¿Quién gana cuando nos dividimos?

Leer más
COLUMNA

Columna invitada

¿Quién gana cuando nos dividimos?

La final entre España y Argentina dejó opiniones divididas; hay que recordar que Jesús nunca nos pidió pensar igual, pero sí amar incluso cuando pensamos distinto.

27 julio, 2026
¿Quién gana cuando nos dividimos?
La final entre España y Argentina dejó emociones intensas, gestos discutidos y opiniones enfrentadas. Foto: Especial
POR:
Autor

Sacerdote de la Arquidiócesis de San Juan de Puerto Rico. Miembro del Consejo Latinoamericano de protección de menores y personas vulnerables (CEPROME). Teólogo moral. Escribe sobre inteligencia artificial, neurociencias y ética aplicada (neuroética, bioética y bioalgorética), con especial atención a la protección de menores y personas vulnerables. Se formó en la Pontificia Academia Alfonsiana, la Pontificia Universidad Gregoriana y el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum (Roma), y realizó investigación en el Edmund Pellegrino Center for Clinical Bioethics de Georgetown University (Washington, D.C.). 

Agréganos como tu fuente favorita en Google
Agrega Desde la Fe en

La final entre España y Argentina dejó emociones intensas, gestos discutidos y opiniones enfrentadas. En pocos minutos, la conversación pasó del análisis deportivo al juicio sobre jugadores, aficionados y pueblos enteros. Unos criticaban. Otros defendían. Muchos dejaron de hablar de fútbol y comenzaron a atacarse dentro y fuera de la cancha, también en las redes.

No se trata de repartir culpas ni de colocar a nadie en el banquillo. El episodio refleja una dificultad que atraviesa familias, comunidades religiosas, debates políticos y redes sociales: nos cuesta escuchar a quien piensa distinto. También deja al descubierto otro problema. Frente a una pantalla decimos palabras que rara vez pronunciaríamos mirando a una persona a los ojos.

Te recomendamos: Del agua bendita a las oraciones en la cancha: los gestos de fe que dejó el Mundial

¿Qué hay detrás de tanto odio y polarización?

La distancia que desinhibe

El psicólogo John Suler llamó efecto de desinhibición en línea a la tendencia a hablar o actuar en internet con menos límites que en un encuentro presencial. En su forma positiva, una persona expresa sentimientos que callaría por miedo o vergüenza. En su forma tóxica, insulta, amenaza, humilla o difunde odio.

La pantalla introduce distancia física y emocional. No vemos el rostro del otro. No percibimos su silencio, su incomodidad o su dolor. Tampoco escuchamos el tono de su voz. El interlocutor queda reducido a una fotografía, una bandera, un nombre de usuario o una camiseta. Escribimos, publicamos y seguimos con nuestra vida. No presenciamos la reacción de la persona herida.

Esa separación debilita el freno emocional que surge cuando tenemos al otro delante. En una conversación cara a cara, el rostro nos recuerda que estamos ante alguien. En las redes, resulta fácil responder a una categoría: argentino, español, conservador, progresista, creyente, ateo, hombre, mujer, ganador o perdedor. La pantalla no fabrica el odio ni convierte a todos en agresores. Reduce algunas señales humanas que regulan la conducta y facilita que ciertos impulsos aparezcan con menos control.

Cuando el grupo piensa por nosotros

El anonimato digital fortalece la influencia del grupo. Cuando la identidad personal pierde fuerza, asumimos con mayor facilidad las normas de la comunidad a la que sentimos pertenecer. Una persona escribe palabras que nunca diría por sí misma, pero que su grupo celebra. Observa que los insultos reciben risas, aprobación y difusión. Aprende qué expresiones le conceden pertenencia. El «me gusta» se convierte en recompensa social. El mensaje más agresivo recibe más atención. El usuario aprende que atacar al rival fortalece su lugar dentro del grupo. Así se diluye la responsabilidad: «Todos lo dicen», «era una broma», «ellos comenzaron», «se lo merecen».

El psicólogo Albert Bandura llamó desconexión moral al proceso por el cual una persona suspende sus límites éticos sin dejar de considerarse buena. Minimiza el daño, desplaza la responsabilidad, culpa a la víctima o deja de verla como persona. El problema no consiste únicamente en perder la educación. La persona separa su conciencia moral de las consecuencias de sus palabras.

Cuando una opinión se convierte en identidad

Escuchar resulta más difícil cuando una opinión deja de ser una idea y se transforma en parte de nuestra identidad. Ya no defendemos una interpretación del partido. Defendemos quiénes somos. Ya no discutimos una jugada. Protegemos el honor de nuestro grupo.

Según la teoría de la identidad social, construimos parte de nuestra identidad a través de los grupos a los que pertenecemos. Necesitamos un «nosotros». El peligro surge cuando ese «nosotros» necesita un enemigo para sentirse valioso.

Entonces la crítica deja de recibirse como información. Se vive como amenaza. Tampoco razonamos siempre para conocer la verdad. En ocasiones buscamos la conclusión que protege nuestra autoestima o nuestro sentido de pertenencia. Cuando un dato amenaza la imagen del grupo, tendemos a rechazarlo, minimizarlo o reinterpretarlo. Por eso dos personas contemplan la misma escena y creen haber visto realidades opuestas. Cada una se considera objetiva y atribuye a la otra ignorancia, fanatismo o mala intención.

