¡Cristo ha resucitado!

Pbro. Sergio G. Román

El domingo por excelencia

La palabra domingo viene del latín dominus, que significa Señor. Al día primero de la semana se le llamó “Día del Señor”, dominica dies, porque el Señor Jesús resucitó este día. Así es que hoy, día en que nos alegramos en la resurrección de Cristo, es el domingo por excelencia, y todos los demás domingos del año hacen eco a este día, convirtiéndose cada uno de ellos en una fiesta pascual, como lo proclaman los fieles en su respuesta a la exclamación del celebrante: “Éste es el misterio de nuestra fe”; “Anunciamos tu muerte y proclamamos tu resurrección, ven Señor Jesús”. Este domingo es el domingo de los domingos, es una fiesta que se prolonga, a partir de hoy, durante cincuenta días, hasta la culminación de la Pascua con la fiesta de Pentecostés. Hoy estamos de fiesta grande, la más grande de los cristianos, porque Cristo ha resucitado. ¡Aleluya!


El Señor resucitó, ¡aleluya!

¡Triste situación la del hombre sometido al imperio de la muerte! La muerte es mala, daña y destruye, divide y quebranta los corazones. La muerte es fatal, a todos nos toca sin excepción, tarde o temprano. La razón de ser del poderío de la muerte es el pecado que destruye el plan de vida que Dios tiene sobre la humanidad. Padecemos la muerte los que hemos pecado.

Jesús, el justo, el inocente, se hace pecado y se somete al poder de la muerte para hacerse en todo semejante a nosotros para liberarnos del pecado y de la misma muerte.

Jesús en la cruz es un perdedor. Ha sido vencido por su enemiga.

Tres días después, un día como hoy, abandona la tumba y ¡vive!. Ha resucitado. Hoy celebramos la victoria de Jesús sobre la ancestral enemiga de la humanidad, la muerte.

Y la victoria de Jesús, camino, verdad y vida, se convierte en victoria de la humanidad toda, que unida a Cristo, primicia de los resucitados, está llamada a resucitar con Cristo. La muerte ha sido vencida.

No busquen entre los muertos al que vive

Las lecturas de los evangelios de este día –teniendo en cuenta que hay tres esquemas de celebración– nos trasmiten la experiencia gozosa de la sorpresa de la resurrección de Cristo. Cada relato nos habla de diferentes reacciones de los amigos de Jesús. Con gracia y simpatía los evangelistas nos dan los detalles de la sorpresa, a veces teñida de incredulidad, de los apóstoles que “vieron y creyeron”.

Las figuras angélicas presentes en el acontecimiento nos dan el mensaje: “No busquen entre los muertos al que vive”.

¡Jesús está vivo!, nuestro Dios no es un Dios muerto, Él vive y camina entre nosotros.

No reconocieron a Jesús

La Magdalena no reconoció a Jesús; lo confundió con un jardinero.

Los discípulos de Emaús lo confundieron con un caminante.

Los Apóstoles, encerrados en el Cenáculo en la noche del domingo, no dieron crédito a sus ojos. Jesús tuvo que mostrar sus credenciales –sus llagas gloriosas– para que le creyeran y dejaran de considerarlo un fantasma, un aparecido. ¡Hasta comió con ellos!

Poco después, a las orillas de lago amado por Jesús, los Apóstoles que pescaban no reconocieron a Jesús que desde la orilla les indicaba que echaran sus redes del otro lado de la barca.

¡Es difícil reconocer a Jesús resucitado! ¡Se parece tanto a un jardinero, a un transeúnte, a un hombre cualquiera! Por eso debemos estar atentos para descubrir a Jesús en cada uno de esos hermanos que están junto a nosotros –prójimos– o que se cruzan accidentalmente en nuestra vida. Es Jesús que pasa.