Oración de súplica a la Virgen del Rosario de Pompeya
La súplica a la Virgen del Rosario de Pompeya nació como respuesta a los desafíos del mundo. Aquí te explicamos su historia y por qué sigue vigente hoy.
La oración de súplica a la Virgen del Rosario de Pompeya es una de las expresiones más profundas de confianza en la intercesión de María. A través de ella, miles de fieles en todo el mundo elevan sus peticiones con la certeza de que la Madre de Dios escucha y acompaña las necesidades de sus hijos.
A continuación, te la compartimos para que la reces en familia y/o con tu comunidad.
Oración de súplica a la Virgen del Rosario de Pompeya
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
I – ¡Oh augusta Reina de las Victorias, oh Virgen soberana del Paraíso!, cuyo nombre poderoso alegra los cielos y hace temblar de terror a los abismos. ¡Oh gloriosa Reina del Santísimo Rosario!, nosotros, los venturosos hijos vuestros, postrados a vuestras plantas -en este día sumamente solemne de la fiesta de vuestros triunfos sobre la tierra de los ídolos y de los demonios-, derramamos entre lágrimas los afectos de nuestro corazón, y con la confianza de hijos os manifestamos nuestras necesidades.
Desde ese trono de clemencia donde os sentáis como Reina, volved, ¡oh María!, vuestros ojos misericordiosos a nosotros; a nuestras familias, a nuestra nación, a la Iglesia Católica, al mundo todo, y apiadaos de las penas y amarguras que nos afligen. Mirad, ¡oh Madre!, cuántos peligros para el alma y cuerpo nos rodean; cuántas calamidades y aflicciones nos agobian. Detened el brazo de la justicia de vuestro Hijo ofendido, y con vuestra bondad subyugad el corazón de los pecadores, pues ellos son nuestros hermanos e hijos vuestros, que al dulce Jesús costaron sangre divina y a vuestro sensibilísimo Corazón indecibles dolores. Mostraos hoy para con todos Reina verdadera de paz y de perdón.
Dios te salve, Reina y Madre…
II – En verdad, en verdad, Señora, nosotros, aunque hijos vuestros, con las culpas cometidas hemos vuelto a crucificar en nuestro pecho a Jesús y traspasar vuestro tiernísimo Corazón. Si, lo confesamos, somos merecedores de los más grandes castigos; pero tened presente, oh Madre, que en la cumbre del Calvario recibisteis las últimas gotas de aquella sangre divina y el postrer testamento del Redentor moribundo; y que aquel testamento de un Dios, sellado con su propia sangre, os constituía en Madre nuestra, Madre de los pecadores. Vos, pues, como Madre nuestra, sois nuestra Abogada y nuestra Esperanza. Y por eso nosotros, llenos de confianza, entre gemidos, levantamos hacia Vos nuestras manos suplicantes y clamamos a grandes voces: ¡Misericordia, oh María, misericordia!
Tened, pues, piedad, ¡oh Madre bondadosa!, de nosotros, de nuestras familias, de nuestros parientes; de nuestros amigos, de nuestros difuntos, y, sobre todo, de nuestros enemigos y de tantos que se llaman cristianos y, sin embargo, desgarran el amable Corazón de vuestro Hijo. Piedad también, Señora, piedad, imploramos para las naciones extraviadas, para nuestra querida patria y para el mundo entero, a fin de que se convierta y vuelva arrepentido a vuestro maternal regazo. ¡Misericordia para todos, oh Madre de las misericordias!
Dios te salve, Reina y Madre…
III . ¿Qué os cuesta, oh María, escucharnos, qué os cuesta salvarnos? ¿Acaso vuestro Hijo divino no puso en vuestras manos los tesoros todos de sus gracias y misericordias? Vos estáis sentada a su lado con corona de Reina, rodeada de gloria inmortal sobre todos los coros de los Angeles. Vuestro dominio es inmenso en los cielos, y la tierra con todas las criaturas os está sometida. Vuestro poder, ¡oh María!, llega hasta los abismos, puesto que Vos, ciertamente, podéis librarnos de las asechanzas del enemigo infernal. Vos, pues, que sois todopoderosa por gracia, podéis salvarnos; y si Vos no queréis socorrernos por ser hijos ingratos e indignos de vuestra protección, decidnos, a lo menos, a quién debemos acudir para vernos libres de tantos males. ¡Ah!, no: vuestro Corazón de Madre no permitirá que se pierdan vuestros hijos. Ese divino Niño, que descansa sobre vuestras rodillas, y el místico Rosario que lleváis en la mano nos infunden la confianza de ser escuchados, y con tal confianza nos postramos a vuestros pies, nos arrojamos como hijos débiles en los brazos de la más tierna de las madres, y ahora mismo, sí, ahora mismo, esperamos recibir las gracias que pedimos.
