¿Quién cuida al cuidador? Retos de la Pastoral de Salud de la Iglesia Católica
Cuidar a los enfermos es una misión noble, pero ¿quién cuida al cuidador? La Pastoral de la Salud enfrenta el reto de acompañar también a familiares y agentes pastorales que pueden sufrir desgaste emocional y espiritual. Descubre por qué apoyar al cuidador es fundamental.
En un mundo que privilegia la rapidez, la eficiencia y la productividad, la enfermedad aparece como una interrupción incómoda. Detiene los ritmos, confronta las certezas y revela la fragilidad humana. En ese escenario, emerge una figura esencial y muchas veces invisible: el cuidador. Pero, ¿quién cuida al que cuida?
Esta fue una de las preguntas centrales en una reciente reflexión sobre los desafíos actuales de la pastoral de la salud, donde el doctor José León y el padre Joel Ortega, Director de la Pastoral de la Salud, junto con agentes pastorales y profesionales reunidos en el webinar “Cuando el que cuida necesita ser cuidado: retos y desafíos de la Pastoral de la Salud hoy”, coincidieron en una convicción fundamental: el cuidado no puede sostenerse si quienes lo brindan quedan abandonados a su propio desgaste.
TE RECOMENDAMOS:
Cuidemos todas las necesidades de nuestros enfermos
Recuperar la mirada integral sobre la persona
El padre Joel explicó que, desde la antropología cristiana, la persona humana no puede reducirse a su dimensión biológica:
“Este es un ser integral, compuesto de cuerpo, mente y espíritu, capaz de amar, dialogar, trascender y vivir en relación con los demás. Sin embargo, en muchos contextos sanitarios contemporáneos, el enfermo corre el riesgo de convertirse en un expediente, un diagnóstico o un número de cama”.
El sacerdote de la Arquidiócesis Primada de México indicó que este fenómeno responde, en parte, a una cultura que privilegia los resultados medibles y la eficiencia técnica, pero que corre el riesgo de perder de vista la dignidad irreductible de cada persona.
La Pastoral de la Salud, subrayó, surge precisamente como una respuesta a esta fragmentación, recordando que el enfermo no es solo un cuerpo que debe ser tratado, sino una persona que necesita ser acompañada.
Abundó que el cuidado, desde esta perspectiva, no es únicamente una intervención médica, sino un acto profundamente humano que involucra presencia, escucha, empatía y cercanía.
Te recomendamos: El Papa a los enfermos: “nunca piensen que son una carga para los demás”
La cultura de la inmediatez y sus consecuencias
El doctor José León, médico asesor de la Pastoral de la Salud, indicó que uno de los retos más significativos es el contexto cultural actual, marcado por la inmediatez, ya que vivimos en una sociedad que busca soluciones rápidas y definitivas para todo, incluida la enfermedad.
Por ello, comentó, este enfoque ha contribuido a transformar, en algunos casos, la relación entre el paciente y el profesional de la salud en una dinámica similar a la de cliente y proveedor.
“Cuando la salud se percibe como un servicio que se adquiere y no como un proceso que se acompaña, se debilita la dimensión relacional del cuidado. Esto puede generar frustración, desconfianza y una sensación de despersonalización tanto en los pacientes como en los profesionales”, explicó el doctor León.
Frente a esta realidad, subrayó que la medicina no tiene como objetivo eliminar la muerte a cualquier costo, sino cuidar la vida con dignidad hasta su término natural. El verdadero cuidado no consiste en prolongar la existencia biológica de manera indefinida, sino en asegurar que cada persona viva su proceso con acompañamiento, respeto y sentido.
TE RECOMENDAMOS:
Oración a san Roque por la salud de los enfermos
El desgaste silencioso del cuidador
Uno de los aspectos más urgentes señalados durante el webinar, fue la situación de quienes asumen el cuidado cotidiano de los enfermos, especialmente en el ámbito familiar. En muchos hogares, el cuidado recae sobre una sola persona, que debe enfrentar exigencias físicas, emocionales y espirituales sin la preparación ni el apoyo necesarios.
Esta realidad ha dado lugar a lo que se conoce como el síndrome del cuidador o burnout, un estado de agotamiento profundo que puede manifestarse en cansancio extremo, ansiedad, irritabilidad, trastornos del sueño e incluso problemas de salud física.
