Elogio del espiritu

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Elogio del espiritu

Pentecostés es la respuesta de Dios a la pregunta más profunda del ser humano: si realmente nos ama. El Espíritu Santo habita en nosotros, consuela nuestras heridas y devuelve esperanza cuando todo parece perdido.

16 marzo, 2026
Elogio del espiritu
Una escena llena de esperanza muestra a un hombre arrodillado levantando los brazos hacia el cielo.

Hace algunos años –ya quizá muchos-, el pensador alemán Karl Rahner (1904-1984), uno de los más importantes teólogos del siglo XX, compuso una oración titulada: “Dios de mi Señor Jesucristo”, en la que, sincerándose, dijo así al Señor: “Cuando pienso en tu infinitud, me quedo transido de ansiedad,
preguntándome cuál es tu actitud para conmigo… Debes adaptar tu palabra a mi pequeñez, para que pueda entrar en esa diminuta morada de mi finitud –la única morada en que puedo vivir- sin destruirla. Si hablaras tan ‘abreviada’ palabra que no lo dijera todo, sino únicamente algo simple que yo pueda entender, entonces yo podría respirar libremente de nuevo. Debes hacer humana tu palabra, porque
la palabra humana es la única que puedo comprender. No me digas todo cuanto eres; no me hables de tu infinitud: dime únicamente que me amas, háblame únicamente de tu bondad para conmigo…”.

Esta oración ha andado conmigo durante años, escrita en una tarjeta de cartulina, perdida entre las páginas de mi breviario. Una vez, en mis tiempos de seminarista, la leí y la copié. No siempre la rezo, porque soy olvidadizo, pero antenoche la vi y volví a rezarla, tratando de hacer míos los sentimientos del
ilustre jesuita.

No, yo tampoco pretendo conocer los insondables abismos del misterio de Dios; y, además, ¿cómo podría hacerlo? Dios es infinito, y lo infinito –como muy bien lo comprendió san Agustín en un paseo por la playa- no cabe en lo finito. Tampoco pretendo yo otra cosa, sino únicamente saber esto: si Dios me ama; si su actitud para conmigo es, ante todo, de bondad. Eso es lo único que me importa saber.

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Ahora bien, ¿qué es Pentecostés sino la respuesta de Dios a esta pregunta que, más o menos, aunque sea de manera desarticulada o secreta, todos nos hemos hecho alguna vez? Sí, Dios nos ama, puesto que su Espíritu mora en nosotros. Somos el templo de Dios. Un templo vivo, de carne y hueso. Ya no hay distancia entre Él y nosotros: Dios se ha vuelto, del modo más pleno posible, Emmanuel: Dios-con-nosotros; se ha vuelto Dios-en-nosotros.

Desde hace siglos –aunque antes lo hacía en latín- la Iglesia entona este himno que, el día de Pentecostés, los católicos recitamos en voz alta: Ven, Espíritu Santo, y envíanos desde el cielo tu luz para iluminarnos./ Ven ya, Padre de los pobres, luz que penetra en las almas, dador de todos los dones/. Fuente de todo consuelo, amable huésped del alma, paz en las horas de duelo…

¿Cómo es posible que, habiendo recibido tantas heridas por parte de amigos y de enemigos por igual, aún permanezca yo en pie? ¿Cómo es posible que, habiéndoseme muerto tantos seres de veras queridos todavía siga yo vivo?

No, no me engaño: esto ha sido posible gracias al Espíritu Santo que mora en mí:

Él es la fuente de todo consuelo; es Él –como dijo San Pablo- quien nos consuela en todas nuestras luchas (2 Corintios 1, 3); Él quien nos rehace interiormente cuando estábamos desesperanzados y rotos; Él quien nos dice secretamente:
“¡Adelante! La vida está en futuro, no en pasado. ¡Arriba! Eres más fuerte de lo que piensas porque Yo estoy contigo. Y si yo estoy contigo, ¿quién podrá contra ti?”. “Este Espíritu –escribió la teóloga norteamericana Elizabeth A. Johnson- justifica a los impíos, rescata a los abandonados, acompaña a los solitarios, llena de amor a los olvidados y devuelve la vida a los muertos” (La búsqueda del Dios vivo).

Pero ahí no acaba el himno, sino que sigue diciendo:
Lava nuestras inmundicias, fecunda nuestros desiertos y cura nuestras heridas. Sí, Él, el Espíritu Santo, fecunda nuestros desiertos; Él, y sólo Él revive lo que moría o estaba ya definitivamente muerto, al menos para nosotros. Hay veces en que decimos, llenos de cansancio: “¡Basta ya, Señor, quítame la vida!” (1 Reyes 19, 14). Así habló una vez Elías, el profeta, y así hablaron también muchos otros mensajeros de Dios. Desearon la muerte, pero, de pronto y sin que ni ellos mismos superan cómo, esos deseos cesaron y volvieron a amar la vida. ¿Quién operó este súbito cambio en su interior? El Santo Espíritu de Dios, porque –como decimos en el Credo-, Él es Señor y dador de vida. Los deseos de muerte no
vienen nunca de Dios; de Dios vienen únicamente los deseos de vida.

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O, en ocasiones, estamos ya cansados de amar, es decir, de dar. ¿Para qué, si nadie nos lo agradece? ¿Para qué, si no somos correspondidos? Nuestra vida se halla sumida en un estado de aridez que espanta. Por fortuna, como dice la Escritura, Dios puede tornar el desierto en fuente y el yermo en manantial (Salmo 107, 33), y a menudo lo hace, obrando secretamente, calladamente en nuestro
interior.

Doblega nuestra soberbia, calienta nuestra frialdad, endereza nuestras sendas, prosigue pidiendo el himno. Sobre esto, el mejor comentarista es san Serafín de Sarov (1759-1833), el santo ruso, quien, un día, quejándose de un falso discípulo suyo, dijo estas palabras que revelan mucho más de lo que dicen: “¡Un corazón frío! ¡Miguel Tijonov tiene el corazón frío! Por eso lo temo: porque el demonio, el padre de la mentira, es frío”.

El demonio es frío. Y a veces nosotros estamos fríos también. Pero Dios, en cambio, es fuego devorador. “Dios –dice el mismo san Serafín, pero ahora en sus Instrucciones espirituales- es un fuego ardiente que inflama los corazones y las entrañas. Si sentimos en nuestros corazones el frío que proviene del demonio –ya que el demonio es frío-, recurramos al Señor, y Él vendrá a calentarnos con un amor perfecto, y no sólo hacia Él, sino también hacia el prójimo. Y la frialdad del demonio huirá de nosotros”.
Sí, que el Espíritu Santo de Dios sea para nosotros consuelo y paz; que él cure nuestras heridas y caliente nuestra frialdad. Con esto nos basta.

Nota: Los artículos de la sección de opinión son responsabilidad única del autor y no representan necesariamente el punto de vista de Desde la fe.