¿De qué sirve que las ciudades crezcan si cada vez es más difícil vivir en ellas?
Las ciudades modernas pueden deteriorar la convivencia, la salud emocional y la vida espiritual. Expertos explican cómo el estrés urbano, la contaminación y el aislamiento social afectan la vida cotidiana y qué propone la Iglesia frente a ciudades cada vez más deshumanizadas.
Horas atrapados en el tráfico, falta de áreas verdes, ruido constante, contaminación, viviendas cada vez más pequeñas y una vida marcada por el desgaste cotidiano son algunas de las características de las grandes ciudades modernas. A pesar de estas condiciones cada vez más nocivas, las urbes continúan creciendo, al igual que su población, aun cuando millones de personas consideran que vivir en ellas es cada vez más difícil.
Este panorama no es nuevo; el Papa Francisco ya lo había advertido en Laudato si’, donde alertó sobre una urbanización que prioriza el desarrollo económico por encima de la dignidad humana y el cuidado de la vida.
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Ciudades que crecen sin pensar en las personas
Las grandes ciudades nunca habían tenido tantos edificios, carreteras, centros comerciales y desarrollos inmobiliarios como ahora. Sin embargo, millones de personas sienten que su tiempo y bienestar se reducen cada vez más. Los trayectos diarios consumen horas enteras, el ruido es permanente y los espacios para descansar o convivir son cada vez más escasos.
En Laudato si’, Francisco advierte que muchas ciudades modernas han sido construidas bajo una lógica de consumo, velocidad y rentabilidad, dejando en segundo plano la dignidad humana y la calidad de vida. Aunque concentran oportunidades, también generan nuevas formas de exclusión, aislamiento, saturación emocional y desgaste social.
Para el Pbro. Juan Carlos Ávila Reza, titular de la Dimensión de Ecología de la Arquidiócesis Primada de México, este crecimiento no siempre significa un verdadero bienestar humano.
“Puede existir un crecimiento económico, de infraestructura o inversiones, pero eso no es sinónimo de crecimiento humano o ecológico, e incluso puede existir una economía fuerte ‘pero sin alma’, cuando el desarrollo termina deteriorando la calidad de vida, las relaciones familiares y el equilibrio personal”.

¿Qué es la ecología integral?
“El ambiente humano y el ambiente natural se degradan juntos”, advierte Francisco al explicar que no se puede separar la crisis ecológica de la crisis social. Es decir, el deterioro de la naturaleza también termina deteriorando la vida cotidiana de las personas.
En este contexto, la llamada “ecología integral” propuesta por el Papa no se limita al cuidado de árboles, ríos o animales. También implica preguntarse qué tipo de vida permiten las ciudades actuales y si realmente favorecen relaciones humanas sanas, descanso, seguridad, convivencia y sentido de comunidad.
En este sentido, Ávila Reza insistió en que la ecología integral no se limita únicamente al cuidado ambiental. “La ecología integral no es solo hablar de arbolitos, también implica cuidar las relaciones humanas, la salud emocional, la convivencia y la dignidad de las personas”.
Hoy, para millones de personas, vivir en una gran ciudad significa pasar varias horas al día en traslados, habitar viviendas cada vez más pequeñas, respirar aire contaminado y convivir diariamente con el ruido, la saturación y el agotamiento emocional. De acuerdo con un análisis difundido por la Universidad Nacional Autónoma de México en 2024, los habitantes de la Ciudad de México pierden aproximadamente 152 horas al año atrapados en el tráfico, una situación que impacta el descanso, la convivencia familiar y la salud emocional.
Crecimiento, pero degradación del ser humano
La crisis hídrica en la Ciudad de México evidencia una de las advertencias centrales de Laudato si’: las ciudades pueden crecer económicamente mientras deterioran las condiciones básicas para una vida digna. Aunque continúan expandiéndose los desarrollos habitacionales, millones de personas enfrentan escasez de agua, drenaje insuficiente y servicios urbanos rebasados.
Actualmente, más del 40% del agua que consume la capital del país proviene de fuentes externas como el Sistema Cutzamala, mientras que gran parte de la ciudad enfrenta tandeos y problemas de abastecimiento, de acuerdo con datos de Conagua. A ello se suma una infraestructura obsoleta que provoca pérdidas importantes de agua potable por fugas, así como un sistema de drenaje insuficiente frente al crecimiento poblacional y las lluvias intensas.
Especialistas también han advertido sobre la sobreexplotación del manto acuífero y el hundimiento gradual del suelo capitalino debido a la extracción excesiva de agua, una situación que refleja cómo el crecimiento urbano desordenado termina generando nuevas formas de vulnerabilidad social y ambiental.
