Opinión

P. Benjamín Bravo, tu fe vivirá a través de nosotros

Muy apreciados señores Obispos, Mons. Luis Manuel Pérez Raygoza y Mons. Héctor Mario Pérez Villareal:

Quiero reconocer su solicitud pastoral y fraterna hacia el Padre Benjamín y hacia las personas cercanas a él durante el tiempo de su enfermedad y de su partida a la Casa del Padre. Como escribía usted, Mons. Héctor, en un mensaje de WhatsApp: “Benjamín ha caminado su vida buscando encontrarse con Dios, fuera de los caminos ordinarios; gracias a eso muchos lo hemos conocido”.

Muy estimado Mons. Eloy Díaz Mera, Vicario de la Segunda Zona Pastoral, gran amigo del Padre Benjamín, quien estaba adscrito a una parroquia de su vicaría territorial.


De modo especial quiero saludar a la familia del Padre Benjamín.

Muy apreciado Mtro. Eduardo Pisa, consejero del Card. Carlos Aguiar, quien, a través del equipo de Fratesa, particularmente del Diác. Mújica, ha estado al pendiente para que el Padre Benjamín recibiera todo el apoyo posible por parte de la Arquidiócesis de México, durante el tiempo de su enfermedad y su fallecimiento.

Queridos hermanas y hermanos todos:

Hace varios años tuve una charla con el Padre Benjamín, en la que comentábamos que las historias de vida de las personas y su relación con Dios y con los demás son frecuentemente un reflejo de la historia de la salvación, tal y como ha sido revelada en las Sagradas Escrituras. Nuestras historias personales de vida, nuestros encuentros, nuestras amistades, nuestras dificultades, los grandes acontecimientos de nuestra existencia son como una actualización de las historias de salvación de los personajes bíblicos. Por eso, creo que hablar de la historia del Padre Benjamín, es un modo concreto de clarificar nuestra comprensión de la Palabra que ha sido proclamada.

A Benjamín Bravo lo conocí, junto con Mons. Luis Manuel Pérez, quien preside esta Eucaristía, hace unos 24 años, cuando nos impartió una clase de pastoral en nuestros estudios de teología. Un año después, me enviaron, todavía siendo seminarista, a colaborar en la comunidad parroquial que él conducía, la Parroquia del Inmaculado Corazón de María, en la zona centro de la ciudad. He de confesar que, al principio, no quería ir, pues tenía la impresión de que el Padre Benjamín era un hombre demasiado duro. En realidad, era alguien sumamente amable y al mismo tiempo de carácter recio. Durante mi estancia en esa comunidad, el Padre Benjamín, y otras personas como Rosy, Julia y su esposo, Tere y su esposo, Angie, Blanquita, Chayo, Mons. Jaime Mancera, actualmente Vicario Episcopal en Bogotá, Colombia, entre otras personas más, transformaron mi vida y mi concepción de la Iglesia y de mi vocación sacerdotal.

En esa comunidad, aprendí muchas cosas de él. En primer lugar, conocí a su familia. En la primera lectura se nos muestra el encuentro de profunda complementariedad entre Adán y Eva. Esa complementariedad entre una mujer y un hombre es fundamento para el nacimiento de una familia.  Yo conocí a la mamá del Padre Benjamín, con quien tuve una relación muy agradable, así como a sus hermanos y varios de sus sobrinos y sobrinas. Él apreciaba mucho a su familia. Me impactó el audio que grabó Alejandra, su sobrina, para despedirse de él, con mucho amor y fe. Cito algunas palabras:

Tío Benjamín, quiero que sepas lo mucho que te amamos y debes estar tranquilo pues toda tu familia agradece que nos hayas enseñado a vivir como Jesús … dejas un enorme legado en tu familia, pues con el paso de los años entendemos lo bendecidos que fuimos al tener un sacerdote, tío y amigo, con tu sabiduría, entrega y ejemplo que continuará con nosotros y nuestros hijos… Gracias por traer a Dios a nuestro hogar y corazón … Tu fe vivirá a través de nosotros”.

Benjamín Bravo veía a la Iglesia como una familia. La Iglesia en casa, es decir, la Iglesia que se reúne en el seno de un hogar y convoca a familiares, a vecinos, a conocidos y a no conocidos era un concepto muy importante para él.

