¿El amor propio es pecado?

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San Cipriano de Antioquía: la verdad sobre el supuesto patrono del amor y los amarres

San Cipriano, asociado a “amarres” y al amor, no es reconocido oficialmente por la Iglesia católica. Aquí su leyenda.

11 febrero, 2026

Entre pócimas, conjuros y nombres invocados en la oscuridad, Cipriano fracasó. Según la tradición medieval, el célebre mago de Antioquía no logró realizar el “amarre” que le fue pedido: doblegar el corazón de una joven cristiana llamada Justina. Ningún hechizo, ningún demonio, ninguna fórmula aprendida en templos paganos consiguió vencer la libertad de aquella mujer que había decidido consagrarse a Cristo.

Ese fracaso marcaría el inicio de una conversión que, con el paso de los siglos, daría origen a una de las figuras más ambiguas del santoral popular: san Cipriano, hoy invocado por algunos como patrono del amor, pero cuestionado por la Iglesia desde el punto de vista histórico y pastoral.

¿Quién fue san Cipriano de Antioquía?

La figura conocida como san Cipriano de Antioquía pertenece a una de las leyendas hagiográficas —relatos biográficos, predominantemente religiosos, centrados en la vida, milagros, virtudes y martirio de los santos canonizados— más complejas del cristianismo antiguo.

Según relatos medievales, san Cipriano de Antioquía habría sido iniciado desde la infancia en diversos cultos paganos, entre ellos los de Apolo, Afrodita, Deméter, Perséfone, Mitra e Isis. Las crónicas señalan que viajó por importantes centros de saber antiguo como Alejandría, Caldea y Menfis para perfeccionar las llamadas artes ocultas, e incluso afirman que llegó a sostener diálogos directos con Lucifer.

Con el tiempo, se convirtió en un maestro de la teurgia, una práctica de magia ritual que pretendía establecer comunicación con las divinidades para realizar prodigios, y más tarde de la goecia, forma de hechicería centrada en la invocación de espíritus y demonios.

Su reputación como hechicero fue tan extendida que, según la tradición, se le atribuyó la autoría de textos mágicos que siglos después darían origen al llamado Libro de san Cipriano. No obstante, este libro de magia no fue escrito por el santo, sino que se atribuye al ocultista Jonás Sufurino, y ha sido explícitamente rechazado por la Iglesia católica por ser completamente incompatible con la fe cristiana.

Las versiones más difundidas sobre san Cipriano fueron recogidas siglos más tarde en los Acta Sanctorum, la compilación hagiográfica crítica elaborada por los bolandistas a partir del siglo XVII. Sin embargo, los historiadores advierten que se trata de relatos tardíos, cargados de elementos legendarios y sin pruebas históricas sobre la existencia real de Cipriano de Antioquía tal como lo describe la tradición.

Cipriano de Antioquía no es patrono de los novios ni de las parejas. Foto: Especial

La crítica eclesiástica subrayó la confusión entre este personaje legendario y san Cipriano de Cartago, obispo y mártir del siglo III, cuya existencia histórica, vida pastoral y abundante obra escrita están sólidamente documentadas.

En una audiencia general en junio de 2007, el papa Benedicto XVI dedicó su catequesis a san Cipriano de Cartago, presentándolo como una figura clave del cristianismo antiguo y claramente diferenciable del Cipriano legendario de la tradición medieval.

Entonces… ¿es san Cipriano patrono de los novios?

Desde el punto de vista oficial de la Iglesia, no. Cipriano de Antioquía no es patrono de los novios ni de las parejas, ni cuenta con reconocimiento litúrgico como intercesor del amor o del matrimonio. De hecho, no figura como santo independiente en el Martirologio Romano actual, el catálogo oficial de los santos reconocidos por la Iglesia católica.

La asociación con los novios proviene del imaginario popular, que interpreta su historia como un relato de amor frustrado, conversión y redención. Paradójicamente, la propia leyenda transmite un mensaje distinto: Justina rechaza el matrimonio humano, se consagra como virgen cristiana y vence toda tentativa de seducción. El eje del relato no es el amor romántico, sino la victoria de la fe sobre el mal, de la gracia sobre el pecado.