A ello se suma otro fenómeno silencioso, la pérdida del encuentro humano; aunque las ciudades están llenas de gente, muchas personas viven aisladas, los vecinos que no se conocen, familias que apenas coinciden en casa debido a los largos trayectos y jóvenes cuya vida social ocurre más en las pantallas que en espacios comunitarios son parte del paisaje urbano contemporáneo.
El sacerdote advirtió que el ritmo acelerado de las grandes ciudades también está modificando la vida familiar. Comentó que en muchos hogares las conversaciones cara a cara han sido sustituidas por mensajes de WhatsApp, incluso entre integrantes de una misma familia que apenas coinciden debido a los largos traslados, horarios laborales y dinámicas urbanas.
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La urbanización también transforma la relación con Dios
Francisco advierte que este modelo de urbanización termina afectando la relación de las personas consigo mismas, con los demás y con Dios. Cuando una ciudad obliga a vivir aceleradamente, entre largos trayectos, ruido y saturación constante, también dificulta el silencio, la contemplación y el desarrollo espiritual.
El titular de la Dimensión de Ecología explicó que la vida urbana muchas veces deja a las personas sin espacios de silencio, contemplación o descanso interior. “En el caos tienes que encontrar un oasis de paz. La religión propone que en el silencio encuentras a Dios, en la reflexión encuentras a Dios y en la paz encuentras a Dios”.
Frente al estrés cotidiano, el sacerdote propuso generar una especie de “kit de supervivencia emocional”, pero ¿cómo encontrar paz en medio del caos urbano?
Kit de supervivencia espiritual para vivir en la ciudad
El sacerdote explicó que, frente al ritmo acelerado de las grandes ciudades, las personas necesitan generar pequeños espacios de equilibrio emocional, espiritual y humano para no quedar absorbidas por el estrés cotidiano.
Algunas prácticas que recomendó fueron:
- Buscar momentos de silencio durante el día, aunque sean breves.
- Reducir el tiempo en pantallas para favorecer la convivencia real.
- Recuperar espacios familiares, como comer juntos o conversar sin celular.
- Tener contacto con la naturaleza, ya sea caminar en un parque, cuidar plantas o contemplar el entorno.
- Hacer pausas de oración o reflexión, especialmente en medio de jornadas saturadas.
- Cuidar los tiempos de descanso, evitando vivir permanentemente acelerados.
- Fortalecer la vida comunitaria, participando en actividades parroquiales o vecinales.
“En medio del caos también es necesario construir oasis de paz”, señaló el sacerdote al hablar sobre la necesidad de reencontrarse con Dios, con los demás y consigo mismo en la vida urbana.
Las desigualdades también se viven en el territorio
El sacerdote señaló que las consecuencias del crecimiento urbano no afectan a todos por igual. Mientras algunas zonas cuentan con parques, servicios y mejores condiciones ambientales, millones de personas viven en periferias con pocas áreas verdes, transporte deficiente, inseguridad y acceso limitado al agua o servicios básicos.
Ávila Reza explicó que muchas de estas desigualdades reflejan también una injusticia social y económica. “Los ricos siempre van a tener más posibilidad económica de pagar servicios e incluso, en donde viven cuentan con áreas verdes, a diferencia de las colonias populares donde escasean áreas verdes, servicios o espacios públicos dignos”.
En ese contexto, el Papa insiste en que una ciudad verdaderamente humana no puede medirse únicamente por su crecimiento económico o su infraestructura, sino por su capacidad de cuidar la vida. Plantea que una urbanización con sentido debe poner en el centro a la persona, favorecer la convivencia, proteger el medio ambiente y permitir que todos, especialmente los más vulnerables, puedan vivir con dignidad.
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Las ciudades crecen… y también sus problemas
El fenómeno de la urbanización está latente en todo el mundo; de acuerdo con datos de ONU-Hábitat, actualmente más del 55% de la población mundial vive en zonas urbanas, y para el año 2050 esta cifra podría alcanzar cerca del 68%.
Sin embargo, especialistas y organismos internacionales han advertido que este crecimiento no siempre va acompañado de infraestructura suficiente, planeación urbana o políticas que prioricen la calidad de vida de las personas. El resultado son ciudades cada vez más densas, con mayores problemas de movilidad, contaminación, acceso al agua, vivienda y salud mental.
En los números 44 y 45 de Laudato si’, Francisco reflexiona sobre cómo el crecimiento urbano desordenado puede deteriorar la calidad de vida, debilitar la convivencia social y generar nuevas formas de exclusión y aislamiento.
Uno de los problemas más visibles es la contaminación del aire. La Organización Mundial de la Salud, advierte que 99% de la población mundial respira aire que supera los límites recomendados de calidad. Además, estima que la contaminación atmosférica provoca alrededor de 7 millones de muertes prematuras cada año en el mundo.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) también advierte que la contaminación del aire está relacionada con enfermedades cardiovasculares y respiratorias, accidentes cerebrovasculares e incluso afectaciones a la salud mental y neurológica, especialmente entre quienes habitan en grandes centros urbanos.
