Opinión

Tiempos de monstruos

Anteayer, dice Paul Virilo, fue el arte sacro; ayer, el arte profano; hoy, el arte profanado. La escultura, la pintura y casi todas las demás artes están en la actualidad llenas de monstruos, de figuras que causan espanto y hielan la sangre. El arte ya no expresa la belleza, sino el horror. «Pero, un siglo terrorífico, ¿no exige un arte igualmente paranoico?», preguntaban a la opinión pública hace no mucho los organizadores de una exposición hecha a base de cadáveres desnudos y fetos momificados.

Pero lo grotesco no es, hoy, algo que sólo tenga que ver con el arte, sino que también la vida doméstica, en algún sentido, se ha vuelto grotesca. Se me dirá que exagero, pero yo pregunto: las mascotas preferidas por los muchachos posmodernos; ¿no son ratas, lagartijas, iguanas y serpientes, animales éstos que nuestros padres no hubieran dudado un instante en aplastar con la escoba? Los que fuimos niños hace cuarenta años nos conformábamos con tener en casa un perro o un gato; pero estas mascotas, demasiado convencionales para el gusto de los muchachos de hoy, han pasado ya de moda y su lugar ha sido ocupado por pequeños monstruos que, entre más ponzoñosos sean, con más ansiedad son buscados en sótanos, desiertos, colinas y cuevas para traérselos a vivir a casa.

La industria del entretenimiento, siempre atenta a las nuevas tendencias, detectó pronto este extraño gusto por lo asqueroso del joven posmoderno y empezó a ofrecerle un menú de programas y canales dedicados expresamente a satisfacer su apetito. En MTV, por ejemplo, puede verse a cierta hora del día a un muchacho que saca la lengua y muestra a las cámaras unas argollas metálicas que causan escalofríos; a otra hora, siempre en el mismo canal, una chica come excremento de niño directamente del pañal a cambio de un billete de 50 dólares; por la misma cantidad, e incluso por una menor, un joven universitario acepta comerse un plato lleno de gusanos vivos, cual si de espaguetis se tratara. Si soporta llegar hasta el final, el espectador tendrá la oportunidad de ver cómo un joven se quita los pantalones para raspar sus nalgas con una lija que se las deja sangrando. ¿De dónde acá este gusto por lo asqueroso y lo repulsivo, por el piercing y la automutilación?

Según Julián Ríos, escritor español que publicó hace no mucho una novela titulada Monstruario, no hay nada de anormal en este gusto por lo monstruoso; antes bien, hay en ello una saludable preocupación del hombre de nuestros días por distinguirse de la masa y afirmar su individualidad. «No todo en el monstruo es malo –dijo en una entrevista de 1999-; el monstruo tiene cosas que son positivas. Entre ellas, por ejemplo, la alteridad: descubrir ese otro más extremo que es el monstruo es bueno, en cierto modo, porque nos permite comprender mejor al otro. Pero al mismo tiempo, el monstruo es un reducto de lo único, de lo individual; lo poco que nos queda es la individualidad, el ser único, diferente. Yo creo que en esta época de masificación es importante defender lo individual, lo único, lo que nos separa de los demás. Cuando vemos al monstruo, bien sea en una criatura o en una creación literaria, el monstruo nos dice, en el fondo: “Sé diferente, como yo. Imítame, yo soy tu espejo”… El monstruo viene a ser lo único, lo que permite decir: “Hay que ser lo único; ni doble, ni triple, ni clonado”».

Según Julián Ríos, pues, la única manera de diferenciarse de los demás es sacar al monstruo que llevamos dentro. Hay que distinguirnos de los otros. Pero, ¿cómo? No siendo como ellos, evidentemente, sino haciendo monstruosidades, ya que es necesario reivindicar lo profundamente original e inédito que hay en el interior de cada uno. ¿Todos consideran que el pus es asqueroso? Bien, entonces muéstralo e incluso bébelo: ¡haz lo que otros no harían, pues es necesario que te distingas de ellos!

Jamás había oído yo una imbecilidad de tal calibre; sin embargo, hay que reconocer que son muchos los que están ya pensando de este modo: no quieren ser copia de nadie, pero en vez de dedicarse a ser ellos mismos –que es lo que en realidad deberían hacer-, se ponen a transgredirlo todo en busca de la originalidad soñada.

Hélé Béji, una intelectual argelina, habló hace poco también de este gusto por lo monstruoso del hombre posmoderno, y lo hizo con estas palabras: «Las ganas de diferenciarse de los demás se ha llevado a extremos inconcebibles. Los hombres ya no quieren parecerse a los hombres. Los viejos criterios de la identidad humana ya no interesan a nadie: para llegar a distinguirnos de los demás no nos importaría llevar otro calificativo, como el de monstruo… El hombre ya no le da mucha importancia a su naturaleza: quiere ser de otra especie y hasta reivindica su derecho filosófico a ser un monstruo» [¿Hacia dónde se dirigen los valores? México, Fondo de Cultura Económica, 2006].

Pero para ser auténticos y originales no es necesario renunciar a ser hombres. Dios no nos hizo en serie; en la creación cada uno es irrepetible, y para lograr la plena realización de su ser basta con que se dedique a seguir su propia vocación, su propio camino, y entonces –sólo entonces, y sin necesidad de perforarse los miembros o de adoptar modas extravagantes- sí que será diferente a todos los demás.

Solía decía un sabio rabino: «En el otro mundo no me preguntarán por qué no he sido el padre Abraham, sino por qué no me atreví a ser yo mismo».

Pero hay algo que me parece todavía más preocupante, y es que, conforme se vayan acostumbrando a los espectáculos más grotescos y a las escenas más asquerosas, nuestros jóvenes irán perdiendo el sentido del horror, lo que significa que después ya nada los espantará. Y cuando ya nada sea capaz de indignarnos, o de espantarnos, entonces sí que habrá muchas razones para echarnos a temblar…

El P. Juan Jesús Priego es vocero de la Arquidiócesis de San Luis Potosí.

Los textos de nuestra sección de opinión son responsabilidad del autor y no necesariamente representan el punto de vista de Desde la fe.

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