La devoción contemporánea que presenta a san Cipriano como santo del amor suele mezclarse, además, con prácticas esotéricas y supersticiosas ajenas al cristianismo, lo que explica la cautela, cuando no el rechazo con la que la Iglesia observa esta figura surgida más del mito que de la historia.

La supresión de san Cipriano y santa Justina de Antioquía del santoral romano no fue una decisión aislada ni reciente, sino que se dio en el contexto de la reforma litúrgica posterior al Concilio Vaticano II.

Cipriano consultó sus libros de magia y envió muchos demonios para engañar a la doncella. Foto: Especial. Foto: Especial

La leyenda de san Cipriano y santa Justina

De acuerdo con un análisis de Natalia Fernández Rodríguez, de la Universidad de Oviedo, publicada en la Revista Filológica de la UNAM , “Santa Justina y san Cipriano en la tradición hagiográfica medieval castellana”, los primeros vestigios de la leyenda de san Cipriano y santa Justina se remontan a mediados del siglo IV, cuando san Gregorio Nacianceno menciona a san Cipriano en una de sus homilías.

La leyenda, contenida en el libro Flos Sanctorum / Leyenda Áurea de Jacobo de Vorágine, relata que Cipriano desde su infancia fue entregado al estudio de las artes ocultas. Sus padres, paganos, lo confiaron a maestros de magia cuando aún era niño, entre ocho y 10 años, y muy pronto fue iniciado en ritos esotéricos, invocaciones y pactos con espíritus malignos. Recorrió distintos centros de saber pagano, de acuerdo con los relatos, donde profundizó en astrología, hechicería y necromancia, hasta convertirse en uno de los magos más famosos de su tiempo.

Convencido de su dominio sobre los demonios, Cipriano se consideraba invencible: ningún conjuro le era ajeno, ningún espíritu se le resistía.

En la misma región, en Antioquía de Pisidia, vivía Justina, hija de padres paganos, quien atraída por la predicación cristiana, abrazó la fe y consagró su virginidad a Cristo, dedicando su vida a la oración y al ayuno. Su decisión provocó tensiones familiares y sociales, pues rechazaba los matrimonios que se le proponían, afirmando que su único Esposo era Cristo.

Cipriano intentando conquistar a Justina con la ayuda del demonio, según el Acta Sanctorum. Foto: Wikipedia

El encargo: amor forzado y “amarres”

Un joven pagano llamado Aglaidas se enamoró de Justina, a quien le propuso ser su amante, al ser rechazado por ella, acudió a Cipriano para que, mediante artes mágicas, doblegara la voluntad de la joven. Cipriano aceptó el encargo y recurrió a amarres, conjuros amorosos e invocaciones demoniacas, convencido de que ninguna mujer podía resistir su poder.

Con estos “amarres” se configura uno de los núcleos que, siglos más tarde, daría pie a profundas confusiones: Cipriano, aún mago, no buscaba suscitar el amor, sino forzarlo mediante la hechicería, no para liberar la voluntad del otro, sino para someterla.

Las apariciones demoníacas y la señal de la cruz

El relato describe que los demonios enviados por Cipriano se presentaron ante Justina en diversas formas. En una ocasión, uno de ellos apareció disfrazado de guía espiritual, fingiendo palabras de consuelo y persuasión. En otra, se manifestó con la apariencia del propio Cipriano, intentando confundirla.

Justina, lejos de dialogar con ellos, trazó la señal de la cruz y elevó su oración a Cristo. Ante ese gesto, los demonios huyeron aterrados. Una y otra vez, los espíritus regresaban derrotados, incapaces de tocarla.

Furioso ante el fracaso, Cipriano recurrió a hechizos cada vez más violentos. La leyenda relata que desató plagas y calamidades sobre el pueblo de Antioquía de Pisidia, confiando en que el sufrimiento colectivo y la presión de la comunidad quebrantarían finalmente la firmeza de Justina. Pero la joven no cedió: perseveró en la oración y en la fe, y, según el relato, los males se disiparon, la ciudad fue liberada y el poder de la magia quedó nuevamente expuesto como impotente frente a Cristo.

