¿Quién fue Santo Domingo de Guzmán? El predicador que fundó la Orden de los Dominicos
Santo Domingo de Guzmán dedicó su vida a predicar el Evangelio y fundó la Orden de Predicadores. Conoce su historia, su misión y su legado.
En la historia de la Iglesia católica, pocas figuras han marcado tanto la evangelización y la predicación como la de Santo Domingo de Guzmán, un sacerdote español del siglo XIII que dedicó su vida a anunciar el Evangelio, defender la fe y promover una forma de vida religiosa centrada en el estudio, la oración y la predicación.
A más de 800 años, su legado continúa presente hoy en la Orden de Predicadores, conocida como los dominicos, la cual fundó y es una de las órdenes religiosas más influyentes en la historia del cristianismo y de las primeras en llegar a México para impulsar la evangelización de los pueblos originarios.
Un origen marcado por la fe
Domingo de Guzmán nació alrededor del año 1170 en Caleruega, un pequeño pueblo de la actual provincia de Burgos, en España. Provenía de una familia profundamente cristiana, al grado que varios de sus miembros también serían venerados por la Iglesia:
- Su madre, la Beata Juana de Aza, fue reconocida por su vida de santidad.
- Su padre, don Félix de Guzmán, es reconocido en la Iglesia como Venerable.
- Su hermano Antonio es Venerable.
- Su hermano Manés, que se unió a Domingo cuando éste fundó de la Orden de Predicadores, fue beatificado.
La leyenda del perro con una antorcha
Según un texto publicado por la Orden de los Dominicos, el nacimiento de Domingo estuvo envuelto en leyendas que explican la obra que realizó, pero en especial hacen referencia al sueño que tuvo su madre antes de darle a luz, en el que soñó que llevaba en su seno un cachorro que portaba en la boca una antorcha encendida y saliendo de su vientre parecía prender fuego a toda la tierra.
“De esta forma se representaba anticipadamente el nacimiento de un gran predicador que, con los ladridos de su doctrina sagrada, despertaría a las almas dormidas en el pecado, y con la antorcha de su encendida palabra, inflamaría vehementemente la caridad -a punto de languidecer- o el fuego que Jesús vino a traer a la tierra”, explica Fray Manuel Ángel Martínez de Juan en la publicación difundida en el sitio web de los Dominicos.
De la misma manera, recuerda que luego de que naciera, también su madrina tuvo una visión en la que le pareció que el niño tenía una estrella muy resplandeciente en la frente, e iluminaba con su luz toda la tierra.
La formación religiosa
Desde que Domingo era un niño, sus padres decidieron darle una buena formación religiosa y por esta razón lo enviaron a estudiar a Gumiel de Izán con un hermano de su madre, que era arcipreste.
Más tarde, para ampliar su formación, le enviaron al Estudio General de Palencia, en donde estudió artes liberales y a continuación se entregó durante cuatro años al estudio de la teología en donde el contacto directo con la Palabra de Dios le produjo tal impresión que “comenzó a quedarse pasmado por el contacto con la Sagrada Escritura”.
De hecho, se dice que estudiaba con tal avidez y constancia que pasaba las noches casi sin dormir. Pero su amor a la Palabra de Dios no se quedó en el terreno de la especulación intelectual, sino que -contaba el fraile dominico alemán y Beato Jordán de Sajonia- trataba de poner en práctica lo que escuchaba o estudiaba.
Fue tal el compromiso que adquirió el futuro santo, que en todo momento trataba de hacer la voluntad de Dios cumpliendo con fe y amor ferviente todos sus mandamientos, sobre todo en lo que refería a acoger a los pobres y desvalidos.
El gran amor por los pobres
Desde joven, Domingo de Guzmán mostró una fuerte inclinación espiritual y un profundo amor por los pobres, de hecho, en la biografía publicada en el sitio web de la Orden de los Dominicos, se señala una anécdota que muestra el vivo espíritu de su fundador, así como su profundo compromiso cristiano.
“Se cuenta que mientras estudiaba en Palencia se desencadenó en casi toda España una gran hambre. Entonces Domingo, ‘conmovido por la indigencia de los pobres y ardiendo en compasión hacia ellos, resolvió con un solo acto, obedecer los consejos del Señor, y reparar en cuanto podía la miseria de los pobres que morían de hambre’.
