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La isla del Sol

Cuando supo Circe que Ulises y sus compañeros habían bajado al Hades, el reino de los muertos, y regresado vivos de allí, se extrañó muchísimo y se compadeció de ellos, exclamando: “¡Desdichados! ¡Habéis penetrado en el Hades y seguís viviendo! ¡Viviréis dos veces la muerte que sólo se apodera una vez de los demás mortales!”. En fin, les dijo muchas otras cosas que no escribiremos aquí por falta de espacio. ¿Cómo había sido posible semejante hazaña?

Sin embargo, el periplo aún no terminaba: la rocosa Ítaca seguía estando lejos y para llegar a ella había aún que pasar por la isla de las Sirenas y vérselas –y ojalá fuera sólo de perfil- con dos monstruos en verdad terribles cuyos nombres eran Escila y Caribdis. Ya con sólo mencionar estos nombres sintió Circe un ligero estremecimiento que los argonautas no dejaron de notar.

Después de decir esto, Circe se llevó aparte a Ulises y le dio, gratuitamente, claro está, pues estaba enamorada de él, una lista de recomendaciones que no debía olvidar por ningún motivo. Por ejemplo, era del todo imprescindible huir de las Sirenas sin escucharlas.

“Oye lo que voy a decirte –sentenció la diosa adoptando una pose de extrema gravedad-. Vais a pasar primero cerca de las Sirenas, que encantan a cuantos hombres se les acercan. ¡Loco sería quien se detenga a escuchar sus cánticos! Las Sirenas le encantarán al punto con sus frescas voces. La pradera en donde habitan tiene a su alrededor una orilla blanqueada por los huesos de los hombres cuyas carnes se pudrieron… ¡Pasa sin detenerte después de taponar con blanda cera las orejas de tus compañeros! ¡Que ni uno solo las oiga! Tú solo en la nave puedes oírlas, si quieres, pero con los pies y las manos atados. ¡Hazte amarrar al mástil para saborear el placer de oír su canción! Y ordena a tus compañeros que si les suplicas y les ordenas que te suelten, den una vuelta más a la cuerda”.

¿Había entendido Ulises las indicaciones? No había que escuchar a las Sirenas por ningún motivo. Sin embargo, no todo terminaba allí: esto era apenas el comienzo, por decirlo de algún modo, pues tan pronto como dejaran atrás la isla de las Sirenas iban a toparse, avanzando por el espumoso mar, con dos monstruos de los que ahora iba a hablarle: uno era Escila y Caribdis el otro.

Escila –explicó Circe a Ulises, que la escuchaba tragando saliva, o ya por lo menos con los ojos como platos- es una terrible aulladora. Su voz es como la de una perra recién nacida, pero es un monstruo horrible, de aspecto repulsivo, al que ni siquiera un dios se alegraría de encontrar. Sus doce patas no son más que informes muñones, pero sobre sus seis cuellos gigantescos tiene seis espantosas cabezas, y en el hocico de cada una hay tres hileras de dientes apretados, superpuestos, llenos de las sombras de la muerte. Sumida hasta medio cuerpo en el hueco de la roca, saca las cabezas del espantoso antro para pescar desde allí todo cuanto sus miradas avizoran en torno al escollo: delfines, perros de mar y, a veces, alguno de los grandes monstruos que cría por millones la gritadora Anfitrite. Ningún marino puede jactarse todavía de haber logrado pasar indemne su nave, pues hasta el fondo de los barcos de azulada proa llega cada hocico del monstruo para arrebatar tripulantes”.

Muy bien, ésta era Escila. Pero aun cuando pudieran esquivarla y salir ilesos –lo cual, a decir verdad y hablando con franqueza, era prácticamente imposible-, todavía tenían que vérselas con Caribdis, un monstruo oceánico cuya especialidad consistía en sorber las turbias aguas y luego vomitarlas, provocando mareas y remolinos que ni siquiera el marino más diestro y experimentado podría sortear con éxito.

“Tres veces al día vomita las aguas –explicó Circe-, y otras tantas, ¡oh terror!, vuelve a sorberlas. Procura no estar cerca cuando las sorbe, pues ni aun el propio Poseidón, que sacude la tierra, te podría salvar aunque quisiera”.

Una vez que Ulises tomó nota de estas advertencias severísimas llamó a sus compañeros, los argonautas, anticipándoles todo cuanto iba a sucederles, y bien metidos en su cóncava nave tomaron el camino del mar. Muy pronto, en efecto, llegaron a la isla Sirenas, pero eran tantas las precauciones que habían tomado que no hubo que lamentar allí ninguna pérdida.

“Si me oís suplicaros u ordenaros que me soltéis –había dicho Ulises a sus compañeros-, deberéis hacer un nudo más fuerte todavía”. Con Escila, sin embargo, no tuvieron tanta suerte, pues el monstruo, de un solo cabezazo, se engulló a seis argonautas. “Cuando me volví para ver la nave y a mis hombres –contará Ulises después- vi a los desdichados que arrebatados hacia la altura manoteaban y pataleaban en el aire, llamándome a gritos, pronunciando por última vez mi nombre”. Y con Caribdis las cosas no les fueron mejor, pues el monstruo, aunque todavía dejó a algunos con vida, los dejó, sin embargo, sin su nave.

Pero, se preguntará el lector: “Y todo esto, ¿a qué viene?”. A lo que sucedió después de tanto infortunio: tras aquella tempestad, Ulises y sus compañeros sobrevivientes llegaron como pudieron a la isla del Sol; allí estiraron las piernas y comieron con mucho apetito, según nos enteramos por boca del propio Ulises:

“Desembarcamos entonces en la isla y mis compañeros se apresuraron a disponer la comida. Satisfecha la necesidad de comer y de beber, dedicamos un recuerdo y unas lágrimas a los amigos devorados por Escila después de arrebatarlos de la nave. Finalmente, el llanto dio paso al más dulce de los sueños”.

¡Pero cómo! ¿Eso fue todo lo que les merecieron sus compañeros muertos: un recuerdo breve y unas cuantas lágrimas de cocodrilo? Sí, eso fue todo. Pero antes de llorar comieron. Y después de llorar se echaron a dormir. En efecto, éste es el hombre, y La Odisea no lo oculta: un ser que llora a sus muertos, sí, y que se aflige por ellos sinceramente, pero no toda la vida, porque antes debe comer y luego tiene que dormir… ¡Vaya criatura!

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