La vocación a la docencia
Un docente cristiano, ha de ser consciente de que en su labor educativa, debe respetar y promover la dignidad y el valor inalienables de la persona, promover los más altos valores humanos y ayudar a abrir horizontes del servicio a los demás.
Cada 15 de mayo celebramos en México el día del maestro. Esta fecha en las efemérides nos da la oportunidad de reflexionar sobre la trascendencia de la educación en la vida de las personas, de las familias, de la sociedad, de la patria, del mundo, y por supuesto, de la Iglesia.
Pero la celebración del día del maestro es también una ocasión privilegiada para reconocer la labor de mujeres y hombres que dedican su vida a la educación y a la formación de las nuevas generaciones, no solo transmitiendo conocimientos e incentivando el desarrollo de habilidades, sino también acompañando procesos de formación integral e inspirando en sus alumnos la apertura y asunción de los grandes valores y actitudes que ayudan a la persona a entender, vivir y respetar su altísima dignidad y la de los demás, la hacen crecer, la capacitan para la vida y la disponen para hacer el bien, para servir y para tejer relaciones interpersonales sanas que los hagan corresponsables en la construcción de una sociedad verdaderamente humana, justa y solidaria, que promueva un auténtico progreso y la edificación de la paz.
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Por ello, la educación es uno de los servicios más nobles y necesarios en la vida de la humanidad, pero también una de las responsabilidades más altas y delicadas.
En su mensaje del 1 de enero de 2012, con ocasión de la XLV jornada mundial de la paz, el Papa Benedicto XVI escribió: “La educación es la aventura más fascinante y difícil de la vida. Educar –que viene de educere en latín– significa conducir fuera de sí mismos para introducirlos [a los alumnos] en la realidad, hacia una plenitud que hace crecer a la persona”.
En el mismo mensaje, el Papa afirmó que: “Se ha de transmitir a los jóvenes el aprecio por el valor positivo de la vida, suscitando en ellos el deseo de gastarla al servicio del bien. Éste es un deber en el que todos estamos comprometidos en primera persona”.
La docencia, por lo tanto, no es, simplemente una profesión o un trabajo; es una auténtica vocación, una misión, que ha de vivirse con altura profesional, pero también con compromiso, pasión y entrega a la formación y el acompañamiento de las nuevas generaciones.
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Ahora bien, un docente, y máxime un docente cristiano, ha de ser consciente de que en su labor educativa, debe respetar y promover la dignidad y el valor inalienables de la persona, promover los más altos valores humanos, colaborar en el desarrollo integral de sus alumnos y ayudarles a abrirse al horizonte del servicio a los demás. Ello implica trabajar con ahínco, disciplina y ética profesional, a fin de responder cabalmente a una tarea de tan alta envergadura y de tan amplio calado en el presente y el futuro de las personas y de la sociedad.
Yo quisiera reconocer la labor de los maestros y maestras y, al mismo tiempo, invitarles a renovar la conciencia de lo importante que es unir en su labor educativa, a la ciencia la virtud, el tono humano de su persona, la ética, la congruencia, la empatía y el interés sincero por sus alumnos.
Porque si bien es verdad que los docentes están llamados a transmitir conocimientos, seguramente esos conocimientos se imprimirán en la mente y en el corazón de los alumnos si ellos encuentran en sus maestros, no solo ciencia, sino también un talante sapiencial que evidencie en los gestos, en el compromiso, en el respeto sincero por sus alumnas y alumnos, el deseo de hacerles el bien.
Sin duda a todos nos preocupan tantas situaciones de crisis, de conflicto, de polarización y de deshumanización que estamos viviendo en nuestra patria y en el mundo. Nos preocupan los retos que representan la formación de las nuevas generaciones, así como también el grave rezago educativo que vivimos en diferentes ámbitos. Pero no solo hemos de preocuparnos, sino de ocuparnos.
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Somos muchos los agentes que tenemos la responsabilidad de la educación, en los diferentes ámbitos de la sociedad: los padres de familia, las instituciones educativas, el gobierno, la Iglesia, etc. Pero hoy, junto con mi felicitación y reconocimiento sincero, hago un respetuoso y atento llamado a los maestros y maestras, a seguir honrando la vocación que han recibido, dando lo mejor de sí mismos y gestando, desde su propia misión, niños, adolescentes y jóvenes conscientes, integrados, fuertes, solidarios y corresponsables en la gestación de un México más humano, más justo, más fraterno, solidario y pacífico.
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