Opinión

¿Por qué cerraron las iglesias? ¿Por qué las abrieron?

Esta pregunta resuenan en nuestros fieles: ¿Por qué cerraron las iglesias? Era necesario hacerlo por el bien de nuestros fieles, ya que desconocíamos mucho -y todavía desconocemos-  sobre el virus SARS-CoV-2 y de su fuerte y rápido contagio. Todavía no sabemos cómo defendernos, nuestro organismo lo desconoce y no tenemos anticuerpos si nos contagiamos.

Muchas personas nos han interrogado -hasta cuestionarnos fuertemente nuestra fe- que por qué los dejamos sin Misas, sin Sacramentos… Dios nos ha ido haciendo entender esta medida drástica; la única respuesta para enfrentar la pandemia es lo que incesantemente oímos en los medios: quédate en casa; si no tienes que salir no salgas, evita las reuniones y lugares públicos, guarda sana distancia, usa alcohol gel… Estas son, hasta ahorita, el único medio de prevención.

Algunos con muy buena intención –a veces sólo quedó en eso- se preguntan: ¿y cómo se va a sostener la Iglesia? ¿Van a estar de flojos los padres y se van a ir de vacaciones? Se vertieron ideas y críticas: que si el Cardenal, que si los obispos, que si los sacerdotes, que si una confabulación mundial, que si las ondas 5G, que si el chupacabras…

Cerramos las iglesias como una medida sanitaria pedida por las autoridades civiles y eclesiásticas, pensando que sería algo no muy largo, porque lo que se sabía era la gravedad y, que lo mejor, para evitar los contagios, era cerrar los lugares de reunión de mucha gente; ahí están nuestras iglesias.

Pienso que no fue un ataque a la iglesia ni a la fe, sino una medida urgente ante un virus desconocido, que hemos visto muy letal, sin saber cómo curarlo y sin tener una vacuna.

Las primeras semanas se convirtieron en meses, y así se fue alargando “la cuarentena”, hasta llegar ya al sexto mes, y lo que falta… Fue y es un tiempo para formar la conciencia sobre la fragilidad humana, de esperanza, de paciencia y de caridad para con los demás, aunque obligado, insisto, fue una medida que era muy necesaria.

A los sacerdotes nos despertó, al igual que a los fieles, que la vida es pasajera, que nuestros planes son efímeros y que debemos estar atentos a los signos de los tiempos. Nos ha hecho ver que nuestra fe no debe estar encerrada en el templo, que tiene que proyectarse en los  hogares, “Iglesia doméstica”, que la caridad no se centra en dar limosnas, sino en dar y darnos al hermano, sobre todo cuando más lo necesita.

Nos hizo, a todos, voltear y ver a nuestros familiares y amigos, a añorarlos y hasta a llorarlos. Muchos experimentamos carencias y aprendimos a valorar el plato de frijoles; otros, con opulencia, experimentaron la necesidad de compartir con alguien, pues ni a restaurantes podían ir.

Muchos han perdido seres queridos, sin poderse despedir, sin su Misa… Muchos han perdido  trabajo, a otros les bajaron el sueldo, otros “toreaban” para poder sacar un peso y llevar comida a sus hogares. Muchos tenían que trabajar, jugársela, pues si no los corrían, ya que trabajaban en actividades esenciales.

Aquí, hasta ahora, el esfuerzo infatigable de doctores en el campo de batalla contra el COVID-9, las enfermeras, los de seguridad, de intendencia, todos los involucrados en el campo de la salud. Los de los medios de transporte, los de limpia; tanta y tanta gente bella entregándose al cuidado de los demás; los de abastos, alimentos, obras públicas, transporte, una enorme lista.

Sin faltar, tristemente, los sin fe, los indiferentes, los inconscientes, francotiradores que todo critican y nada les gusta, sentaditos y encerrados en sus seguridades; comodinos e inconscientes, muchas veces, por no padecer necesidad y sin solidarizarse con el prójimo. Pero ¡Bueno!, continuemos.

La Iglesia se hizo presente fuera del templo, se mantuvo en los medios de comunicación, digitales y electrónicos, en redes sociales, de diversas formas. Misas en redes, conferencias, pláticas espirituales, clases y formación en línea, alentando a las familias, generando mucha ayuda de despensas y asistencia espiritual y, lo mejor que queda escondido, al pendiente del más necesitado, “que no sepa tu mano derecha, lo que hace la izquierda”.

También se fortaleció la pertenencia a una comunidad, nos reencontramos con Dios volviéndonos a Él. Miramos al otro como persona, ya no como una cosa; pasamos de lo utilitario a lo necesario, a lo que vale y sirve para ser felices. Yo, sacerdote, la necesidad de mi comunidad de hermanos; la comunidad fiel, la necesidad de su pastor, sus Sacramentos y de poder reunirnos a celebrar en nuestra casa: la iglesia. Una lección que no debemos olvidar.

Hemos experimentado que Dios no nos ha dejado, que nuestras vidas están en sus manos, manos abrazadoras, llenas de amor misericordioso y de ternura.

Resalto, sin que digan o chismeen, mucha solidaridad, mucha caridad de manera silenciosa y eficaz entre los cristianos y hacia los que no lo son, pero son hijos de Dios; ha estado fluyendo la fraternidad hacia los prójimos y semejantes; las obras de misericordia se han incrementado enormemente ¡Gloria a Dios!

Y, ¿por qué abrimos? Las condiciones han ido mejorando y hemos aprendido cómo cuidarnos algo, pero no cantemos victoria, no bajemos la guardia, no estamos para celebrar como antes. Debemos ser muy cuidados y precavidos, para no dar marcha atrás. Sigamos los protocolos, las recomendaciones. ¡Cuidémonos y cuidemos de los demás!

Las Iglesias se cerraron y los corazones se ensancharon. Las iglesias se abrieron nuevamente y las iglesias domésticas (familias) siguen testimoniando el amor y la ayuda mutua.

*El P. Salvador Barba es el enlace para la Reconstrucción de los Templos de la Arquidiócesis Primada de México y colaborador de la Dimensión de Bienes Eclesiásticos de la misma Arquidiócesis.

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