¿Cómo hablar de Esperanza en una humanidad tan herida y violenta?
Dios nos creó buenos, nos creó capaces de amar, nos creó inteligentes para mejorar nuestra experiencia como humanidad, nos creó con capacidad afectiva para amarnos
Estamos celebrando la Pascua, es tiempo de renovar nuestra esperanza que se funda en la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte.
Sin embargo, cuando vemos tantas situaciones dolorosas en la historia que estamos viviendo: cuando vemos tantas guerras en diversas partes del mundo, constatamos como la violencia afecta nuestras vidas directamente, las injusticias se multiplican en nuestra relaciones, la corrupción que impregna nuestros procesos políticos, las familias se dividen y se pelean entre sí, los niños son expuestos a las ideologías de género por leyes que quieren orientar sus decisiones personales, los jóvenes son confundidos por la cantidad de mentiras en las redes y la violencia a su alrededor… y tantos otros males que se están viviendo en nuestra sociedad, pudiera uno pensar cómo hablar de Esperanza en una humanidad que parece abortar el proyecto de Dios para nosotros.
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Dios nos creó buenos, nos creó capaces de amar, nos creó inteligentes para mejorar nuestra experiencia como humanidad, nos creó con capacidad afectiva para amarnos, no para odiarnos; nos creó con sueños para imaginarnos mejores; nos creó con un anhelo de trascendencia que nos hace voltear al cielo y sentir que fuimos creados para mucho más que una vida de 100 años. Y cuando Dios nos creó, como lo dice la Escritura, “él vio que todo era bueno”.
Sin embargo, ¿que hemos hecho como humanidad con este don que nos ha dado Dios? Hemos manchado nuestras relaciones con el pecado, hemos dejado que el egoísmo nos haga ignorar al prójimo, hemos utilizado las cosas como si fueran solo para nosotros y no para hacer el bien a los demás; hemos entrado centrado nuestra vida en un proyecto personal y no comunitario. Esto no lo hizo Dios, lo hemos hecho nosotros.
Por eso el mensaje de Jesús viene a querer cambiar la historia de pecado y egoísmo que la humanidad vivía. Cristo vino a mostrarnos que el amor debe de tener siempre la última palabra, que los hombres fuimos creados buenos; nos vino a mostrar, que a pesar de que nos equivoquemos, nos podemos poner de pie y continuar el camino, pues la misericordia es más fuerte que nuestras limitaciones. En definitiva, nos vino a mostrar que la confianza en el Padre no es una evasión de la realidad, sino el único camino para que la justicia se manifieste.
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¿Pero estaremos dispuestos a creer en la victoria del crucificado? ¿Estaremos dispuestos a creer que el pecado, es decir, el egoísmo, el odio, la venganza, la violencia, no tendrá la última palabra? ¿Estaremos dispuestos a creer que la muerte no tiene la última palabra, sino la tuvo Jesús cuando se atrevió a amar, a perdonar, y confiar en el Padre desde la cruz? La respuesta está en nosotros, ¡pues Dios ya ha pronunciado su sentencia!
Sólo si le creemos en el testimonio del Crucificado – Resucitado comprenderemos cómo vivir con esperanza en este mundo a pesar de sus incongruencias. De Jesús sacaremos la fuerza para luchar por una humanidad más plena, capaz de vivir en paz, en fraternidad y comprometida en el amor. De Jesús recibiremos la luz para comprender el camino para alcanzar esta plenitud, de Jesús Crucificado y Resucitado recibiremos la verdad y la vida para construir el sueño de Dios entre nosotros.
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Que esta Resurrección de junto con su testimonio de amor en la Cruz, renueven nuestra esperanza que celebra la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte.
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