Opinión

La primera biblioteca pública de la Ciudad de México

El 12 de diciembre de 1788 murió Luis Torres Tuñón, arcedeán del cabildo metropolitano de México. En su testamento heredó al cabildo eclesiástico unos cuadros, algunas medallas, así como veinte mil pesos y “su librería”.

Esta última incluía los numerosos libros que había heredado de su tío y de su hermano, los también eclesiásticos, Luis y Cayetano Torres. Tanto los libros como el dinero debían destinarse para construir y mantener una biblioteca que, como principal condición, tenía que ser pública.

La noticia fue recibida con agrado por los miembros del cabildo, quienes acordaron de inmediato empezar las obras para su construcción. Quince años tendrían que trascurrir para que, finalmente, la ciudad más importante de la Nueva España lograra tener una Biblioteca Pública.

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Las piezas para albergar la biblioteca quedaron construidas a un costado de la catedral y se inauguró el 25 de agosto de 1804.  La biblioteca contaba con 16 bancas y, según el reglamento, se encontraba abierta para consulta de los canónigos a partir de las 8 de la mañana y para el público “todos los días no festivos”, de 9 a 12 del día.

Era atendida por un bibliotecario, un mozo que realizaba la limpieza y eventualmente empleaba escribientes o encuadernadores. El acervo de la biblioteca catedralicia se integró, como lo hemos mencionado, con las librerías de los tres canónigos: Luis Torres y los hermanos Torres Tuñón, pero con el paso de los años se incrementó el acervo con la compra de libros y, sobre todo, con la donación de éstos por parte de eclesiásticos y particulares.

Entre las donaciones hechas a la biblioteca destacan las de eclesiásticos del propio cuerpo capitular como la del chantre Gregorio Ortiz Cortés, la del canónigo Manuel A. Rojo, la del deán Manuel Campos -que donó 260 obras ( un total de 648 volúmenes) en 1805- y la  último arzobispo español, Pedro José de Fonte Hernández y Miravete, quien en 1814 envió para “lustre de la biblioteca”, sus libros en “dos estantes con alambres y llave”, entre los que sobresalían algunos “prohibidos que sólo podían ser leídos con licencia”. 

También hubo donaciones particulares, por ejemplo, Juan Antonio Poyatos, donó la obra, “único ejemplar existente”, con el nombre de Description des Art et Metiers, conformada por 26 volúmenes. En ese mismo año, Lucas Alamán trajo de París para la biblioteca, y por encargo de Alejandro Humboldt, la obra que éste había publicado con la descripción de los géneros y especies de plantas recogidas durante sus peregrinaciones por América.

El acervo de la biblioteca se incrementó en ciertos momentos con la remisión de los “libros prohibidos” pertenecientes al extinguido Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición, que permanecieron en la biblioteca catedralicia durante dos periodos: de 1813 a 1815 y de 1820 a 1822. En 1815 fueron reincorporados al tribunal cuando este fue restablecido por Real cédula de 21 de julio de 1814 y en 1822 remitidos al secretario de Justicia y Negocios Eclesiásticos para formar, junto con los libros de las bibliotecas de las órdenes religiosas de los jesuitas, betlehemitas e hipólitos que se encontraban en las oficinas de temporalidades, la actual Biblioteca del Congreso.

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Durante los primeros años del México independiente la biblioteca siguió recibiendo donaciones: en 1836 Lucas Alamán envió los casi 122 tomos que legó a la catedral el canónigo Juan Bautista de Achederreta, y en esos mismos años fueron trasladados manuscritos y algunos “papeles curiosos sobre antigüedades mexicanas”, donados por Antonio de León y Gama y José Pichardo, presbítero de la Congregación de San Felipe Nerí.

De esta manera, entre donaciones y compras, el número de volúmenes de la biblioteca pasó de 11,498 volúmenes en 1817 a, según Marcos Arróniz,  12,295 volúmenes y 131 manuscritos, distribuidos en 88 estantes de buena construcción, en 1858.

Número significativo comparado con la “pequeña” biblioteca privada de la Universidad que sólo contaba para el mismo año con 3,410 volúmenes y sólo equiparable con la biblioteca, también privada, de San Juan de Letrán, con 12,161 volúmenes (Arróniz 1991, 298).

La biblioteca de Catedral permaneció abierta al público por más de sesenta años. En cumplimiento de la ley de 1859, fue intervenida por el gobierno en marzo de 1861.

Los libros de la biblioteca de la catedral fueron finalmente trasladados para conformar, por orden del Ministerio de Justicia e Instrucción pública del 19 de agosto de 1867, la Biblioteca Nacional.

En suma, uno de los fondos de origen de nuestra actual y magnifica Biblioteca Nacional fue la biblioteca de la Catedral de México, también conocida como Turriana.

 

*La autora es profesora e investigadora de la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH).

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