabilidad del hospital.
Votos religiosos
En junio de 1910, durante la fiesta de Corpus Christi, realizó sus primeros votos de castidad, pobreza y obediencia. Dos años después, la «Madre Naty», como comenzaban a llamarla, fue nombrada vicaria de la congregación en el hospital.
En 1921 fue elegida superiora. En ese momento, el entonces obispo de San Luis Potosí, don Miguel de la Mora, la animó a solicitar la aprobación diocesana para la congregación y a redactar las Constituciones que habrían de regirla.
Finalmente, el 26 de julio de 1930 recibió la autorización para el establecimiento legal de la Congregación de las Hijas del Sagrado Corazón de Jesús. Ese mismo día tomó el nombre religioso de Sor María de Jesús Sacramentado.
El 8 de septiembre de ese año realizó sus votos ante el arzobispo de Guadalajara, Francisco Orozco y Jiménez.
Los primeros años de la congregación estuvieron marcados por dificultades económicas y por la persecución religiosa que atravesaba la Iglesia en México. Sin embargo, la nueva comunidad logró mantenerse fiel a su misión.
Una mujer de oración y servicio
Quienes conocieron a Sor María de Jesús Sacramentado recuerdan que, pese a su carácter dulce, era una mujer decidida y enérgica. No permitía que el desaliento interfiriera en la atención de los enfermos.
Su espiritualidad estaba profundamente unida al servicio. Ella misma repetía a sus compañeras:
«Toda devoción que impide la obligación, es ociosa ocupación».
Por ello, era frecuente verla rezando mientras atendía a los enfermos.
En su vida interior también cultivó una profunda experiencia mística. En uno de sus escritos expresó:
«Jesús mío, grabad en mi corazón los tormentos de vuestra pasión».
Sor María de Jesús Sacramentado procuró mantener en reserva algunas de sus experiencias espirituales. Sin embargo, en 1947, mientras se tramitaba la aprobación pontificia del Instituto, se le preguntó si había tenido revelaciones de Nuestro Señor y tuvo que dar cuenta de ellas.
Ella nunca pretendió que sus experiencias fueran motivo de reconocimiento personal ni buscó recibir un trato especial por ellas. Sus virtudes, en cambio, fueron examinadas y reconocidas durante el proceso que finalmente la llevaría a los altares.
El camino hacia los altares
El 25 de enero de 1959, el Papa Juan XXIII anunció la convocatoria del Concilio Vaticano II, que se desarrollaría posteriormente en cuatro etapas y en el que participarían 55 obispos mexicanos.
Seis meses después, el 25 de julio, Sor María de Jesús Sacramentado cayó enferma. Al día siguiente sufrió un síncope, del que logró recuperarse y recibir la Sagrada Comunión y los últimos sacramentos.
Finalmente, durante la madrugada del 30 de julio de 1959, murió a los 94 años.
El cardenal José Garibi Rivera rezó un responsorio ante su cuerpo y su funeral se celebró al día siguiente, en la fiesta de San Ignacio de Loyola. Con el paso del tiempo, la congregación fundada por ella continuó extendiendo su presencia a otras ciudades.
El proceso de reconocimiento de su santidad continuó décadas después de su muerte. María de Jesús Sacramentado Venegas fue beatificada el 22 de noviembre de 1992.
El 26 de marzo de 1999, el Vaticano informó que había sido aprobado un milagro atribuido a su intercesión. El decreto correspondiente fue publicado por L’Osservatore Romano el 2 de abril de ese año.
Finalmente, el 10 de marzo de 2000, se anunció en Roma su canonización, programada para el 21 de mayo, durante la jornada dedicada a México en el marco del Gran Jubileo.
Ese día, junto con San Cristóbal Magallanes y sus 24 compañeros mártires y San José María Yermo y Parres, María de Jesús Sacramentado Venegas fue proclamada santa.
Así, aquella mujer que había pasado buena parte de su vida entre enfermos, libros de contabilidad, oraciones y dificultades económicas se convirtió en la primera santa mexicana, dejando como legado una vida en la que la contemplación y el servicio nunca estuvieron separados. Para ella, la santidad no consistía en alejarse de las necesidades de los demás, sino en encontrarse con Dios precisamente en el cuidado cotidiano de quienes sufrían.