“Con este fin vendió los libros que tenía, aunque los necesitaba, y todo su ajuar y distribuyó el dinero a los pobres, diciendo: ‘No quiero estudiar sobre pieles muertas, y que los hombres mueran de hambre’. Son palabras que aún hoy nos conmueven”, se refiere en la publicación.
El camino de su conversión pastoral
Debido a la fama que Domingo alcanzó, el obispo de Osma, Martín de Bazán, lo llamó y lo hizo canónigo regular de su iglesia; después fue nombrado sacristán del Cabildo catedralicio, que era un puesto importante, y más tarde subprior. Desde entonces, su vida sacerdotal estuvo marcada por la oración, la vida comunitaria y el servicio pastoral.
De Guzmán pasaba los días y las noches en la iglesia dedicado a la oración. Estudiaba y oraba sin cesar. En esa oración le dirigía a Dios una súplica especial: que le concediera la caridad verdadera y eficaz para cuidar con interés y velar por la salvación de los hombres, ya que “pensaba que sólo comenzaría a ser de verdad miembro de Cristo, cuando pusiera todo su empeño en desgastarse para ganar almas”, tal y como como Jesús se inmoló totalmente para nuestra salvación.
Esta entrega a la oración se mantuvo a lo largo de toda su vida, de tal modo que en todos los lugares por donde pasó dejó el recuerdo de un hombre que no cesaba de orar por los otros.
La idea que llevaría a fundar a los Predicadores
La verdadera misión de Domingo comenzó cuando acompañó al obispo de Osma, Diego de Acevedo, en un viaje diplomático por Europa. Durante el trayecto, especialmente en el sur de Francia, se encontró con la expansión de la herejía cátara, un movimiento que cuestionaba aspectos fundamentales de la fe cristiana.
Domingo consideró que muchas personas se alejaban de la Iglesia no sólo por razones doctrinales, sino también por el ejemplo de vida austera y coherente que ofrecían algunos predicadores de esa corriente. Esto lo llevó a una profunda conversión pastoral: decidió responder no con violencia, sino con predicación, testimonio de vida pobre y formación doctrinal.
Así comenzó a recorrer pueblos predicando el Evangelio, dialogando con quienes se habían apartado de la fe y tratando de mostrar la verdad cristiana mediante la palabra y el ejemplo.
Durante varios años de apostolado en el sur de Francia, Domingo reunió a su alrededor un grupo de misioneros entre los que no existía ningún vínculo jurídico; estaban unidos a él libremente y podían marcharse cuando quisieran. Domingo iba experimentando un impulso cada vez más fuerte hacia la predicación, además de que llevaba muy metido en su corazón el deseo de la salvación de todos.
La fundación de la Orden de Predicadores
Fruto de esa experiencia apostólica nació la idea de fundar una comunidad dedicada a la predicación y así, hacia 1215, reunió en Toulouse a un pequeño grupo de compañeros con un mismo ideal: anunciar el Evangelio mediante la predicación, el estudio y la vida comunitaria. Al principio la Orden tenía carácter diocesano, pero Domingo quería abrirla al mundo, cosa que sólo era posible con la aprobación del Papa.
EN 1215, asiste a Roma al IV Concilio de Letrán para solicitarle al Papa Inocencio III que bendijera el proyecto, el cual fue aprobado oficialmente en 1216 por el Papa Honorio III, quien reconoció a la nueva comunidad como la Orden de los Frailes Predicadores en sus dos bulas del 22 de diciembre de 1216 y aprobó igualmente sus dos elementos esenciales: el estado canonical y la predicación.
La Orden de los Dominicos destaca que “en el siglo XIII este objetivo de la predicación era toda una revolución. Hasta entonces no existía una sociedad de predicadores estable y libre de toda limitación jurídica. Se trataba de una Orden que se ponía bajo la jurisdicción de la Santa Sede”.
La orden adoptó la regla de San Agustín y se caracterizó por un estilo innovador para la época: los frailes vivían en ciudades universitarias, estudiaban teología y predicaban activamente entre el pueblo. Su lema espiritual se resumía en una frase latina: “Contemplar y transmitir a otros lo contemplado”.
Además de los frailes predicadores, Domingo impulsó también la participación de monjas contemplativas y de laicos asociados a la espiritualidad dominicana.
Los principales logros y el legado de Santo Domingo de Guzmán
Durante su vida, Domingo de Guzmán organizó la expansión de la Orden de Predicadores enviando a sus frailes a los principales centros intelectuales de Europa, como París y Bolonia. Allí establecieron conventos y casas de estudio, lo que permitió que los dominicos influyeran profundamente en la teología, la filosofía y la educación cristiana.
