Qué es el amor y por qué importa fortalecer los vínculos

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Qué es el amor y por qué importa fortalecer los vínculos

En un tiempo en que la palabra “amor” parece desgastada, esta reflexión nos invita a redescubrir su sentido más profundo desde la fe cristiana. A la luz de la Escritura y del magisterio reciente, es importante reconocer los vínculos como un camino exigente, pero profundamente liberador.

7 febrero, 2026
Qué es el amor y por qué importa fortalecer los vínculos
El amor cristiano no es solo emoción, sino decisión y compromiso. Una reflexión sobre qué es amar según el Evangelio y por qué fortalecer los vínculos importa hoy.

Hablar de amor parece sencillo hasta que intentamos vivirlo a fondo. La palabra se usa tanto que corre el riesgo de gastarse: se dice “amor” a una emoción pasajera, a una afinidad momentánea o incluso a una conveniencia cómoda, y en estos días seguro escucharemos esa palabra infinidad de veces por la fecha del calendario.

Cuando la Iglesia habla de amor no se refiere a un impulso fugaz, sino a una decisión profunda, exigente y, paradójicamente, liberadora.

La Sagrada Escritura nos dice que “Dios es amor” (1 Jn 4,8). No dice que Dios tenga amor, sino que es amor. Desde ahí se entiende todo lo demás. Amar no es solo sentir, es participar del modo de ser de Dios.

Por eso el amor auténtico no se agota en el entusiasmo inicial ni se sostiene únicamente en la química; se construye, se cuida y se renueva, incluso cuando cuesta.

San Pablo lo explica en el célebre himno de la primera carta a los Corintios: el amor es paciente, es servicial, no busca su propio interés, todo lo espera y todo lo soporta (cf. 1 Co 13,4-7). Amar, según el Evangelio, implica aprender a salir de uno mismo, a renunciar al egoísmo y a poner al otro en el centro.

El magisterio de la Iglesia ha insistido en esta profundidad del amor. Benedicto XVI, en Deus caritas est, recuerda que el amor cristiano no se reduce a una idea abstracta ni a un sentimiento privado, es una realidad concreta que se expresa en obras, en responsabilidad y en compromiso.

El amor verdadero, dice el Papa, madura cuando integra el deseo, la razón y la voluntad, cuando deja de ser solo “eros” para convertirse también en “ágape”, es decir, don de sí.

Francisco, por su parte, aterriza esta visión en la vida cotidiana en Amoris laetitia. Nos dice que el amor se aprende en el camino, en lo ordinario, en la paciencia diaria, en el diálogo que no huye del conflicto, en la capacidad de perdonar y volver a empezar.

Por eso vale la pena hablar hoy de fortalecer los vínculos. En una cultura marcada por la prisa, lo desechable y el “si no me hace feliz, lo dejo”, el amor profundo resulta casi contracultural. Requiere tiempo, silencio, escucha y constancia.

No hay necesidad de poner a San Antonio de cabeza para encontrar pareja o para “arreglar” la vida afectiva. Ningún santo, por muy “milagroso” que sea, hace el trabajo que corresponde al corazón humano: aprender a amar con libertad, respeto y profundidad.

Jesús no prometió relaciones sin dificultades, pero sí un amor capaz de atravesarlas. “Ámense los unos a los otros como yo los he amado” (Jn 15,12). Amar como Él amó implica entrega, servicio y, en ocasiones, cruz. Pero también implica una alegría que no se agota y, sin duda, una plenitud inmensa.



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