Además, persiste un fenómeno conocido como la “feminización del cuidado no remunerado”, definido así porque históricamente, han sido las mujeres quienes han asumido mayoritariamente esta responsabilidad, muchas veces sin reconocimiento social ni apoyo institucional.
Este desgaste se agrava cuando el cuidador interioriza la idea de que debe sacrificarse sin límites. Culturalmente, el agotamiento suele interpretarse como una señal de amor y entrega, cuando en realidad puede convertirse en un obstáculo para continuar cuidando de manera saludable.
Reconocer los propios límites no es un acto de debilidad, sino una condición necesaria para sostener el cuidado en el tiempo.
TE RECOMENDAMOS:
5 oraciones para enfermos, para sanar cuerpo y alma
Cuidar al cuidador: una responsabilidad compartida
Ante este panorama, el padre Joel Ortega propuso una respuesta articulada en tres niveles:
- En el nivel personal, se destacó la importancia del autocuidado. El cuidador necesita espacios de descanso, acompañamiento emocional y fortalecimiento espiritual. La oración, el acompañamiento pastoral y la vida sacramental pueden convertirse en fuentes de consuelo y renovación interior.
- En el nivel comunitario, la familia, la parroquia y las redes de apoyo tienen un papel fundamental. El cuidado no debe recaer sobre una sola persona, sino compartirse. La comunidad cristiana está llamada a convertirse en un espacio donde nadie enfrente el sufrimiento en soledad.
- En el nivel social, se señaló la necesidad de políticas públicas que reconozcan y apoyen el cuidado domiciliario, promoviendo la formación, el acompañamiento y la dignificación de esta labor.
La Pastoral de la Salud puede desempeñar un papel clave como puente entre estas dimensiones, ofreciendo acompañamiento espiritual, formación y redes de apoyo concretas.
TE RECOMENDAMOS:
¿Para qué sirve la Unción de Enfermos?
El valor espiritual del acompañamiento
Desde la fe cristiana, el padre Joel señaló que la enfermedad no es solo una experiencia de pérdida, sino también un espacio donde puede manifestarse el amor, la reconciliación y la esperanza. El acompañamiento espiritual permite que el enfermo no se sienta abandonado, sino sostenido por la presencia de Dios y de la comunidad.
Inspirada en la parábola del Buen Samaritano, la Pastoral de la Salud recuerda que el cuidado auténtico nace de la compasión, entendida no como lástima, sino como la capacidad de acercarse al sufrimiento del otro y permanecer junto a él.
En el acompañamiento de personas con enfermedades graves o terminales, esta dimensión adquiere una importancia particular. El cuidado espiritual puede ayudar a sanar heridas emocionales, facilitar procesos de perdón y preparar el corazón para vivir el tránsito final con paz.
Desde esta perspectiva, la muerte no es vista como un fracaso, sino como el paso hacia la plenitud de la vida en Dios.
TE RECOMENDAMOS:
La relación de confianza en el cuidado del enfermo
Construir una cultura del cuidado
El doctor León señaló que uno de los desafíos más importantes es transformar la manera en que la sociedad entiende el cuidado. Esto implica superar la lógica individualista y recuperar el valor de la solidaridad y la corresponsabilidad.
El cuidado no es una carga que debe soportar una sola persona, sino una tarea que involucra a toda la comunidad.
También exige fortalecer la relación entre pacientes, familias y profesionales de la salud, promoviendo el diálogo, la confianza y el trabajo en equipo. Cuando estas relaciones se construyen desde el respeto y la colaboración, el cuidado se convierte en una experiencia profundamente humana y transformadora.
Te recomendamos: Estas son las 4 características que debes tener para ser un “buen samaritano”
Una Iglesia que acompaña
En este contexto, el padre Joél indicó que la Pastoral de la Salud está llamada a ser un signo concreto del amor de Dios en medio del sufrimiento humano. No se trata solo de asistir al enfermo, sino de acompañar también a quienes lo cuidan.
Porque el cuidado auténtico nace del amor, pero el amor también necesita ser sostenido.
Cuando el cuidador es acompañado, fortalecido y reconocido, el cuidado se convierte en un reflejo del Evangelio.
En una Iglesia que quiere ser samaritana, el desafío es claro: asegurar que nadie quede solo, ni el enfermo ni quien permanece a su lado.
Conoce la conferencia completa en el video:






