Opinión

Los tres fundamentos de una buena experiencia religiosa

Presentación del Jesús en el templo (Lc 2,22-32)

Transcurrido el tiempo de la purificación de María, según la Ley de Moisés, ella y José llevaron al Niño a Jerusalén para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley: Todo primogénito varón será consagrado al Señor, y también para ofrecer, como dice la Ley, un par de tórtolas o dos pichones.

Vivía en Jerusalén un hombre llamado Simeón, varón justo y temeroso de Dios, que aguardaba el consuelo de Israel; en él moraba el Espíritu Santo, el cual le había revelado que no moriría sin haber visto antes al Mesías del Señor. Movido por el Espíritu, fue al templo, y cuando José y María entraban con el Niño Jesús para cumplir con lo prescrito por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios, diciendo:

“Señor, ya puedes dejar morir en paz a tu siervo, según lo que me habías prometido, porque mis ojos han visto a tu Salvador, al que has preparado para bien de todos los pueblos; Luz que alumbra a las naciones y gloria de tu pueblo, Israel”.

Los tres fundamentos de la religión

El relato del Evangelio de san Lucas de esta fiesta nos da la ocasión para hablar de los tres fundamentos de una buena experiencia religiosa. El primer fundamento es la fe, que surge de un acto de revelación y salvación que Dios realiza en favor nuestro y a este acto se adhiere cada persona libremente.

El anciano Simeón reconoce en aquel pequeño al Mesías esperado al pronunciar estas palabras: “mis ojos han visto tu salvación, la que dispusiste a los ojos de todos los pueblos” (Lc 2,30-31). Sin duda el primer paso en el camino religioso cristiano es aceptar a Jesucristo como redentor e Hijo de Dios. El conjunto de verdades que la comunidad cristiana ha recogido a propósito de nuestra salvación se llama “dogma cristiano”.

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El segundo fundamento de la experiencia religiosa que notamos en el relato está expresado en las palabras que Simeón dirigió a la virgen María, a saber: “este Niño está puesto para que muchos caigan y se eleven en Israel, y como un signo que provocará enfrentamientos, para que queden al descubierto las intenciones de muchos…” (Lc 2,34-35)

La llegada de Jesús a este mundo es un fuerte llamado a la conversión de vida. Las costumbres que llevan a la muerte están representadas en la expresión: “puesto para que muchos caigan”. En cambio, el bien obrar está representado en la expresión “para que muchos se eleven”. Pero como también lo enseñó Nuestro Señor, la bondad o la maldad de la vida no radica solamente en los actos externos, sino nace desde las intenciones, por ello también en las palabras de Simeón encontramos la expresión: “para que queden al descubierto las intenciones de muchos”. Al conjunto de normas de comportamiento emanadas de Nuestro Señor Jesucristo le llamamos “moral cristiana”.

El tercer fundamento de la experiencia religiosa es el de los signos por medio de los cuales representamos nuestra relación con Dios. En el relato de este día vemos cómo Jesús, José y María fueron al Templo a cumplir con lo prescrito por la Ley de Moisés, con ello nos demuestran que eran respetuosos de las formas que Dios había pedido a su pueblo para relacionarse con él, a esto se le llama culto. Ahora bien, Jesús inauguró un nuevo conjunto de procedimientos simbólicos por medio de los cuales nosotros expresamos nuestra participación en la Nueva Alianza. Al conjunto de ritos con que vivimos nuestra relación con Dios le llamamos “liturgia cristiana”.

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