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Sermón para celebrar la Navidad

“En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios. Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho. En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió… La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, Al mundo vino, y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron les dio poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Éstos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios. Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad” (Juan 1, 1-5. 9-14).

¿Habéis escuchado, hermanos míos? ¿Habéis escuchado de veras? ¡Ya lo sé! Queréis, en el fondo, que os hable este día de la estrella. Deseáis que predique sobre los pastores y las noches frías. ¡Pues bien, no! Nada os diré del buey, ni del borrico, ni del pesebre, ni de los coros angélicos, esos que cantaban con sus dulces voces: “¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los hombres que ama Él!” (Lucas 2, 14).

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Y nada os diré de ello porque hay todavía algo mucho más importante que deciros. ¿Os preguntáis qué? Una vez, en un día como éste, un colega mío se puso a discurrir ante su auditorio acerca de cómo empleó, seguramente, la Sagrada Familia el oro que había recibido de uno de los magos. ¡Eso imagináoslo vosotros! Yo, por el contrario, os hablaré de otra cosa. ¿De qué? ¡Pero si lo acabáis de escuchar! Estoy seguro que habéis pasado de largo sin deteneros en lo esencial.

“Y la Palabra se hizo carne”. Y el Verbo se hizo hombre. Esto es lo que la Iglesia os quiere recordar hoy. Él, el Unigénito del Padre, se hizo hombre; se humilló a sí mismo de manera que puso su tienda entre nosotros.

Los griegos, según dicen los estudiosos de su cultura, tenían un método infalible para reconocer a sus dioses cuando éstos, como solían hacerlo de cuando en cuando, daban un paseíllo por la tierra. ¿Queréis saber cuál era este método? Miraban con atención sus pisadas y, si no tocaban el suelo, no cabía ya dudarlo: eran hombre con forma de hombres.

Por eso, hermanos míos, Él no fue reconocido: porque sus pies no se deslizaban por los aires, sino que hollaban con fuerza la tierra dura. De hecho, una vez el tentador le pidió en el desierto que deslizara sus pies cuando le dijo: “Arrójate de aquí arriba, porque está escrito…”. Pero Jesús, valga la expresión, lo mandó al diablo y optó caminar como todos los mortales. Él mismo, hermanos, se había hecho mortal. Así pues, no hubo manera de reconocerlo…

Dios se hizo hombre. He aquí el motivo de nuestra fiesta. Para celebrar este acontecimiento inaudito nos hemos reunido en la Iglesia en este día santo.

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Sin embargo, para que nuestra fiesta sea perfecta, todavía falta algo. ¡Dios ya ha hecho lo suyo! ¿Sabéis, entonces, qué es lo que falta? Que nosotros hagamos lo nuestro, lo que nos toca. ¡También nosotros hagámonos hombres!

Diréis acaso que ya lo sois, pero esto no es verdad, o, por lo menos, no completamente. Oíd lo que un día del siglo IV, en uno de sus sermones, dijo San Juan Crisóstomo a sus oyentes en la catedral de Constantinopla:

Debéis procurar ser un hombre para que la naturaleza no resulte mentirosa al llamarte así. ¿Entendéis lo que estoy queriendo decir? Me diréis que ya sois hombres. Pero con frecuencia se es hombre sólo de nombre. Si yo veo que vivís irracionalmente, ¿cómo llamaros hombres y no bueyes? Si veo que sois rapaces, ¿cómo llamaros hombres y no lobos?”.

¿Comprendéis ahora de qué va la cosa? Pero, por si aún no habéis comprendido, citaré de nuevo al santo obispo para que no quede ya ninguna duda: “El rico –dijo en otra ocasión- será un hombre si ama al pobre; pero si es de ánimo feroz será un león; si es rapaz, será un lobo; si es taimado, será serpiente… Aprende, pues, de una vez por todas en qué está la calidad del hombre”.

¡Dios se hizo hombre!  ¡Tú también, hombre, hazte hombre! Con esto quiero decirte: “¡Humanízate, hazte humano!”.

Mientras no seáis hombre, serás serpiente, serás buey, serás asno, serás león. ¿Qué te cuesta hacerte hombre, a ti, que ya dices serlo?

¡Qué risa me dan esos filósofos llamados existencialistas que creían haber inventado el hilo negro! Éstos decían: “El hombre no nace; se hace”, y lo decían como una novedad. Pues bien, mucho antes que ellos, ya San Juan Crisóstomo había dicho lo mismo, y sin armar jaleo. “Debéis procurar ser un hombre para que la naturaleza no resulte mentirosa al llamarte así”…

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Si te haces humano, imitarás a Dios, que se hizo humano.

No queráis ser ángel, pues Dios no se hizo ángel. Hazte sencillamente hombre.

En cierta ocasión, a una mujer que ya sentía en la espalda la comezón de las alas, le dijo un día por carta San Francisco de Sales (1567-1622): “Bien querríamos carecer de defectos; pero, querida hija, es necesario aceptar con paciencia el ser sólo hombres y no ángeles”. Y más le dijo: “La dulzura, la humildad y la sencillez interior son las tres virtudes que Jesucristo busca en sus elegidos”.

¿Y qué es ser hombres sino querer ser dulces, humildes y sencillos?

¿Quieres imitar a Cristo y no sólo amarlo? Entonces ya sabes el camino: hazte hombre tú también.
Así sea.

Nuevo libro del P. Juan Jesús Priego

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