A ello se suma el desgaste que implica vivir en ciudades cada vez más saturadas. Para muchas familias, el tiempo destinado al descanso, la convivencia o la vida comunitaria termina absorbido por los largos traslados, el tráfico y las exigencias del ritmo urbano.
El padre Juan Carlos Ávila Reza añadió que vivir constantemente bajo presión termina afectando integralmente a las personas. “Todo está conectado. Cuando una persona vive agotada, con calor, tráfico, contaminación y presión constante, eso impacta su cuerpo, su mente, sus relaciones familiares y también su vida espiritual”.
Frente a este panorama, Laudato si’ insiste en la necesidad de construir ciudades más humanas, capaces de favorecer el encuentro, el descanso, la convivencia y el cuidado de la vida. Más allá del crecimiento inmobiliario o la expansión urbana, el Papa plantea que las ciudades deben recuperar su sentido comunitario y poner en el centro la dignidad humana.

¿Qué propone la Iglesia frente a ciudades cada vez más deshumanizadas?
Ante el crecimiento de ciudades marcadas por el estrés, la contaminación, la desigualdad y el aislamiento social, la Iglesia propone una visión distinta del desarrollo urbano, un modelo de ciudad que coloque en el centro la dignidad humana y no únicamente la productividad o el consumo.
En Laudato si’, el Papa Francisco plantea el concepto de “ecología integral”, una mirada que entiende que el cuidado del medio ambiente no puede separarse de la justicia social, la vida comunitaria y el bienestar de las personas. Para el Pontífice, no basta con construir más infraestructura o generar crecimiento económico si las personas viven agotadas, aisladas o sin acceso a condiciones básicas para una vida digna.
En la encíclica, Francisco advierte que una ciudad verdaderamente humana debe favorecer el encuentro, el descanso y el sentido de comunidad. Por ello insiste en la necesidad de recuperar espacios públicos, áreas verdes y entornos que permitan a las personas convivir, reconstruir vínculos humanos y mejorar su calidad de vida.
“La sensación de asfixia producida por las aglomeraciones y el anonimato social se contrarresta si se desarrollan relaciones humanas cercanas y cálidas”, señala el Papa al reflexionar sobre la importancia de fortalecer el tejido social dentro de las grandes urbes.
Desde esta perspectiva, la Iglesia también subraya la importancia de una movilidad digna, capaz de priorizar a las personas antes que la velocidad o el consumo. Los largos trayectos, el transporte saturado y el tiempo perdido en el tráfico no solo afectan la productividad, sino también la convivencia familiar, el descanso y la salud emocional.
Otro aspecto fundamental es la recuperación de los barrios y comunidades locales. Frente a una cultura urbana cada vez más individualista, Francisco propone reconstruir la llamada “cultura del encuentro”, donde las personas puedan volver a reconocerse como vecinos, miembros de una comunidad y corresponsables del cuidado del entorno común.
En este contexto, el Pbro. Juan Carlos Ávila Reza consideró que las parroquias pueden convertirse en espacios de cercanía y reconstrucción social dentro de ciudades cada vez más individualistas. “Las parroquias son oasis de esperanza y quirófanos de humanidad. Son espacios donde las personas todavía pueden encontrarse, convivir y sentirse parte de una comunidad”, afirmó.
Algunas iniciativas inspiradas en esta visión incluyen huertos urbanos, campañas de reciclaje, recuperación de espacios públicos, jornadas de limpieza, proyectos de captación de agua de lluvia y actividades comunitarias orientadas al cuidado de la “casa común”.
Actualmente, la Dimensión de Ecología de la Arquidiócesis Primada de México impulsa proyectos como las parroquias Laudato si’ y la formación de “equipos levadura”, grupos comunitarios que buscan promover la ecología integral desde acciones concretas dentro de las comunidades parroquiales.
Francisco insiste en que los cambios no dependen únicamente de grandes gobiernos o empresas, sino también de pequeñas acciones cotidianas capaces de transformar la relación entre las personas, las ciudades y el medio ambiente.
En este sentido, el sacerdote llamó a recuperar una visión más humana y espiritual de la vida cotidiana, especialmente en contextos urbanos donde el ritmo acelerado muchas veces termina debilitando la convivencia, el descanso y la vida interior.
“No tenemos otra casa. La ecología integral también significa volver a ser humanos, aprender a cuidar, compartir y reencontrarnos con Dios, con los demás y con nosotros mismos”, concluyó el padre Ávila Reza.