El Padre Benjamín fue todo un misionero. De pequeño ingresó al seminario de los Misioneros de Guadalupe, con quienes llegó a ser sacerdote. En alguna ocasión fue enviado a una misión en Hong Kong. Sin embargo, aunque, en general, siempre gozó de buena salud, en algunos aspectos era de constitución frágil. Él narra que no le hizo bien el clima de Hong Kong. Su médico le recomendó regresar a México. Así lo hizo y pidió su incardinación a la Arquidiócesis de México como sacerdote diocesano. Ya aquí, en la ciudad, nunca dejó de ser misionero. Su visión era la de una Iglesia en salida, no centrada en el templo. Cuando estuve en su parroquia, dedicábamos gran parte del tiempo a visitar familias por doquier y a fundar centros de reflexión bíblica, centros de religiosidad popular, grupos de catequesis, etc. En esa época había más de cien grupos de evangelización en el territorio parroquial. Años después, cuando llegó a la Parroquia de Chimalistac, replanteó su método para entrar en contacto con las personas del territorio parroquial. Siempre buscó salir al encuentro de los demás; siempre ideó estrategias para entrar en contacto con personas, para entrar a sus casas y llevarles el Evangelio.

El Padre Benjamín era un apasionado de la urbe, un pastoralista urbano en verdad. Cuando llegué por primera vez a su parroquia me dio a leer la tesis doctoral sobre pastoral urbana de Mons. Francisco Niño, quien actualmente es secretario adjunto del Celam. Constantemente organizaba grupos de discusión sobre temas de pastoral urbana con distintas personas. De hecho, esto me llevó a mí mismo a interesarme por la pastoral urbana y tomarla en cuenta, cuando cursé un doctorado de teología dogmática en Alemania. El gusto por organizar grupos de reflexión lo desarrolló Benjamín Bravo durante su estancia en Innsbruck, Austria. Él mismo fue discípulo de Karl Rahner, el gran teólogo alemán. El pensamiento de Rahner y las charlas con los estudiantes alemanes del Colegio Canisianum, marcarían definitivamente su pensamiento. Para Benjamín Bravo la tarea de la Iglesia no solamente consiste en llevar el anuncio eficaz de la salvación a la ciudad, sino también en descubrir a Dios ya presente en la ciudad y dejarse transformar por las riquezas y maravillas del mundo urbano. También Jesús, como lo escuchamos en el Evangelio, se dejó maravillar por la fe de una mujer siria de Fenicia, una mujer pagana.

Quiero ahora compartirles el testimonio de Mons. Mario Alberto Molina, arzobispo de los Altos, en Guatemala: “Lo conocí por haber participado en el taller sobre pastoral urbana en marzo del 2020, en Bogotá … El taller me abrió horizontes, me confirmó en algunas convicciones y me planteó preguntas”. Por su parte, Felicianio Tapia, de la Pastoral Hispana en Estados Unidos, dice lo siguiente: “Padre Benjamín, fuiste un maestro verdadero para mí, un mentor que me invitó al mundo de la fe en la ciudad”.

Este gran pastoralista de la Arquidiócesis de México destacó por su labor docente y académica. Impartió clases en distintos centros educativos, en el Seminario Conciliar de México, en la Universidad Pontificia de México, hace algunos años en la Universidad Católica Lumen Gentium, con los Frailes Franciscanos de la Provincia del Santo Evangelio, e igualmente impartió múltiples cursos y conferencias en varios lugares del mundo, en Asia, en Europa y en América. Fue invitado a muchas diócesis de México y de Latinoamérica a tratar distintos temas de pastoral urbana, de religiosidad popular y de eclesiología. Se hizo conocido por su expresión: “granos de oro”. El decía que hay que encontrar a las personas que son como granos de oro, o sea, líderes multiplicadores capaces de dinamizar procesos de evangelización y de transformación social. Uno de sus alumnos, de los frailes franciscanos, le agradece por enseñarle a ver “los granos de oro” en la pastoral. Y agrega: el Padre Benjamín “es el ‘grano de oro’ que Dios me envió en forma de profesor”.

Para este misionero de la urbe, el papel de los laicos en la Iglesia, y particularmente de la mujer, es sustancial. De modo semejante al Papa Francisco, él también opinaba que el clericalismo ha sido uno de los fenómenos más nefastos para la Iglesia. También el Padre Benjamín Bravo tuvo sus detractores, en distintos niveles, críticos de su modo de ser abierto, aunque indudablemente fiel a la enseñanza del Concilio Vaticano II. El Padre Benjamín conoció al Card. Jorge Bergoglio en Buenos Aires, cuando fue invitado un par de veces a impartir conferencias. Una de las más grandes alegrías del Padre Benjamín fue haberse encontrado y haber charlado con el Papa Francisco, en una de sus visitas a Roma.

