Opinión

Nuestros hijos

Nuestros hijos, y los hijos de nuestros hijos tienen un futuro difícil.

Los estragos que la pandemia va dejando no se reducen a los numerosos contagios ni a las dolorosas pérdidas; vivir una “nueva normalidad” que dista mucho de serlo, en la que no puede haber contacto, ni abrazos, ni convivencia con otros familiares, amigos y compañeros, va dejando secuelas emocionales que serán más o menos significativas según el temperamento propio y el acompañamiento y cuidados de la familia.


La ausencia de la vida escolar, el rezago educativo del que ya eran víctimas pero ahora es infinitamente mayor, el excesivo tiempo frente a las pantallas contrastando con el poco contacto humano, y la deserción escolar de los menos afortunados: millones de niños y jóvenes que han dejado truncados sus estudios, sus sueños y las posibilidades de forjarse un futuro más prometedor.

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Mientras tanto, para nuestras autoridades no es la educación la prioridad, y sufrimos una envestida de iniciativas de ley barnizadas con un manipulado concepto de derechos humanos, y que muchos de nuestros legisladores se apresuran a convertirlas en leyes. Me refiero entre otras a la legalización del uso recreativo de la mariguana, el matrimonio entre personas del mismo sexo, el reconocimiento de “derechos sexuales y reproductivos” que implican el aborto, el cambio de sexo, el uso de anticonceptivos en adolescentes etc.

Ante estas amenazas que son cada vez más y más cercanas y aparecen sistemáticamente en diferentes estados, avanzando dos pasos adelante y uno atrás hasta llegar a sus metas, merece un gran reconocimiento la sociedad civil organizada que ha dado la batalla y se mantiene alerta en diferentes frentes para contenerlas.

Sin embargo, no es descabellado pensar en que algunas de estas iniciativas, si no todas, se convertirán en ley y serán la realidad legal que vivan nuestros hijos, los hijos de nuestros hijos y otras generaciones. ¿Qué tan preparados están para vivir este escenario adverso en el plano educativo y en el plano social y político?

En su homilía del domingo, el Emmo. Sr Cardenal Carlos Aguiar, nos decía: “El Papa Francisco ha declarado que de esta pandemia no saldremos igual que antes, saldremos mejores o peores, y tiene mucha razón porque la experiencia humana manifiesta que de la vivencia de una situación dramática, trágica o de grave injusticia, nunca se sale igual, afecta gravemente el interior del hombre”.

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La búsqueda de soluciones nos hacen volver la mirada a la Familia cristiana el mejor refugio en los momentos de crisis, el lugar en el que se educa el corazón y se dirige la inteligencia a encontrar la verdad; donde la fe y la esperanza se hacen vida, donde el amor es el vínculo que permite sostenernos y sobrellevar con optimismo los momentos difíciles y el motor que nos empuja  a construir una mejor realidad y un mejor futuro para quienes amamos.

“Hemos de hacer buenos cristianos y honrados ciudadanos” decía San Juan Bosco, y esta tarea educativa inicia en el seno de la familia y tendrá que extenderse a las nuevas realidades escolares que se viven a partir de la pandemia, superando incluso los programas oficiales.

La acción educadora de los padres de familia si bien siempre ha sido insustituible y primordial, hoy debe redoblarse de tal manera que ninguna ley ponga en peligro la integridad de nuestros hijos porque su voluntad e inteligencia les hará despreciar su contenido perverso.

“En cuanto alguien comprende que obedecer leyes injustas es contrario a su dignidad de hombre, ninguna tiranía puede dominarle” Mahatma Gandhi.

La Sagrada Familia debe ser para nosotros los cristianos es para los cristianos el mejor ejemplo para superar la adversidad aún en tiempos de COVID.

Consuelo Mendoza García es ex presidenta de la Unión Nacional de Padres de Familia  y presidenta de Alianza Iberoamericana de la Familia.

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