Amar al prójimo en tiempos de odio
El amor al prójimo debe llamarnos a acciones concretas: oración y apoyo a organizaciones humanitarias, y un compromiso personal por la paz
Consultor en temas de seguridad, justicia, política, religión y educación.
A través de su historia, la iglesia católica y sus fieles han sido víctimas de persecuciones y violencia, esta historia de sufrimiento no es un capítulo cerrado; ha sido un ciclo que se extiende hasta nuestros días.
Hoy, en pleno siglo XXI, hermanos en la fe padecen ejecuciones y torturas en países donde la intolerancia religiosa alcanza niveles extremos. De acuerdo con la lista mundial de vigilancia 2026 de Open Doors, naciones como Corea del Norte, Somalia, Yemen, Siria, Nigeria e Irán encabezan la lista de lugares donde los cristianos, muchos de ellos católicos, enfrentan persecución extrema. En Nigeria, por ejemplo, miles de católicos han sido asesinados por grupos extremistas como Boko Haram, con iglesias incendiadas y comunidades enteras desplazadas.
En Siria, la guerra civil ha diezmado poblaciones cristianas ancestrales, mientras que en Corea del Norte, poseer una Biblia puede significar la muerte o ir a campos de concentración.
Ante esta ola de violencia, nos cuestionamos ¿cómo debemos responder como católicos? Debemos negarnos a responder con odio, ese veneno que se infiltra en la persona y en la sociedad y alimenta ciclos de venganza y es que la discriminación y los ataques no solo persisten, sino que crecen en un mundo
polarizado por ideologías extremas, redes sociales que amplifican el rencor y conflictos geopolíticos que usan la fe como arma.
En lugar de responder con hostilidad, debemos volver al mandamiento fundamental de Cristo: el amor al prójimo, porque la intolerancia religiosa erosiona la convivencia pacífica; si dispersamos odio, nos convertimos en parte del problema; pero si optamos por el amor, construimos puentes hacia la reconciliación. Desafortunadamente Organizaciones como Ayuda a la Iglesia Necesitada reportan un aumento del 8% en incidentes de persecución desde 2025, lo que subraya la urgencia de esta conversión colectiva.
Pero este llamado al amor debe manifestarse en lo local, es necesario ser solidarios con todos, prestando especial atención a los necesitados en nuestro país; y es que aunque duela reconocerlo las asociaciones religiosas en México también enfrentan desafíos como la violencia del crimen organizado, la pobreza
extrema y la migración forzada.
Es por ello que como iglesia, debemos defender y defendernos; defender la vida desde la concepción hasta la muerte natural, la libertad religiosa ante leyes que la amenazan, y defendernos mediante la unidad y la formación espiritual. No podemos permitir que divisiones internas debiliten las verdaderas enseñanzas de Jesucristo y de su iglesia.
Una reflexión profunda nos lleva a reconocer que la Iglesia no es solo la institución en realidad somos todos: el Papa, obispo, sacerdotes y laicos; por lo que debemos trabajar con mayor empatía hacia nuestros semejantes. Este amor al prójimo debe llamarnos a acciones concretas: oración y apoyo a organizaciones humanitarias, y un compromiso personal por la paz en nuestras comunidades.
Recordemos las palabras del Arzobispo Primado de México, Carlos Aguiar Retes: “Es necesario cambiar en la sociedad todo tipo de conductas de agresión, violencia, odio y muerte”.

