Opinión

¡Ustedes, nada de eso!

Desde hace algún tiempo, Santiago y Juan andan buscando la ocasión de llevarse aparte a Jesús para pedirle un pequeño favor. ¡No es gran cosa, no! Pero los días pasan, los meses corren y aún no han dado con el momento oportuno. ¡El Maestro está siempre rodeado de gente! Cuando no es uno el que lo busca para que lo cure, es otro para hacerle una pregunta. ¡Y qué preguntas más tontas suelen hacer los fariseos! Siempre andan queriendo ponerle trampas… ¿Es que no hay manera de estar con él un minuto a solas? Pero un día, aprovechando el rezago de los demás apóstoles a mitad del camino, Santiago y Juan se acercaron a Jesús y le dijeron, por fin: “Maestro, queremos que hagas lo que te vamos a pedir”.  Su aire es misterioso y hablan en voz baja, para no exponerse a que los demás los oigan. “Les preguntó Él: ‘¿Qué es lo que quieren?’. Contestaron: ‘Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda’”.

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Bien, ya se lo dijeron; ahora no queda sino esperar. ¿Qué va a decirles el Señor? Por lo pronto, las facciones del Maestro denotan molestia. No, al parecer, no le gustó nada aquella petición. Y es que lo más seguro es que Santiago y Juan, al hablar de la gloria, no estuvieran refiriéndose a la gloria celestial, sino a una gloria mucho más terrena. “Cuando restaures el reinado de David –parecen querer decir-, o sea, cuando seas coronado rey, queremos estar a tu lado, gobernando contigo”. De lo que no les cabía duda, en todo caso, era que algún día Jesús iba a ser rey de Israel, o algo por el estilo.


Ahora bien, que esta expectativa de un Jesús victorioso estaba en el corazón de casi todos sus discípulos, y que lo estuvo hasta el último momento, es algo que puede demostrarse fácilmente por el diálogo que Jesús resucitado entabló con aquellos dos discípulos que la mañana de Pascua se dirigían tristes a una pequeña aldea llamada Emaús. “¿Qué es lo que vienen conversando por el camino?” –les pregunta el Señor haciendo como que es otra persona y que no sabe nada de nada-. “¿Eres tú el único en Jerusalén que no sabe lo que ha pasado allí estos días?” –le responden éstos un tanto perplejos por la desinformación en que vivía el desconocido-. “-¿Qué ha pasado?”. “Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras ante Dios y ante todo el pueblo. ¿No sabes que los jefes de los sacerdotes y nuestras autoridades lo entregaron para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron? Nosotros esperábamos que él fuera el libertador de Israel. Y, sin embargo, ya hace tres días que ocurrió esto…” (Lucas 24, 13-35). Sí, lo más seguro es que los hijos de Zabedeo pensaran más en esta gloria que en la de los bienaventurados en el cielo.

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¡Dios mío, cómo nos seduce el poder! ¡Y cómo nos morimos por ser los primeros en todo! ¿Quién nos librará de esta pasión fatal? Nos gusta el poder y, como decía Cervantes, queremos mandar, aunque no sea más que a una piara de cerdos. Poder, poder, poder. El poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente. Por lo pronto, los otros diez discípulos están molestos con Santiago y su hermano, y bien molestos que están. Por eso, llamando a todos, Jesús les dice a modo de advertencia: “Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. Ustedes, nada de eso: el que quiera ser grande, que sea su servidor; y el que quiera ser primero, que sea esclavo de todos. Porque el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos”.

El poder. Pero, ¿qué es el poder? Un filósofo polaco lo definió así: “Poder es todo aquello que permite influir en el ambiente circundante –natural o humano- en la dirección deseada” (Leszek Kolakowski). Mas, ¿para qué querría yo influenciar mi ambiente circundante? ¿Qué gano con ello? En cierta ocasión, le preguntaron a un político inglés si le gustaría ser Primer Ministro. Respondió: “En realidad, todos queremos ser el Primer Ministro”. Pero se equivocaba. ¿Quién le dijo que yo, por ejemplo, querría ser Primer Ministro? ¡Yo quisiera todo, menos eso! Yo prefiero la soledad de mi cuarto a las salas de reuniones, y me gusta más hablar conmigo mismo que con diputados y senadores.

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Un amigo mío, cultísimo y lleno de extraordinarios talentos, escuchó una vez en los pasillos de la Facultad en la que enseñaba que pensaban hacerlo director de ella. Y eso, claro está, le gustó no poco. ¡Claro! ¿Quién como él para dirigir los destinos de aquella Facultad gloriosa?

-¿Quién más adecuado que yo para ser el director? -me dijo una noche, mientras nos tomábamos un café-. Lo que me sorprende, vanidad aparte, no es que me nombren director, sino que no me hayan nombrado antes. Creo que soy la mejor opción.

-Vanidad aparte –dije yo.

-¡Vanidad aparte, sí! Porque, verás, yo no pienso en mí, sino en la Facultad. Encuentro en ella muchas irregularidades. ¡Conmigo, todo va a ser diferente!

-No busques ser director –le aconsejé-. Si te hacen director, bien; y, si no, también… Sé indiferente con respecto a eso.
Pero no me hizo caso y anduvo cabildeando por ahí para lograr su objetivo. Y lo logró. Fue, en efecto, director. Pero medio año después vino y me dijo:

-¡Qué vida la mía! Toda se me va en juntas, reuniones, congresos y viajes. ¡Cómo añoro aquellos tiempos en que podía ir a las librerías y ponerme a leer en santa paz! Entonces era feliz. Lo era sin saberlo.

-¿Ya no lo eres, pues?

-No lo soy. Antes era libre; ahora soy un esclavo.

Le creí. ¡No era una pose! Y por eso no se me ha antojado a mí ser Primer Ministro ni nada que se le parezca. El gusto de vivir –y esto Jesús lo sabía muy bien- es inversamente proporcional al poder que se detenta.

El P. Juan Jesús Priego es vocero de la Arquidiócesis de San Luis Potosí.

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