¿Qué pasa si haces una promesa a Dios y no la cumples?
Prometerle algo a Dios puede nacer de la fe, pero también del miedo o la angustia. ¿Qué ocurre si después no puedes cumplirlo?
“Diosito, si me ayudas a salir de esta, te prometo cambiar”.
“Si mi familiar se recupera, voy caminando a la Basílica”.
“Si consigo trabajo, ahora sí voy a ir a Misa todos los domingos”.
En momentos de angustia, incertidumbre, enfermedad o desesperación, millones de personas hacen promesas a Dios. Algunas nacen desde una fe genuina; otras, desde el impulso del momento. Y aunque muchas se cumplen, también hay otras que terminan olvidadas, pospuestas o simplemente imposibles de realizar. ¿Qué tan grave es prometerle algo a Dios y no cumplirlo?
La Biblia sí habla de ello. De hecho, el libro del Eclesiastés advierte con bastante claridad sobre las promesas hechas sin pensar:
“Si has hecho una promesa a Dios, no tardes en cumplirla (…) Más vale no prometerle algo que prometer sin cumplirlo” (Eclesiastés 5, 3-5).
El versículo aconseja no hablar impulsivamente delante de Dios y pensar antes de comprometerse. La idea no es generar miedo, sino recordar que las palabras tienen peso y que la fe también implica responsabilidad.
Sin embargo, en la vida real hay promesas que nacen en medio de una crisis emocional, de un hospital, de una pérdida, de una preocupación económica o del miedo a perder a alguien. En esos momentos, muchas personas prometen más desde el corazón acelerado que desde una evaluación real de lo que pueden cumplir.
El padre Salvador Barba, sacerdote diocesano de la Arquidiócesis Primada de México, explicó que conviene tener prudencia antes de hacer cualquier promesa, tanto a Dios como a los demás: “Prometer no empobrece, lo que sale caro es cumplirlo”, recordó entre risas, retomando el dicho popular que tantas veces se escucha en México.
Y aunque reconoció que las promesas suelen surgir del amor, también señaló que muchas veces se hacen sin medir las posibilidades reales. Puso como ejemplo a quien promete un viaje al Vaticano o una manda costosa aun cuando ni siquiera tiene dinero para hacerlo.
“Lo recomendable para mí es no prometer, sino hacer”, explicó el actual párroco de San José, en la colonia Revolución. Para él, más que lanzar grandes juramentos en momentos de emoción, vale más intentar pequeñas acciones concretas y sinceras.
¿Dios castiga a quien no cumple una promesa?
No. “Dios es amor, Dios es ternura”, afirmó el padre. Y añadió que muchas veces las personas viven angustiadas pensando que una enfermedad, un problema o una mala racha puede ser un castigo por no haber cumplido una manda o una promesa religiosa. Sin embargo, insistió en que esa visión no corresponde al rostro misericordioso de Dios que presenta el cristianismo.
“No hay ninguna sanción, ni castigo”, dijo. “Dios comprende nuestras fragilidades”.
Según explicó, una cosa es actuar con mala intención o prometer “por prometer”, y otra muy distinta es reconocer que alguien habló desde el miedo, el impulso o la emoción y después descubrió que no podía cumplir lo que había dicho.
¿Qué pasa si no puedes cumplirle a Dios?
En su experiencia como sacerdote, una de las cosas que más ve es a personas viviendo con culpa por no haber podido cumplir exactamente una manda, una peregrinación o alguna promesa que hicieron en un momento complicado de su vida. Preocupadas, piensan que le fallaron a Dios o que algo malo podría pasarles por no haber cumplido lo que prometieron.
La fe no debe vivirse desde la angustia ni desde el miedo al castigo, ya que hay promesas que terminan rebasando las posibilidades reales de las personas y que Dios también comprende esas limitaciones humanas, explicó el padre.
Asimismo, señaló que en ocasiones una promesa puede replantearse o adaptarse a lo que verdaderamente la persona puede hacer. Recordó el caso de quienes prometen largas peregrinaciones o mandas difíciles y después descubren que no tienen dinero, tiempo o condiciones para realizarlas.
A veces, explicó, basta con adaptar esa promesa a las posibilidades reales de la persona. “Vete a la Basílica y ya cumpliste”, contó como ejemplo de cómo algunas mandas pueden replantearse sin necesidad de caer en angustias innecesarias.
En ocasiones, las personas prometen porque desean corresponder al amor recibido. Como los niños pequeños que prometen regalos enormes a sus padres aun sabiendo que probablemente nunca podrán cumplirlos, los creyentes también hacen promesas desde el cariño, la gratitud o la esperanza.
“Lo que cuenta es la intención”, dijo.
Hay que dejar en claro que eso no significa que las promesas no importen. La Biblia sigue invitando a tomarlas en serio y a evitar los arrebatos impulsivos. Pero también recuerda que la relación con Dios no está basada en contratos fríos ni en amenazas, sino en una relación de amor, libertad y confianza.
Por eso, el sacerdote insistió en que la fe no debería vivirse desde el miedo constante a fallarle a Dios.
“Dios nos llama a la libertad, nunca a vivir en la angustia”, afirmó.
Las personas prometen más de lo que realmente pueden cumplir no por falta de seriedad, sino en medio del miedo, el dolor, la incertidumbre o una profunda necesidad. Y aunque esas promesas no siempre lleguen a realizarse plenamente, ello no significa que Dios abandone a la persona ni deje de acompañarla con misericordia, concluyó el padre Barba.


