Ayuno, oración y limosna en el camino cuaresmal
La limosna y todas las obras de misericordia también nos hacen salir de nosotros mismos, abrirnos a los demás, renunciar a las diversas formas de egoísmo
Cada año Dios nos regala la Cuaresma como una magnífica oportunidad para revisar atentamente las profundidades de nuestro corazón, tomar conciencia de cómo estamos viviendo la gracia del bautismo e intensificar nuestra conversión para vivir cada vez mejor como hijos de Dios, discípulos de Cristo, templos del Espíritu Santo y miembros vivos de la Iglesia, dando testimonio de nuestra fe en los ambientes en que
vivimos.
La cuaresma es un tiempo especial de intenso trabajo espiritual orientado hacia una vivencia más consciente y genuina de lo que ya somos por el bautismo: hijos de Dios en Cristo por la participación sacramental en su misterio pascual.
En este sentido, la cuaresma como tiempo litúrgico de penitencia y conversión es un itinerario hacia la luz pascual, y desde esa perspectiva hemos de vivirla. De ahí que en la vigilia pascual renovamos año con año nuestras promesas bautismales después de haber recorrido el camino cuaresmal de conversión y purificación.
A lo largo de la cuaresma, vivida como tiempo de gracia y de purificación, escuchamos la voz del Señor que nos dice a través del profeta Joel: “Vuelvan a mí de todo corazón” y nos vamos preparando para celebrar el triunfo de Cristo sobre el pecado y sobre la muerte, disponiéndonos para que la fuerza de su resurrección venza en nosotros las tinieblas del pecado y nos haga crecer en la caridad.
Ahora bien, la conversión siempre está encaminada a madurar en el amor a Dios y al prójimo, saliendo de nosotros mismos, renunciando a la auto-referencialidad y al egoísmo para darnos a los demás.
Por eso, para impulsarnos en el camino de la conversión y de la madurez en el amor, dejando de lado el egoísmo y la indiferencia, la Iglesia nos sugiere tres medios muy apreciados en la milenaria ascética cristiana: el ayuno, la oración y la limosna; estos tres recursos ascéticos nos “arrancan” de nosotros mismos y nos ayudan a centrar nuestra atención en Dios y en el prójimo.
El ayuno nos ayuda para unir nuestro corazón con Dios aceptándolo como nuestro Sumo Bien, como el Único necesario; a morir a nosotros mismos para abrirnos a nuestros hermanos, a experimentar en carne propia el drama de quienes padecen hambre cotidianamente y socorrerlos, a crecer en el dominio sobre nuestros impulsos primarios y a superar la excesiva atención sobre nosotros mismos.
La limosna y todas las obras de misericordia (materiales y espirituales) también nos hacen salir de nosotros mismos, abrirnos a los demás, renunciar a las diversas formas de egoísmo, crecer en la caridad con obras concretas y vivir nuestra existencia en clave de donación y servicio a los demás.
Finalmente, la oración nos abre hacia Dios y nos pone en contacto con él mediante la adoración, la alabanza, la acción de gracias, la petición de perdón, la súplica y la intercesión, reconociéndolo como fuente y origen de todo bien y recordando que somos criaturas cuya consistencia se encuentra únicamente en Dios.

