Notas evangélicas, 3

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COLUMNA

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Notas evangélicas, 3

¿Cómo hicieron los apóstoles –esos doce humildes hombres de pueblo para cambiar por entero la faz de la tierra? ¡Eran sólo doce!

21 enero, 2026

En el evangelio de Marcos (2, 1-12) aparece un paralítico al que Jesús primero le perdona sus pecados y sólo hasta después lo hace caminar. ¿Por qué así? Es que seguramente se trata, en este caso, de una parálisis debida a alguna pena oculta, a una enfermedad de tipo psicosomático, o incluso a un pecado que necesitaba ser perdonado. Una vez, un hombre vino a verme. Sufría unas depresiones terribles y
consumía cargamentos enteros de antidepresivos y ansiolíticos. Su psicólogo ya no sabía qué más hacer con él. ¿Qué tenía? Pues nada, que había abandonado a su esposa y a sus dos niñas para irse a vivir con otra mujer. Como era ésta una cuestión moral, su psicólogo no quería juzgar, y se limitaba a cambiarle de vez en vez el medicamento. Pero como yo no soy psicólogo, se lo dije abieramente y sin timidez: “Tu enfermedad no es la depresión, sino la culpa”. Cuando este hombre pidió perdón a Dios y regresó con su familia, las cosas mejoraron visiblemente.

Jesús lo sabía: muchas de nuestras parálisis no están en las piernas, sino en nuestro pecado, que a veces es tan grande que no podemos caminar más con él a cuestas.

Dijo Jorge Luis Borges (1899-1986) una vez en el transcurso de una entrevista:
“A mí Cristo no me es todo lo simpático que quisiera; me es más simpático Buda”. Sí, hay gente que no siente por Cristo ninguna atracción, pero es porque no lo conocen, o lo conocen mal. ¡Si supieran cuántos prejuicios vino a romper!
Él fue el primer Maestro en Israel que buscó a los últimos, que se propuso encontrar lo que estaba perdido. “¡Éste se junta con gente de mal vivir!” (Mateo 11, 19), decían de él sus enemigos. Sí, se juntaba con ellos para rescatarlos, pues también eran hijos de Abraham. La fe cristiana es la fe en la recuperación final de todas las cosas. Nada, para Jesús, está definitivamente perdido; todo puede volver a ser hallado, recuperado: incluso los muertos, esos a quienes ya dábamos por definitivamente perdidos, nos serán devueltos, gracias la resurrección gloriosa de Nuestro Señor. “En la ciudad de Dios –escribió Vladimir Soloviev (1853-1900), el filósofo ruso- no existe enemigo ni extranjero, esclavo ni proletario, criminal ni condenado. El extranjero es un ser que vive distante; y, el criminal, un hermano que pide rehabilitarse…”.

El sábado es un invento divino y fue instituido por Dios mismo para que –séame permitido hablar así- los hombres tengan un tiempo para tener tiempo. En el Antiguo Testamento, ese día todos debían dejar el arado, la pala, el martillo y el azadón para ponerse a pensar en las únicas cosas que importan en la vida. Dios sabía que si los hombres se la pasan trabajando, no se acordarán de él, de modo que dijo: “Durante seis días trabajarás y te cansarás, pero el sexto descansarás”

(Levítico 23, 3). El descanso, para Dios, es una cosa seria , por eso lo elevó a rango de mandamiento. Que a menudo se dieron exageraciones en la observancia sabática, ni quien lo niegue. Sin embargo, la intención era buena. ¡Cuántas amistades descuidadas a causa del mucho trabajo!, ¡cuántos olvidos culpables! Hoy, cuando tantos mueren de infarto a causa de su incapacidad de pararse a tomar aliento, habría que meditar seriamente acerca de lo que Dios quiso decir al hombre cuando le impuso el deber del reposo.

Cundo Dios instituyó el descanso sabático, pensó que era necesario que los hombres, por lo menos una vez a la semana, tuvieran tiempo. Tiempo para meditar su Palabra, para acordarse de Él, para conversar con los demás -¡esto no estaba prohibido y se podía hacerlo largamente!-; tiempo para leer, sentir, cantar y alegrarse. Si hoy nos sentimos todos al borde del precipicio es porque casi no tenemos tiempo. Los compromisos nos ahogan, las citas nos marean y, por si fuera poco, las horas que se nos van en los atascos de tráfico nos son contadas como si las hubiéramos vivido. Sí, es necesario tener tiempo. Por eso Dios quiso que existiera el sábado. Pero los judíos no entendieron de qué iba la cosa y se enojaban con Jesús porque realizaba milagros ese día: como si en sábado estuviera prohibido alegrarle la vida a los demás. ¡Pero si para eso, precisamente, era el sábado! Jesús vino a darle al día de reposo su verdadero sentido…

¿Cómo hicieron los apóstoles –esos doce humildes hombres de pueblo para cambiar por entero la faz de la tierra? ¡Eran sólo doce! Hoy, en cambio, dos mil millones de cristianos nos mostramos impotentes para impedir que el mundo se paganice a ese ritmo veloz en que lo hace. Nos falta el valor, el arrojo y el coraje de los primeros discípulos; nos falta, quizás, tomarnos más en serio las palabras del Señor: “El que crea y se bautice se salvará; el que se niegue a creer, será condenado” (Marcos 16, 15ss). En cambio, decimos: “Señor, lejos de ti tal cosa.

Tú eres bueno. ¿Cómo vas a dejar que nadie se condene? Cuando dijiste eso del bautismo, ¿lo decías en serio? Esa expresión tuya, ¿no es más bien un semitismo que debemos interpretar con nuestras modernas herramientas exegéticas?”, etcétera. Pero seamos sinceros: los cristianos estamos cada vez menos dispuestos a comunicar la fe, y muchas de nuestras interpretaciones bíblicas no son más que coartadas para justificar nuestra pereza evangelizadora.

“¡Se fijó en mí!, ¡se fijó en mí!”: traducido a nuestras expresiones, esto fue lo que exclamó la Virgen Santísima en presencia de su parienta Isabel (Lucas 1, 48). A la fe le son necesarias las palabras, le es necesario el canto. Allí don no hay gritos de júbilo, exclamaciones de sorpresa o himnos de júbilo, allí, por desgracia, no puede hablarse de fe. La fe es una fiesta o no es nada todavía.