El renacer de la democracia en México
Urge reencontrar nuestra identidad mexicana que tanto prestigio nos ha dado en el concierto de la naciones.
Comisionado de la Doctrina de la Fe en la Arquidiócesis Primada de México y miembro de la Comisión Teológica Internacional (CTI). Es director del Observatorio Nacional de la Conferencia del Episcopado Mexicano y fue rector de la Universidad Pontificia de México, cargo que ocupó durante tres trienios.
Hace 30 años se pusieron las bases para que México dejara de ser “la dictadura perfecta” como lo dijo con mucha agudeza el escritor peruano Mario Vargas Llosa en 1990.
Efectivamente vivíamos en el tiempo del partido único, con elecciones simuladas, donde la oposición, el PAN, era simbólica; había un control muy preciso de todos los medios de comunicación, especialmente la televisión que prácticamente era solo una cadena y los periódicos controlados incluso con la venta del papel. Los intelectuales y empresarios debían alinearse a la política oficial para poder desarrollarse y sobresalir.
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Llegó el momento de la madurez ciudadana con nuevas corrientes políticas hacia los años noventa, hubo una rebelión indígena en Chiapas con el Ejército Zapatista en 1994 y finalmente una ruptura al interior del PRI que dio paso a nuevos liderazgos y al nacimiento de las instituciones ciudadanas autónomas, destacando de manera especial el Instituto Federal Electoral, el IFE hoy convertido en el INE.
El proceso comenzó con las primeras gubernaturas, el PAN en Baja California 1989, el pluralismo en el Congreso en 1997, la alternancia en el Poder Ejecutivo en el año 2000 con el panista Vicente Fox. México entraba decididamente con el siglo veintiuno a la transición democrática.
Sin embargo, en 2018 todo cambió, llegó a la presidencia de la República, por medio de una amplia votación a su favor y apoyado en las instituciones democráticas y autónomas un personaje que supo ganarse la confianza de los más sencillos y de una gran parte de los líderes más influyentes del país, pero resultó ser un mitómano autoritario, con una gran habilidad para manipular a las masas, repartir prebendas a sus colaboradores fieles y amenazar a sus opositores. Se ha distinguido por ser un gran destructor y pésimo constructor.
El resultado está a la vista, con sus delirios de grandeza para pasar a la historia y perpetuarse en el poder, corrompió a los militares, destruyó las instituciones democráticas con el apoyo de políticos sumisos y ambiciosos, se alió con el crimen organizado. Se ganó a los más sencillos con pensiones, becas y ayudas monetarias a diestra y siniestra, dejando sin presupuesto el sistema de salud, de educación y de obras públicas rentables.
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Finalmente, pasando por encima de todas las leyes dejó a su sucesora en la presidencia de la República para darle la puntilla a la democracia mexicana. Después de toda esta experiencia de pasión y muerte de la democracia mexicana, ya es tiempo de encontrar los caminos para su “resurrección”. El fracaso de populismo, el abuso de estos políticos de cuarta que han atrasado al país en todos los aspectos, necesita de una nueva generación de hombres y mujeres, de lideres dispuestos a retomar nuestra historia de libertad, respeto al pluralismo, reconciliación social y el renacer de las instituciones que nos permitan reencontrar nuestra identidad mexicana que tanto prestigio nos ha dado en el concierto de la naciones.
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