La psicología social llama realismo ingenuo a la tendencia a creer que vemos la realidad tal como es, mientras quienes discrepan actúan movidos por prejuicios o intereses.

El desacuerdo deja entonces de ser intelectual y se convierte en juicio moral. El otro ya no está equivocado. El otro es malo.

Escuchar no significa ceder

Escuchar no equivale a dar la razón. Significa comprender con fidelidad lo que la otra persona intenta comunicar. Exige distinguir entre entender una postura y aceptarla. Una escucha de calidad requiere atención, empatía, respeto y ausencia de juicio inmediato. Esta actitud reduce la tensión y permite revisar las ideas con mayor serenidad.

La escucha tampoco es una técnica de manipulación. No escuchamos para conducir al otro hacia nuestra posición. Escuchamos porque reconocemos su dignidad, incluso cuando rechazamos sus argumentos.

La psicología ayuda a comprender cómo surge la polarización. Sin embargo, para la tradición cristiana esa explicación no agota el problema. La división no es solo un fenómeno social o emocional; también posee una dimensión espiritual.

No es casual que la palabra diablo provenga del griego diábolos, que significa “el que divide”, “el que separa”, “el que lanza unos contra otros”. Su acción no consiste únicamente en inducir al pecado de manera individual. También busca romper la comunión entre las personas, dentro de las familias, en la Iglesia y entre los pueblos.

Por eso resulta significativo que muchas de las discusiones más agresivas de nuestro tiempo no comiencen por grandes diferencias doctrinales, sino por acontecimientos cotidianos, como un partido de fútbol, una elección, una noticia, una publicación en redes sociales. Lo que inicia como una diferencia de opiniones termina convirtiéndose en una fractura de relaciones.

Cuando dejamos de mirar a la persona y solo vemos una etiqueta —argentino o español, católico o evangélico, conservador o progresista, ganador o perdedor— la división ya ha avanzado. El adversario deja de ser alguien con quien dialogar y se convierte en alguien a quien derrotar. El problema no es únicamente que existan desacuerdos.

Jesús nunca pidió pensar igual. Lo verdaderamente peligroso es que permitamos que la diferencia destruya la fraternidad.

La lógica del Evangelio sigue un camino completamente distinto. Mientras el mal separa, Cristo reúne. Mientras la división alimenta el resentimiento, Él llama a la reconciliación. Mientras la cultura digital premia la humillación pública, Jesús invita incluso a amar al enemigo (Mt 5,44). Amar al enemigo no significa aprobar todo lo que hace ni renunciar a la verdad; significa negarse a permitir que el odio ocupe el centro del corazón.

Escuchar es una forma de hospitalidad. Abrimos un espacio interior para recibir a una persona que no coincide con nosotros. Fratelli tutti presenta la escucha como una actitud receptiva que permite superar el narcisismo, prestar atención al otro y acogerlo en el propio círculo. Jesús no confundió la caridad con la indiferencia. Nombró el error y denunció la injusticia. Al mismo tiempo, miró el rostro concreto de cada persona. No redujo a nadie a su grupo, su pecado, su origen o su reputación.

La verdad cristiana no necesita el insulto. La firmeza no exige desprecio. La corrección pierde su sentido evangélico cuando destruye a la persona que pretende corregir.

3 pasos para escuchar a quien piensa diferente

1. Devuelve un rostro al interlocutor

Antes de publicar, pregúntate si pronunciarías las mismas palabras frente a esa persona. Cuando el conflicto crezca, sustituye el comentario público por una conversación directa, una llamada o un mensaje personal.

2. Comprende antes de refutar

Resume la postura del otro con palabras que él reconocería como justas. Si no logras describir su argumento sin ridiculizarlo, todavía no lo has comprendido.

3. Separa a la persona de su opinión

Critica una conducta, una afirmación o una decisión. Evita condenar a un pueblo, una afición o una comunidad. Una persona es más grande que su comentario, su voto, su camiseta y su error.

Jules Rimet impulsó el Mundial con la convicción de que el deporte acercaría a las naciones. En la cancha, los jugadores son rivales, no enemigos. La sociedad también necesita personas que piensen distinto. La diferencia no destruye la convivencia cuando existe una escucha respetuosa.

Aprender a escuchar al distinto no debilita nuestras convicciones. Las somete a la verdad, las libera del fanatismo y nos enseña a defenderlas sin perder la humanidad. Ejercitémonos en la escucha.

Agréganos como tu fuente favorita en Google
Agrega Desde la Fe en

Autor

Sacerdote de la Arquidiócesis de San Juan de Puerto Rico. Miembro del Consejo Latinoamericano de protección de menores y personas vulnerables (CEPROME). Teólogo moral. Escribe sobre inteligencia artificial, neurociencias y ética aplicada (neuroética, bioética y bioalgorética), con especial atención a la protección de menores y personas vulnerables. Se formó en la Pontificia Academia Alfonsiana, la Pontificia Universidad Gregoriana y el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum (Roma), y realizó investigación en el Edmund Pellegrino Center for Clinical Bioethics de Georgetown University (Washington, D.C.).