El demonio se burla de Cipriano

Humillados, los demonios regresaron a Cipriano. Según la leyenda, uno de ellos se le apareció para burlarse de él, asegurándole que Justina sería finalmente vencida. Ese mismo espíritu fue quien volvió a presentarse ante la joven… y fue nuevamente derrotado por la señal de la cruz.

Ciprano entendió que, si había Alguien más poderoso que los demonios, a Él quería servir. Foto: Especial

La derrota reiterada desconcertó profundamente a Cipriano y por primera vez, el nombre de Cristo se mostraba más poderoso que todos sus conjuros.

Conversión, martirio y memoria

Cipriano fue arrastrado a los infiernos, donde contempló el destino de los demonios a los que había servido. Allí comprendió su engaño y, recordando el gesto de Justina, trazó la señal de la cruz, con lo cual fue liberado del dominio infernal.

Ese momento marcó el quiebre definitivo: el mago reconoció la supremacía de Cristo. Cipriano renunció públicamente a la magia, quemó sus libros y pidió el Bautismo. Con el tiempo fue ordenado sacerdote y después obispo. Justina, por su parte, fue puesta al frente de una comunidad femenina como abadesa.

Durante la persecución del emperador Diocleciano, ambos fueron arrestados por confesar su fe cristiana. Tras sufrir tormentos, fueron decapitados, según la tradición, en Nicomedia. La leyenda afirma que sus restos fueron venerados posteriormente por los cristianos y trasladados en distintos momentos, aunque las tradiciones sobre su ubicación varían.

San Cipriano pidió ser bautizado. Foto: Especial

Otras versiones de la leyenda de san Cipriano

No hay una versión única de la leyenda de Cipriano y Justina; por el contrario, pueden identificarse dos tradiciones narrativas principales.

La versión más antigua, afirma que fue el propio Cipriano quien, al ver a Justina, quedó prendado de ella y decidió emplear todos los recursos de la magia para someter su voluntad y forzar su amor.

En cambio, los relatos cristianos posteriores, de carácter más catequético, introducen con mayor claridad la figura de Aglaidas como un joven pagano obsesionado con Justina, quien, tras ser rechazado, recurre a Cipriano para que le prepare un hechizo o “amarre” amoroso. En esta tradición, Cipriano encarna al mago que confía en su dominio sobre los demonios, mientras Justina se presenta como modelo de virginidad consagrada y resistencia espiritual.

Ambas versiones coinciden en la impotencia de la magia frente a la fe cristiana, simbolizada en la señal de la cruz, y la derrota reiterada de los demonios.

¿Cuándo dejó de ser santo Cipriano?

El papa Pablo VI, mediante el motu proprio Mysterii Paschalis del 14 de febrero de 1969, ordenó una revisión profunda del Calendario Romano General, con el objetivo de devolver centralidad a los misterios de la salvación, evitar la saturación de celebraciones de santos cuya importancia no fuera verdaderamente universal y basada en criterios históricos y pastorales.

En este sentido, se determinó que solo permanecerían en el calendario universal aquellos santos con un testimonio históricamente sólido y una relevancia universal para toda la Iglesia.

En el caso concreto de san Cipriano y santa Justina, cuya memoria se celebraba tradicionalmente el 26 de septiembre, la Iglesia concluyó que no existen fuentes históricas fiables que permitan confirmar con certeza su existencia ni los detalles de su presunto martirio. Los relatos que los rodean proceden en gran medida de tradiciones hagiográficas tardías y legendarias, sin respaldo documental suficiente según los criterios históricos aplicados en la reforma litúrgica.

Esta misma valoración se reflejó posteriormente en el Martirologio Romano, cuya edición típica de 2001, promulgada durante el pontificado de san Juan Pablo II, tampoco incluye a Cipriano y Justina de Antioquía. El Martirologio, que es el catálogo oficial de los santos y beatos reconocidos litúrgicamente por la Iglesia, fue revisado a la luz de estudios históricos rigurosos, conservando únicamente aquellas figuras con base documental suficiente.



Autor

Periodista con más de 20 años de trayectoria, titulada de la Escuela de Periodismo Carlos Septién García. A lo largo de su carrera ha colaborado en reconocidos medios nacionales como Milenio, El Universal, Revista Alto Nivel, entre otros. Su trabajo se ha enfocado en temas sociales, culturales y de interés humano.