Eduardo Garza, miembro de Imdosoc, donde el Padre Benjamín fue capellán, dice lo siguiente: “Benjamín … nos promovía. Creía en la aportación insustituible de las mujeres y de los laicos a la Iglesia, le ilusionaba que los obispos nos conocieran e incluyeran en sus proyectos pastorales, apostaba … por cada obra propositiva gestada en la marginalidad de la ciudad…”.

Otro tema que le apasionó al Padre Benjamín, a imitación de Jesucristo, fue el Reino de Dios. Para él, el Reino no solamente es la plenitud incomparable del encuentro con el Padre Eterno. El Reino de Dios ya presente desde ahora en la tierra, tiene que extenderse cada vez más como salvación de las esclavitudes que oprimen a los seres humanos. En el Evangelio que hemos escuchado, la mujer siria experimentó el Reino de Dios en la persona de Jesús, en la fe que ardía en su corazón y en la liberación de su hija del espíritu inmundo que la poseía.  Cuando Benjamín Bravo estuvo en su primera parroquia como vicario, aquí en la Arquidiócesis de México, quedó impactado por la pobreza de muchas familias. Desde entonces fue un auténtico luchador por la justicia. Llevó a cabo muchas acciones de promoción social. Ayudó a grupos indígenas de la sierra del Estado de Guerrero, colaboró en la construcción de una Policlínica, apoyó a varias personas buscándoles ayuda o él mismo socorriéndolas con sus propios recursos. Ahora Benjamín Bravo está sin duda en el Reino de Dios contemplando al Padre Eterno. No hay duda, porque la caridad borra las culpas. En este sentido, Mons. Alfredo José Espinoza, Arzobispo Primado de Ecuador dice: “P[adre] Benjamín, ahora estás caminando por las calles y avenidas del paraíso celestial, estás junto a Dios, a ese Dios que amaste y anunciaste con pasión por las calles de las ciudades. Gracias por tu testimonio sacerdotal y ese corazón apasionado para el Anuncio del Reino”.

Queridos hermanos y hermanas: son muchas cosas que se podrían decir sobre el Padre Benjamín y su pasión por el Evangelio. Quisiera concluir hablando de su amistad. Él fue para mí, para mi padre, Pedro, y también para mi mamá, Lupita, mientras ella vivió, así como para varios amigas y amigos comunes entrañables, un amigo de verdad. A mí me marcó la vida y mi ministerio sacerdotal. Fue uno de esos amigos que me han permitido llegar a ser lo que soy y que ha quedado indeleblemente marcado en el corazón. La Navidad pasada cenamos juntos en casa mi papá y yo con él. Recordamos muchas cosas.

Al final, creo que la muerte de Benjamín Bravo, del Padre Benja, me interpela a mí, y seguramente a otras personas, como un signo profético. Por eso me pregunto: ¿Qué me pide Dios a través del signo de su partida? ¿Cómo replicar y continuar su pasión evangelizadora en nuestras ciudades?

Mayela Tinoco, del grupo misionero Jóvenes en acción-Chimalistac, escribe: “Padre Benjamín, gracias a usted, supe el verdadero significado de servir a los demás, el ser comprometido con la labor que Dios nos encomienda y el persistir en los retos que se nos presentan, lo vamos a extrañar demasiado. Jóvenes en acción llevará su legado …”.

También Mons. Eloy, aquí presente, en un audio que preparó para que lo escuchara el Padre Benjamín, en su agonía, haciendo eco de los pensamientos de varios arzobispos, obispos, presbíteros, diáconos y laicos, decía: “Tu legado evangelizador continuará a través de nosotros, los que creímos en ti y en tus proyectos. Por favor, cuando llegues a la meta y recibas el premio de la gloria merecida por haber sido un campeón en la misión que Dios te encomendó, ruega por nosotros y por esta Iglesia por la que entregaste la vida entera. Gracias, hermano y amigo, ruega por nosotros, te amamos”. Mons. Scheinig, arzobispo de Mercedes, en Argentina, expresaba lo siguiente: “Me uno en oración eucarística… agradeciendo todo lo compartido y todo lo que me enseñó”.

El Padre Benjamín y yo compartimos el amor al Sagrado Corazón de Jesús, y también, por supuesto, el amor a la Virgen de Guadalupe. Lo encomendamos al océano inmenso de la misericordia del Sagrado Corazón.

Que el Padre Benja, descanse en paz, y que su familia aquí en la tierra goce del consuelo divino, así sea.

Ciudad de México, a 11 de febrero de 2021
Pbro. Dr. Federico Altbach

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