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La cultura del encuentro

21 agosto, 2023
La cultura del encuentro
El obispo Francisco Javier Acero con las madres de desaparecidos. (Foto: Javier Rodíguez Labastida)

Encontrar es uno de los verbos que son parte del sínodo de la sinodalidad. Todo ser humano es un ser relacional. Nuestro cuerpo, nuestra psiqué y nuestra alma se han creado para establecer relaciones. El Papa Francisco menciona en algunos de sus discursos “la cultura del encuentro”.

Para los creyentes la cultura del encuentro es un arte. Cuando nos encontramos con otra persona necesitamos estar abiertos, valientes y dispuestos a dejarnos interperlar por la otra persona de manera siempre respetuosa y cariñosa. Un buen encuentro requiere de empatía que a su vez nos llevará a la transparencia. Esto nos invita a evitar caer en la tentación de refugiarnos en relaciones formales o usar máscaras de circunstancia que fomentan en nuestras comunidades el espíritu clerical con un corte lleno de privilegios y una mirada de arriba abajo que humilla a la otra persona. El encuentro nos cambia y con frecuencia nos sugiere nuevos caminos que no pensábamos recorrer.

Las periferias te obligan a mirar asuntos y actitudes que otros no son capaces de observar, porque tiene otro punto de vista. Cuando somos capaces de hacer un silencio para darle lugar y escuchar con interés ese punto de vista diferente, veo como todos me iluminan y nos iluminan, aunque no los entienda del todo, con esta actitud empezamos a construir una cultura del encuentro. Se trata de escuchar y recoger experiencias y perspectivas del otro, sin perder mi propia identidad. Esto es lo que enriquece a una institución: familia, parroquia,decanato, arquidiócesis. Huir de los conflictos, criticarlos, o ignorarlos es un peligro que nos puede convertir en personas ácidas, vacías, católicos de mucho marketing exterior con una espiritulidad mundana y superficial.

Los conflictos se enfrentan logrando armonizar las maneras de pensar. De dos cosas distintas nace una síntesis que nos supera y mejora a los dos, aunque los dos tengamos que renunciar a algo. Siempre hay que apuntar a algo nuevo donde se superen las tensiones violentas y los intereses cerrados.

El Papa Francisco lo describe muy bien: “No se trata simplemente de ver, sino de mirar; no se trata simplemente de oír, sino de escuchar; no basta con encontrarse o pasar al lado de las personas, sino detenerse y comprometerse con ellas en las cosas que realmente importan (cf. Flp 1,10). También es estimulante, porque compartimos nuestro camino con los demás, nos apoyamos mutuamente en la búsqueda de la verdad y nos esforzamos por tejer una red de relaciones que haga de nuestra vida en común “una verdadera experiencia de fraternidad, una caravana de solidaridad, una santa peregrinación” (Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, 87).”

El antítodo a la cultura del encuentro es la soledad. Cuidado con creer que la soledad es únicamente carecer de compañía. Es más que eso, pues consiste también en no estar en la compañía deseada o conveniente. Hasta en medio de una multitud uno puede sentirse más solo que nunca. El sentimiento de soledad llega cuando la persona no ve satisfecha su necesidad de intimidad humana o cuando las demás personas con las que convive o se relaciona no satisfacen sus deseos o preferencias.



Es decir, que la soledad también puede consistir en vivir acompañado de quien no te quiere o no te atiende, lo que explica el sentimiento de muchos mayores y jóvenes, en cierto modo, abandonados a su suerte. También es cierto que no todas las personas mayores que viven solas tienen sentimientos de soledad. Las observaciones e investigaciones experimentales que han realizado universidades europeas no dejan duda sobre las negativas consecuencias de la soledad para la salud física y mental en las personas, esto debería motivar, no solo a las familias, sino también a todas las administraciones políticas a establecer los programas y dotar los recursos económicos necesarios para promover y facilitar la vida social sobretodo de los mayores impidiendo que ninguno de ellos pueda verse abocado a una soledad no deseada.

La familia, la escuela, el trabajo son lugares en donde desarrollamos nuestros niveles relacionales esenciales para crear una cultura del encuentro. Lugares que deben respetar y promover sanamente las autoridades competentes si realmente su objetivo es el bien común.

En el documento sobre la fraternidad humana por la paz mundial y la convivencia común del Papa Francisco y el Gran Imán de Al-Azhar Ahmad Al-Tayyeb de febrero de 2019 nos recordaba que “la familia es esencial, como núcleo fundamental de la sociedad y de la humanidad, para engendrar hijos, criarlos, educarlos, ofrecerles una moral sólida y la protección familiar. Atacar la institución familiar, despreciándola o dudando de la importancia de su rol, representa uno de los males más peligrosos de nuestra época. Declaramos también la importancia de reavivar el sentido religioso y la necesidad de reanimarlo en los corazones de las nuevas generaciones, a través de la educación sana y la adhesión a los valores morales y a las enseñanzas religiosas adecuadas, para que se afronten las tendencias individualistas, egoístas, conflictivas, el radicalismo y el extremismo ciego en todas sus formas y manifestaciones”.

Una cultura del encuentro supone armonizar, conjuntamente, esa verdad común que concierne a cualquier persona. El reto es mayúsculo, en estos tiempos en donde la muerte violenta se ha hecho común e indiferente. Escuchar el dolor de las familias migrantes, el grito de soledad de las madres que buscan a sus hijos son acciones que generan encuentros de fraternidad humana. Es tiempo y hora de crear esta cultura del encuentro desde el respeto, la amabilidad, la dignidad, la bondad y la verdad. Si queremos construir la paz iniciemos con estas actitudes para así crear una sensibilidad ante los problemas sociales que estamos viviendo y juntos proyectar un ambiente social en donde “la justicia y la paz se besan” (Sal. 85).





Autor

Obispo Auxiliar de la Arquidiócesis Primada de México desde el 18 de noviembre de 2022. En 1993 se consagra como religioso agustino recoleto y realiza sus estudios de filosofía y teología; ordenado sacerdote el 31 de julio de 1999. 

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