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COLUMNA

La voz del Obispo

Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones

A diferencia del egoísmo que se vive en el mundo, el cristiano sabe que la vida se realiza y llega a su plenitud cuando descubrimos quiénes somos.

22 abril, 2024
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Obispo Auxiliar de la Arquidiócesis Primada de México desde el 24 de agosto de 2021. Es el primer obispo mexicano emanado del Camino Neocatecumenal. 

En este domingo del Buen Pastor la Iglesia celebra la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, por lo que me gustaría reflexionáramos en el mensaje que el Santo Padre preparó para esta ocasión. Cuando se habla de vocaciones se tiende a pensar que se refiere exclusivamente al llamado al sacerdocio o la vida consagrada, sin embargo, hablar de vocación es una oportunidad para considerar el precioso don de la llamada que el Señor nos dirige a cada uno de nosotros, Dios nos llama a todos, pero no a todos para lo mismo.

A diferencia del egoísmo que se vive en el mundo, el cristiano sabe que la vida se realiza y llega a su plenitud cuando descubrimos quiénes somos, cuáles son nuestras cualidades, en qué ámbitos podemos hacerlas fructificar, qué camino podemos recorrer para convertirnos en signos e instrumentos de amor, de acogida, de belleza y de paz, en los contextos donde cada uno vive. El ser humano encuentra la verdadera felicidad cuando se puede donar a los demás, cuando se pone al servicio de los demás, cuando “da la vida por los demás” como la dio Jesucristo por nosotros.

La vocación es un llamado que implica toda la vida, podemos pensar en los matrimonios, cuando por amor deciden entregarse uno a otro, constituyendo un consorcio de toda la vida, ordenado por su propia naturaleza al bien de los cónyuges y a la generación y educación de los hijos. En el matrimonio se realiza la donación mutua, donde uno ve por el bien del otro, no es una competencia, no es una lucha de poder, es una complementariedad, donde juntos van caminando por la vida compartiendo las alegrías y las angustias, los éxitos y los fracasos, donde los dos son una sola carne. Y si Dios les bendice con hijos, será otra forma de entregarse a los demás. Los hijos son una alegría para los hogares, pero también implica la donación de los padres. Dar la vida cuidándoles constantemente, ayudándolos a crecer, educándolos, transmitiendo la fe, alimentándolos, curándolos cuando están enfermos, consolándolos cuando están sufriendo, compartir la vida con ellos, sin duda es un don y una vocación.

La vocación a la vida consagrada, algunos fieles se proponen, bajo la moción del Espíritu Santo, seguir más de cerca a Cristo. Mediante la profesión pública de los consejos evangélicos de pobreza, obediencia y castidad, los y las consagradas se compromete en el servicio divino y se dedican al bien de toda la Iglesia, dedicando su vida a la oración intercediendo por todos, o dedicando su vida a la educación o al servicio de los más necesitados como los enfermos, migrantes, ancianos, huérfanos, indigentes, mujeres en situación de calle, madres solteras, presos, por mencionar algunos de los muchos carismas que pueden existir.



Por supuesto, no podemos dejar de lado el llamado al sacerdocio ordenado, llamados para dedicarse al anuncio del Evangelio, y ofrecer su propia vida, junto al Pan eucarístico, por los hermanos, sembrando esperanza y mostrando a todos la belleza del Reino de Dios. El ser humano tiene necesidad de invocar al Señor para alcanzar la salvación, «pero ¿cómo invocarán a aquel en quien no han creído? ¿Cómo creerán en aquel en quien no han oído? ¿Cómo oirán sin que se les predique? Y ¿cómo predicarán si no son enviados? (Rm 10, 14-15). Dios prometió que nos daría pastores según su corazón, pastores que guíen a su rebaño, que le hagan vivir los sacramentos, que los conduzcan a la salvación. Pero estos pastores no brotan de la nada, sino que salen de nuestras familias, de nuestras comunidades parroquiales, y todos somos responsables de orar por las vocaciones sacerdotales y ayudar en su formación. Termino con las palabras que el Papa Francisco dirige a los jóvenes invitándoles a no tener miedo de decir “Sí” al llamado del Señor: déjense fascinar por Jesús, déjense inquietar por su presencia. Él respeta nuestra libertad, más que nadie; no se impone, sino que se propone. Denle cabida y encontrarán la felicidad en su seguimiento.

Más artículos del autor: La oración en la vida del cristiano




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Obispo Auxiliar de la Arquidiócesis Primada de México desde el 24 de agosto de 2021. Es el primer obispo mexicano emanado del Camino Neocatecumenal. 

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