Cuando el éxito vale más que la verdad
¿Qué sucede cuando conseguir una meta se vuelve más importante que la manera de alcanzarla? El caso de la UNAM abre una reflexión sobre la honestidad, la confianza y el tipo de sociedad que estamos construyendo.
Cada época enfrenta sus propias tentaciones, y la nuestra asoma con riesgos la de convertir el éxito en una medida de alto valor, sin importar el camino para llegar a él.
El reciente caso del examen de admisión a la Universidad Nacional Autónoma de México ha puesto ante nosotros, la realidad de una creciente cultura en la que el éxito comienza a valer más que la verdad.
No es la primera vez que alguien hace trampa para conseguir un beneficio; sin embargo, preocupa que buena parte de la conversación y los contenidos en redes sociales sobre este hecho no giró en torno a la gravedad del engaño, sino a la eficacia de las herramientas utilizadas o a la posibilidad de burlar los controles.
Ninguna sociedad puede sostenerse sobre la lógica de que el fin justifica los medios y que el resultado es más importante que la manera de alcanzarlo, porque entonces dónde queda la confianza, uno de los valores sociales más relevantes.
Confiamos en que un médico en cuyas manos ponemos nuestra salud obtuvo su título gracias a su preparación; en que un ingeniero construyó un puente con conocimiento y responsabilidad; en que un juez dicta sentencia con rectitud; o en que un servidor público actúa pensando en el bien común.
Si la mentira deja de avergonzarnos para lograr una meta y el engaño comienza a verse como una habilidad que incluso se presume púbicamente, esa confianza empieza a desmoronarse.
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Por lo tanto, lo ocurrido en la UNAM es un llamado a preguntarnos qué tipo de personas estamos formando, cuál es la medida que le damos a alguien para reconocerlo y qué clase de sociedad queremos construir.
En su encíclica Magnifica Humanitas, el Papa León XIV nos advierte que el mayor peligro en la actualidad no está en las máquinas, sino en la tentación de adoptar su misma lógica; y alerta sobre una cultura que comienza a valorar a las personas según criterios de eficiencia, productividad o utilidad, olvidando que cada ser humano posee una dignidad que no depende de su rendimiento.
La trampa de los jóvenes en el examen de la UNAM es un ejemplo de este fenómeno al que se refiere el Papa, una cultura que, poco a poco, corre el riesgo de sustituir la verdad por la conveniencia y la integridad por el rendimiento.
Cuando Cristo nos dice “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14, 6), nos recuerda que el modo de llegar importa tanto o más que la meta. No existe un verdadero triunfo si para alcanzarlo es necesario renunciar a la verdad, porque el camino también moldea a la persona que estamos llamados a ser.
“Cada generación recibe como herencia la tarea de dar forma a su propio tiempo: hacer madurar la historia como un lugar donde se proteja la dignidad de cada persona, se promueva la justicia y se haga posible la fraternidad”, nos dice el Papa León XIV en su encíclica (MH 1).
¿Qué estamos enseñando a nuestros hijos? ¿Que la inteligencia consiste en encontrar el atajo perfecto para alcanzar una meta o que la verdadera sabiduría consiste en elegir el bien, incluso cuando nadie nos está mirando mientras hacemos un examen?
La respuesta a esa pregunta servirá para moldear el futuro de una generación de estudiantes y orientar el tipo de sociedad que queremos ser. Aún estamos a tiempo de construir nuestra época en la historia anteponiendo a la dignidad y la verdad en el centro de todas nuestras decisiones.





