De Rerum Novarum a Magnifica Humanitas: cómo la Iglesia ha respondido a cada revolución tecnológica

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De Rerum Novarum a Magnifica Humanitas: cómo la Iglesia ha respondido a cada revolución tecnológica

León XIV compara los riesgos de la inteligencia artificial con los abusos que enfrentaron los obreros en tiempos de la Revolución Industrial.

25 mayo, 2026
De Rerum Novarum a Magnifica Humanitas: cómo la Iglesia ha respondido a cada revolución tecnológica
Magnifica Humanitas nos recuerda que la humanidad no se salva por tener más poder, más velocidad o más capacidad de cálculo. Foto: Especial
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Sacerdote de la Arquidiócesis de San Juan de Puerto Rico. Teólogo moral. Escribe sobre inteligencia artificial, neurociencias y ética aplicada (neuroética, bioética y bioalgorética), con especial atención a la protección de menores y personas vulnerables. Se formó en la Pontificia Academia Alfonsiana, la Pontificia Universidad Gregoriana y el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum (Roma), y realizó investigación en el Edmund Pellegrino Center for Clinical Bioethics de Georgetown University (Washington, D.C.). 

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En 1891, León XIII miró las fábricas de su tiempo y vio un gran problema humano: hombres agotados, familias heridas, jornadas inhumanas, salarios injustos y una economía que comenzaba a tratar al trabajador como una pieza reemplazable. Por eso escribió la encíclica Rerum Novarum. Su preocupación principal fue la protección del obrero: su dignidad, su descanso, su remuneración justa y su lugar en la sociedad. Fue una defensa del ser humano cuando el progreso amenazaba con olvidar su rostro.

Hoy la fábrica ha cambiado de forma. Ya no siempre tiene chimeneas, ruido metálico ni puertas enormes por donde entran obreros al amanecer. Muchas veces cabe en la palma de la mano. Brilla en una pantalla. Nos acompaña en la mesa, en la cama, en el salón de clases, en el trabajo, en la Iglesia y hasta en los momentos de descanso. Allí se recoge un tesoro precioso: nuestra atención, nuestros gustos, nuestros miedos, nuestras búsquedas y hasta nuestras decisiones.

Si Rerum Novarum leyó las “cosas nuevas” de la Revolución Industrial, hoy podríamos hablar de las “cosas nuevas” del mundo digital, una rerum digitalium. Esta nueva cuestión social toca los cimientos de la persona humana, su interioridad, su libertad, su modo de relacionarse con los demás, con la creación y con Dios.

En este contexto aparece Magnifica Humanitas, la primera encíclica del Papa León XIV, dedicada a la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial. Su fuerza está en desplazar la pregunta. No basta saber qué puede hacer la IA. Hay que preguntarse qué puede hacerle al ser humano. Por eso la encíclica cuestiona sobre los temas decisivos de la dignidad humana, la libertad, el trabajo, la verdad, la paz, la responsabilidad social y el cuidado de los más frágiles.

León XIII defendió al obrero ante una economía que podía triturarlo. León XIV nos invita ahora a defender a la persona ante una cultura tecnológica que puede reducirla a dato, rendimiento o perfil de comportamiento. La encíclica advierte que el progreso técnico, cuando pierde orientación ética, puede convertirse en una forma de esclavitud. Más poder no significa necesariamente más humanidad.

En tiempos de Rerum Novarum, el cuerpo del trabajador podía ser explotado por jornadas interminables. Hoy también puede ser explotada por la colonización de la mente y su espíritu, la paz social, la atención del niño, la ansiedad del adolescente, la soledad del adulto, la intimidad de la familia y la fragilidad del vulnerable.

Cuando un menor entra solo en el mundo digital, no entra en un parque neutral. Entra en un ambiente diseñado para retenerlo. Cada video recomendado, cada notificación, cada premio, cada imagen que aparece en la pantalla puede formar parte de una economía que compite por capturar su atención. Y una infancia capturada no es una infancia libre.

