La unidad y alegría de todo un país
Debe resurgir la fuerza y el optimismo ciudadano para salir a las calles y compartir la unidad y alegría de todo un país porque lo construimos juntos, agradeciendo nuestra historia y confiando en nuestro futuro.
Comisionado de la Doctrina de la Fe en la Arquidiócesis Primada de México y miembro de la Comisión Teológica Internacional (CTI). Es director del Observatorio Nacional de la Conferencia del Episcopado Mexicano y fue rector de la Universidad Pontificia de México, cargo que ocupó durante tres trienios.
Hemos vivido por unas semanas la alegría que provocan los triunfos de la selección mexicana en el mundial del futbol, un fenómeno que siempre sorprende pero más cuando se expresa con tanta intensidad y, al mismo tiempo, superando cualquier barrera social, manifestándose de manera espontánea, natural el sentimiento de sabernos parte de una misma nación, de identificarnos con una bandera, de ponernos la misma camiseta porque somos un solo pueblo.
Se trata de una experiencia que nos lleva a expresar con una sola voz ¡ganamos! O bien con la misma intensidad la tristeza de decir ¡perdimos! Por supuesto que este entusiasmo se vive de distintas formas en cada uno de los países en competencia, pero cuánto hacía falta vivir en nuestra patria un motivo de alegría que sea compartido por todo un pueblo, aunque sea tan efímera y fugaz como un partido.
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Más allá de esa unidad que suscita el triunfo en el deporte, necesitamos encontrar nuevos motivos para llenarnos de satisfacción y expresar nuestro orgullo de ser mexicanos al sabernos capaces de ganar la lucha contra la desigualdad social, de poder decir que finalmente hemos erradicado de nuestro horizonte la violencia criminal provocada por el narcotráfico que es como un cáncer que acaba con los valores morales de la sociedad y con el futuro de nuestros jóvenes.
Necesitamos reunirnos para celebrar juntos como una verdadera fiesta que incluya a todos por la satisfacción de elegir a nuestros representantes políticos mediante una participación ciudadana propia de una auténtica nación democrática en la que podamos decir con convicción ¡ganamos! y no con tristeza porque no se respete la voluntad popular ¡perdimos! La democracia es así, tener la capacidad de elegir y de cambiar siempre que sea necesario.
Nos han robado la incipiente democracia mexicana. Ya no contamos con un árbitro a favor de la ciudadanía, tenemos en contra en esta contienda democrática a un gobierno corrupto y populista, expertos para la manipulación y la mentira, pero lo que no pueden quitarnos es la capacidad de creer en nosotros y la capacidad de reconstruir las instituciones que nos permitan ser un pueblo respetado al interior del país y en el concierto de las naciones.
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Nos hace falta volver a tener la confianza que se nos ha quitado. Debe resurgir la fuerza y el optimismo ciudadano para salir a las calles y compartir la unidad y alegría de todo un país porque lo construimos juntos, agradeciendo nuestra historia y confiando en nuestro futuro.
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