Dios te salve, Reina y Madre…
Pidamos su santa bendición
Otra gracia más os pedimos, ¡oh poderosa Reina!, que no podéis negarnos en este día de tanta solemnidad. Concedednos a todos, además de un amor constante hacia Vos, vuestra maternal bendición. No, no nos retiraremos de vuestras plantas hasta que nos hayáis bendecido. Bendecid, ¡oh María!, en este instante al Sumo Pontífice. A los antiguos laureles e Innumerables triunfos alcanzados con vuestro Rosario, y que os han merecido el título de Reina de las Victorias, agregad este otro: el triunfo de la Religión y la paz de la trabajada humanidad. Bendecid también a nuestro Prelado, a los Sacerdotes y a todos los que celan el honor de vuestro Santuario. Bendecid a los asociados al Rosario Perpetuo y a todos los que practican y promueven la devoción de vuestro Santo Rosario.
Historia de la oración de súplica
Esta oración fue escrita en 1883 por San Bartolo Longo, quien la tituló originalmente “Acto de amor a la Virgen”. Su composición respondió a la encíclica Supremi Apostolatus Officio del Papa León XIII, en la que se exhortaba a los fieles a rezar el Santo Rosario como medio para hacer frente a los males de la sociedad.
Desde su origen, esta oración fue pensada para ser recitada en comunidad, de manera coral, como una forma de interceder unos por otros y fortalecer la vida espiritual del pueblo de Dios.
La primera vez que se rezó públicamente fue el 14 de octubre de 1883, ante cerca de veinte mil peregrinos, marcando el inicio de una tradición que continúa hasta nuestros días.
Cada 8 de mayo, en la fiesta de la Virgen del Rosario, se realiza esta súplica de manera especial. Esta fecha coincide con el inicio de la construcción del Santuario Pontificio de la Santísima Virgen del Santo Rosario de Pompeya, que más tarde fue elevado a basílica pontificia mayor en 1901 por León XIII.
La Virgen del Rosario de Pompeya y su devoción
La devoción a la Virgen del Rosario de Pompeya comenzó en 1876, cuando llegó su imagen por iniciativa de Bartolo Longo. Este santuario, ubicado en Italia, se convirtió rápidamente en un importante centro de peregrinación, al grado de que el papa León XIII lo llamó “la parroquia del mundo”, recibiendo millones de visitantes cada año.
La imagen venerada muestra a la Virgen María con el Niño Jesús, acompañados por Santa Catalina de Siena y Santo Domingo de Guzmán, a quienes se asocia profundamente con la espiritualidad del Rosario.
Desde este santuario, los fieles rezan el Rosario para pedir por las necesidades del mundo, confiando en la intercesión maternal de María. La súplica se realiza frente a esta imagen, fortaleciendo el vínculo entre la oración y la devoción popular.
El testimonio de Bartolo Longo
La historia de esta devoción no puede entenderse sin la vida de Bartolo Longo. En su juventud, fue anticlerical y se involucró en el espiritismo; sin embargo, tras una profunda conversión, abrazó la fe católica e ingresó en la Tercera Orden de Santo Domingo.
Movido por su nueva vocación, se dedicó a las obras de misericordia y al servicio de los más necesitados. En Nápoles conoció a la condesa Marianna Farnararo De Fusco, con quien compartió su misión de ayudar a los pobres y difundir la devoción al Rosario.
Al llegar a Pompeya, Longo encontró una región marcada por la pobreza y el abandono. Inspirado por una experiencia espiritual que lo impulsaba a promover el Rosario como camino de salvación, comenzó a predicar esta devoción y a trabajar por la transformación social del lugar.
Gracias a la generosidad de los fieles, lograron construir el santuario el 8 de mayo de 1876, que fue inaugurado en 1901. Además, impulsó obras sociales, viviendas y ayuda para huérfanos, especialmente hijos de personas encarceladas, logrando convertir una zona marginada en una comunidad próspera.
Bartolo Longo falleció en 1926 y fue beatificado por Juan Pablo II el 26 de octubre de 1980; el 19 de octubre de 2025, fue canonizado por el Papa León XIV.
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Una oración que une al mundo
La súplica a la Virgen del Rosario de Pompeya continúa siendo hoy una oración viva, que reúne a miles de fieles en todo el mundo. Su fuerza radica en la fe compartida, en la intercesión comunitaria y en la confianza plena en María como Madre que escucha, consuela y guía.