Por eso no basta repetir: “usen bien la tecnología”. También hay que preguntar quién diseña las plataformas, qué intereses las mueven, cómo funcionan sus algoritmos, qué datos recogen, cómo protegen a los menores y qué responsabilidad asumen cuando se produce daño. Una sociedad que deja estas preguntas solo en manos del mercado abandona a las familias.

Aquí la bioalgorética ofrece una clave necesaria: los algoritmos no afectan únicamente datos; afectan vidas, cuerpos, vínculos, conciencia, libertad y futuro. La tecnología debe ser pensada desde la dignidad humana y desde el desarrollo integral de la persona. De lo contrario, lo digital deja de ser instrumento y se convierte en ambiente de dominio.

La Iglesia no pretende escribir códigos de programación ni sustituir a científicos, legisladores o educadores. Su tarea consiste en recordar que ninguna innovación merece llamarse progreso si hiere la dignidad humana. La técnica puede ayudar, curar, educar, conectar y servir. Pero necesita discernimiento y límites. Los límites no son enemigos de la libertad; muchas veces son su condición.

Una familia que pone horarios no está atrasando a sus hijos. Los está cuidando. Una escuela que educa para pensar críticamente no está sembrando miedo. Está formando libertad interior. Una comunidad cristiana que habla de inteligencia artificial no se está distrayendo de su misión. Está leyendo los signos de los tiempos allí donde hoy se juega buena parte de la vida humana.

Magnifica Humanitas nos recuerda que la humanidad no se salva por tener más poder, más velocidad o más capacidad de cálculo. Se salva cuando aprende a custodiar lo que la hace verdaderamente humana: la conciencia, la relación, la verdad, la compasión, el trabajo digno, el cuidado de los pequeños y la apertura a Dios. La gran pregunta de nuestra época no consiste en saber hasta dónde llegará la tecnología, sino qué tipo de humanidad estamos formando con ella. Una inteligencia artificial sin conciencia moral puede multiplicar capacidades, pero también heridas. Puede acelerar procesos, pero no reemplazar la sabiduría. Puede ordenar información, pero no amar, no consolar, no perdonar, no mirar a un niño como hijo y no como consumidor.

Por eso, la nueva cuestión social no se resolverá únicamente con mejores dispositivos. Harán falta mejores criterios, mejores leyes, mejores familias, mejores comunidades y corazones más atentos. La Doctrina Social de la Iglesia ofrece aquí la brújula luminosa de la dignidad humana, el bien común, la justicia, la subsidiariedad y la solidaridad. Estos principios recuerdan que la tecnología solo es verdaderamente humana cuando sirve a la persona, protege a los débiles y fortalece la comunión.

Frente a la tentación de levantar una nueva Babel tecnológica, la fe cristiana recuerda que el centro de la historia no es una máquina poderosa que dice palabras coherentes, sino el Verbo hecho carne. La Palabra más coherente, divina y humana que revela el verdadero misterio del ser humano, su destino y su origen: creado por amor, llamado al amor y destinado a una comunión que ningún algoritmo puede fabricar.En definitiva, León XIII miró la fábrica y defendió al obrero. León XIV mira el algoritmo y nos pide custodiar lo humano. Entre la máquina y la persona, la Iglesia siempre no invitará a elegir a la persona y su dignidad. Esa es la tarea moral a la que nos exhorta Magnifica Humanitas; una de las grandes tareas sociales, espirituales y morales de nuestro tiempo.

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Sacerdote de la Arquidiócesis de San Juan de Puerto Rico. Teólogo moral. Escribe sobre inteligencia artificial, neurociencias y ética aplicada (neuroética, bioética y bioalgorética), con especial atención a la protección de menores y personas vulnerables. Se formó en la Pontificia Academia Alfonsiana, la Pontificia Universidad Gregoriana y el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum (Roma), y realizó investigación en el Edmund Pellegrino Center for Clinical Bioethics de Georgetown University (Washington, D.C.).