Opinión

La Iglesia y las epidemias de la Nueva España

Las epidemias y, por consecuencia, el hambre, la muerte y la enfermedad han sido eternos compañeros de la humanidad y jamás han sido extrañas para los hombres de otros tiempos.

En la Nueva España las epidemias fueron, si no cotidianas, sí frecuentes.  En diversos trabajos, historiadores dedicados a la demografía histórica en nuestro país[1] han analizado puntualmente los efectos provocados por éstas en los ciclos vitales; es decir, establecen la correlación entre las epidemias con respecto a los nacimientos, matrimonios o defunciones.

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Una epidemia, por ejemplo, no sólo provocaba en su momento más muertes, sino que inhibía la elección de las parejas para casarse o para concebir hijos. En tanto que analizan y documentan estas variables demográficas, los estudios de estos investigadores, basados principalmente en archivos parroquiales, son muy importantes.

De hecho, Memoria del Mundo, programa de la UNESCO que marca las directrices sobre el cuidado del patrimonio documental, ha llamado a los gobiernos de los distintos países a propósito de la presente pandemia para aplicar medidas que protejan y promuevan los acervos históricos y las investigaciones que dan cuenta de estas coyunturas históricas.

Ahora bien, durante estas epidemias ¿qué acciones o diligencias llevaba a cabo la Iglesia novohispana?  ¿por qué en aquellos momentos el papel social de los eclesiásticos era importante?

La epidemia de sarampión

Para explicar estos dos puntos narraremos lo que aconteció en la Ciudad de México en el año de 1692, durante la epidemia de sarampión.  En septiembre de dicho año esta epidemia se había extendido por casi toda la Nueva España y – aunada a una crisis por la escasez y la especulación en el precio de los granos que, a su vez, provocó un tumulto que terminó con la quema del palacio virreinal[2] – estaba causando considerables muertes en la ciudad de México.

En aquel mes el número de defunciones por esta enfermedad fue tan alto que llegó el momento en que los curas de la capital no encontraron espacios para enterrar los cadáveres de sus fieles.

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Ante ello, el Cabildo Eclesiástico Metropolitano presentó a consideración del Arzobispo y del Virrey una propuesta: abrir zanjas en los distintos curatos de la ciudad y en el propio patio principal de la catedral.

La medida anterior permitiría, por un lado, “excusar el fetor que ocasionaban” los cientos de cadáveres dentro de las iglesias y, por otro, darles una sepultura cristiana que garantizara su salvación eterna.

Porque, como se decía en los manuales de párrocos de aquellos tiempos, volver el “cuerpo a la tierra” era el preludio para “volver el alma a Dios”. El Cabildo sabía entonces que garantizar una buena sepultura significaba cumplir con el denominado “último sacramento” el cual debía de cubrir tres pasos:  la confesión del moribundo, la unción y el entierro de su cuerpo; todo ello que coadyuvaba a la salvación eterna del fiel difunto.

En la Nueva España la idea de la salvación eterna configuró la vida y las acciones cotidianas de los habitantes de este virreinato, tanto que se decía que esta “era el gran quehacer de todo cristiano”.  De allí la preocupación del Cabildo y de los párrocos de la ciudad para atender y resolver cómo sepultar a los cientos de cadáveres.

Si bien, la apertura de las zanjas se llevó a cabo, la medida no representó más que un paliativo al gran problema: en pocos días éstas ya estaban saturadas y se habían tenido que colocar los cuerpos de los fallecidos “unos sobre otros”, saliendo en un solo espacio hasta “tres o cuatro cruces largas”.  Además, para cumplir con la administración del último de los sacramentos, los curas de la capital tuvieron que celebrar entierros hasta las ocho de la noche.

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Ahora bien, aunque se sabe que aproximadamente veinte mil personas murieron en toda la Nueva España debido a esta epidemia, no sabemos con exactitud el número de muertes qué provocó en la capital del virreinato, aunque sí tenemos algunos datos que pueden ejemplificar el impacto.

Por ejemplo, en el Sagrario, que era la principal parroquia de españoles, murieron 1552 personas, es decir 533 personas más respecto al año anterior de 1691,  y  801 más con respecto al año de 1690.

Es decir, del año de 1691 a 1692 el número de fallecidos se incrementó el 52.3 %.

En la segunda parroquia de españoles de la ciudad, Santa Catalina Mártir, murieron en 1692, 370 personas, el doble del año anterior, de acuerdo con el historiador Juan Javier Pescador.

En actas capitulares el Cabildo Eclesiástico asentó que el sarampión había causado en la ciudad miles de muertes entre gente moza, criaturas y  gente mayor y  que no  había quedado  “casa libre de esa enfermedad hasta llegar el caso de que los padres y amos se ocupasen por si mismos en hacer los oficios domésticos”.

Durante la epidemia la participación de la Iglesia no se limitó a celebrar misas o plegarias o a proporcionar diligentemente el último de los sacramentos, que como hemos expuesto, era un bien espiritual muy apreciado y sentido por los fieles novohispanos, sino que además dispuso de mecanismos para aliviar necesidades materiales. En efecto, a consecuencia de la epidemia, la pobreza de muchos de los habitantes de la ciudad se incrementó.

En orden a mitigar un poco este efecto y contribuir al “alivio y socorro de los pobres necesitados” el Cabildo decidió, con acuerdo del Arzobispo, disponer de 5000 pesos para limosnas proveniente de los réditos de capitales píos que se habían acumulado por 50 años pertenecientes al ramo de fábrica espiritual que era la partida con la que se compraba todo lo necesario para la liturgia de la catedral: velas, ornamentos, vino, etc.

El cabildo dispuso que el dinero se repartiera entre las doctrinas de indios y las cuatro parroquias de españoles de la ciudad, así como entre algunos curatos pobres. Los miembros del Cabildo serían los encargados de repartirlas entre las calles y barrios para que con su ejemplo, se dijo, se “edificara al pueblo…poniendo atención en solo Dios por quien se hacía”.

Otras epidemias

Esta no fue la única vez que la ciudad de México padeció una epidemia de esta magnitud, a los pocos años sufrió una de matlazahuatl (1696), una de tabardillo combinada con viruela ( 1708)  y más tarde se presentó otro brote de sarampión ( 1727) . En cada una de estas epidemias la iglesia, a través de sus párrocos y autoridades eclesiásticas, implementaron dispositivos espirituales y materiales para mitigarlas, allanarlas o afrontarlas.

De hecho, durante la devastadora epidemia de viruelas de 1798-1799 el arzobispo Alonso Haro y Peralta decidió asumir el sostenimiento y dirección de San Andrés que se convirtió en el hospital más grande e importante de la Nueva España y del hablaremos en otra ocasión.

[1]  Elsa Malvido, Thomas Calvo, David Carbajal, América Molina, Chantal Cramaussel.

[2] Natalia Silva Prada.

 

*La autora es doctora en Historia por la Universidad Nacional Autónoma de México. Es profesora e investigadora de la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH).

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