A partir de esta dispersión comenzó para Domingo una época de viajes continuos, a pie, a través de Francia, Italia y España visitando los conventos y poniendo las bases de nuevas fundaciones. Él mismo carecía de celda en los conventos que visitaba. Con frecuencia pasaba la noche en las iglesias entregado a la oración y cuando el sueño le vencía se quedaba allí dormido.
Con el paso del tiempo, de sus filas surgirían grandes pensadores y santos, entre ellos Santo Tomás de Aquino, San Alberto Magno y Santa Catalina de Siena.
El Apóstol del Santo Rosario
Según la tradición católica, la Virgen María se apareció a Santo Domingo de Guzmán en una capilla ubicada en Tolosa, Francia, sosteniendo un Rosario y enseñándole a rezarlo como una “poderosa arma” espiritual para combatir la herejía albigense y convertir pecadores.
De acuerdo con los relatos, la Virgen entregó el Rosario a Domingo, tras varios días de ayuno y oración en los que el santo le suplicaba ayuda para convertir a los albigenses, ante esta súplica, la Madre de Dios le entregó el Rosario no solo como oración, sino como una herramienta para combatir la herejía y la falta de fe en el sur de Francia.
La Santa Sede señala que la victoria conseguida por Santo Domingo “llevó a ver en el rezo del Rosario el ‘escudo’ para vencer la herejía, así como un medio para encontrar refugio y consuelo, fuerza y confianza a la hora de afrontar y superar las dificultades de la vida”. Debido a que el fraile propagó fuertemente esta devoción en sus misiones por Francia, España e Italia, logrando numerosas conversiones, se le considera el gran apóstol del Rosario.
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Su muerte y herencia
Santo Domingo de Guzmán murió el 6 de agosto de 1221 en Bolonia, Italia, después de una vida dedicada completamente a la predicación y a la expansión de su orden religiosa. Para entonces, la comunidad que había fundado contaba ya con cientos de frailes y casas en distintas regiones de Europa.
En el texto publicado en el sitio web de la Orden de los Dominicos, Fray Manuel Ángel Martínez de Juan, señala que al estar en su lecho de muerte, Santo Domingo de Guzmán llamó a algunos frailes del convento que existía en esta ciudad con el fin de entregarles en herencia todo lo que poseía y les dijo:
“Esto es, hermanos queridos, lo que os dejo en posesión, como corresponde a hijos con derecho de herencia: tened caridad, conservad la humildad, poseed la pobreza voluntaria”.
De la misma manera, refiere el relato, “además de otras confidencias les dijo que les sería más útil cuando muriera -mediante su intercesión- de lo que lo había sido en vida”. Así, a los 51 años de edad, el viernes 6 de agosto de 1221, fiesta de la Transfiguración del Señor, rodeado de sus hijos, entregó su último suspiro el “Padre de los Predicadores”.
Canonización de Santo Domingo de Guzmán
Debido a su fama de santidad, su vida de pobreza evangélica y el impacto espiritual de su obra, Domingo de Guzmán fue canonizado en 1234 por el papa Gregorio IX, apenas trece años después de su muerte.
Con ello, la Iglesia reconoció en él a un auténtico predicador del Evangelio y a un reformador espiritual que ayudó a renovar la misión evangelizadora en la Edad Media. Por ello, la Iglesia católica celebra a Santo Domingo de Guzmán el 8 de agosto, fecha en la que se conmemora su “nacimiento al cielo” o su entierro.
Pronto se despertó la devoción a Santo Domingo de Guzmán entre la gente sencilla que acudía a orar ante su tumba en el Convento de Bolonia, donde aún permanecen sus restos, o a depositar exvotos en acción de gracias por las curaciones de las que se había beneficiado mediante su intercesión.
Un santo que sigue predicando hoy
Más de ocho siglos después, el carisma de Santo Domingo continúa vivo en la familia dominica, presente en decenas de países y dedicada a la predicación, la enseñanza, la investigación teológica y el servicio pastoral.
Su ejemplo recuerda que la evangelización requiere no sólo palabras, sino también coherencia de vida, estudio serio de la fe y una profunda vida de oración. Santo Domingo de Guzmán fue un hombre siempre bien dispuesto, un predicador infatigable.
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