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La fraternidad sacerdotal

Agradezcamos a Dios el don que representa cada sacerdote para la Iglesia y para el mundo, valoremos el hecho de tener un sacerdote que atiende nuestras comunidades parroquiales

10 julio, 2026
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La inmensa mayoría de las parroquias de la Arquidiócesis de México cuentan únicamente con un solo sacerdote a su servicio. Por ello normalmente los fieles de una parroquia identifican, conocen y tratan a un solo sacerdote durante varios años.

Sin embargo, es importante que fieles católicos sepan y comprendan que los sacerdotes formamos una familia espiritual, una fraternidad, cuyos vínculos son sacramentales, es decir, radicados en la consagración y misión que hemos recibido como partícipes del sacerdocio de Jesús al servicio de la Iglesia.

Cuando un sacerdote recibe la ordenación sacerdotal, queda integrado al presbiterio diocesano, bajo la autoridad del obispo, que es la cabeza de la diócesis y principio de unidad de la misma.

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Ahora bien, lo anterior se explica porque Jesús llamó a doce (Mc 3,7-8), es decir, llamó a un grupo y no a individuos aislados, y los llamó para formar una comunidad en torno a él. De ahí que el ministerio sacerdotal, es un ministerio colegiado.

Por eso, aunque el orden sagrado se confiere a cada sacerdote en lo personal, todos los presbíteros (es decir, los sacerdotes) quedan insertados en la comunión del presbiterio y unidos con el obispo, como ya lo dijimos. Así lo señala el número 17 de la exhortación apostólica Pastores Dabo vobis de san Juan Pablo II:

Cada sacerdote, tanto diocesano como religioso, está unido a los demás miembros [del] presbiterio, gracias al sacramento del Orden, con vínculos particulares de caridad apostólica, de ministerio y de fraternidad. En efecto, todos los presbíteros, sean diocesanos o religiosos, participan en el único sacerdocio de Cristo, Cabeza y Pastor, trabajan por la misma causa, esto es, para la edificación del cuerpo de Cristo […]

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En consecuencia, la pertenencia al presbiterio y la fraternidad sacerdotal, son elementos sustantivos de la espiritualidad sacerdotal. Se es presbítero dentro de un presbiterio, se es a la vez presbítero y presbiterio, y no se puede ser presbítero sin el presbiterio.

Como puede inferirse de lo arriba comentado, la vocación sacerdotal es un don de Dios que no puede ser acogido ni vivido en el individualismo y el aislamiento. Acoger el ministerio sacerdotal como un don de Dios supone acoger también a los hermanos sacerdotes.

Por ello, para los sacerdotes, el presbiterio, es decir, sus hermanos sacerdotes, debería ser el espacio humano y eclesial privilegiado para encontrar acompañamiento, aliento, orientación, apoyo y corrección fraterna para santificarse en el ministerio.

Ahora bien, la fraternidad entre los sacerdotes, requiere manifestarse con actitudes muy concretas: el conocimiento de unos con otros, el respeto, la cordialidad en el trato, la comunicación clara, respetuosa y asertiva, la participación convencida y cordial en los encuentros de oración, trabajo o convivencia a nivel de decanato, zona pastoral o diócesis; la oración de unos por otros, la edificación con el ejemplo, la comunión en la actividad ministerial de acuerdo con los lineamientos del obispo, la ayuda recíproca para llevar las cargas sacerdotales, el apoyo concreto en los momentos de dificultad, crisis o enfermedad, la participación en los momentos significativos (gozosos o tristes) de la vida de los hermanos sacerdotes (cumpleaños, aniversarios sacerdotales, fallecimiento de seres queridos), el manejo evangélico de los conflictos y diferencias entre unos y otros, la disponibilidad para administrar el sacramento de la reconciliación o acompañar en la dirección al hermano sacerdote que así lo solicite, la disponibilidad para perdonar cuando se ha recibido alguna ofensa, la corrección fraterna, etc.

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Agradezcamos a Dios el don que representa cada sacerdote para la Iglesia y para el mundo, valoremos el hecho de tener un sacerdote que atiende nuestras comunidades parroquiales, pero también oremos para que todos los sacerdotes podamos vivir cada vez mejor la fraternidad entre nosotros, lo cual redundará también en beneficio de las comunidades que se nos han confiado.

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