La fe también sale a la cancha

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La fe también sale a la cancha

La fe de Jules Rimet inspiró uno de los eventos deportivos más importantes del mundo. Su historia muestra cómo un laico puede transformar la sociedad desde su profesión.

14 julio, 2026
La fe también sale a la cancha
Jules Rimet soñó con un Mundial que acercara a los pueblos después de la guerra.
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Sacerdote de la Arquidiócesis de San Juan de Puerto Rico. Teólogo moral. Escribe sobre inteligencia artificial, neurociencias y ética aplicada (neuroética, bioética y bioalgorética), con especial atención a la protección de menores y personas vulnerables. Se formó en la Pontificia Academia Alfonsiana, la Pontificia Universidad Gregoriana y el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum (Roma), y realizó investigación en el Edmund Pellegrino Center for Clinical Bioethics de Georgetown University (Washington, D.C.). 

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¿Sabías que detrás de la Copa Mundial de Fútbol hubo un católico que soñó con ver a las naciones encontrarse en una cancha y no destruirse en un campo de batalla?

Su nombre fue Jules Rimet. Nació en 1873, en un pequeño pueblo de Francia, dentro de una familia católica. Fue abogado, dirigente deportivo y hombre de acción. No llevó la fe al margen de su vida pública. La llevó a su trabajo, a las instituciones y a los estadios.

A propósito del Mundial de fútbol y de la encíclica Magnifica Humanitas del Papa León, que vuelve a colocar la dignidad humana y el bien común en el centro de la vida social, su historia nos ayuda a mirar la fe con otros ojos. Rimet creció en una Europa herida por la pobreza obrera, las tensiones sociales y los cambios de la revolución industrial. Siendo joven, conoció el impulso social de Rerum novarum, la gran encíclica de León XIII. Allí encontró una llamada clara: el cristiano no debe huir de las heridas de su tiempo.

Debe entrar en ellas con conciencia, justicia y caridad organizada. Rimet entendió que el Evangelio también transforma instituciones. En 1897 fundó el Red Star Club Français, un club abierto a jóvenes de distintas clases sociales. Aquella decisión ya decía algo. El deporte no debía ser privilegio de unos pocos. También podía ser espacio de encuentro, disciplina y fraternidad. Años después sirvió como oficial en la Primera Guerra Mundial y fue condecorado con la Cruz de Guerra. Vio de cerca el horror de las trincheras. Vio a Europa sangrar.

Vio lo que ocurre cuando los pueblos dejan de reconocerse como hermanos. De esa herida nació la intuición de que las naciones debían encontrarse en el campo de fútbol y no para matarse en el campo de batalla.

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En 1921 llegó a la presidencia de la FIFA. Ocupó ese cargo durante 33 años. En 1930 impulsó la primera Copa Mundial en Uruguay. Su sueño no era levantar un espectáculo vacío. Quería acercar pueblos, abrir caminos de fraternidad y mostrar que el deporte también sirve al bien común, la paz y la fraternidad humana.

El fútbol no borra las heridas de la historia. Tampoco convierte automáticamente a nadie en mejor persona. Pero crea un espacio donde ricos y pobres, obreros y estudiantes, pueblos lejanos y culturas distintas comparten una misma pasión. En la cancha nadie entra con todos sus títulos. Entra con su cuerpo, su talento, su disciplina, su deseo de jugar y dejar en alto a su nación.

Ahí aparece una enseñanza cristiana de enorme actualidad. El laico evangeliza desde dentro de la vida ordinaria. El Concilio Vaticano II nos lo recuerda en Apostolicam Actuositatem: el apostolado del laico se realiza en el trabajo, la profesión, el estudio, la vivienda, el descanso y la convivencia. Hay personas que nunca escucharán el Evangelio desde un púlpito, pero sí lo encontrarán en la honradez de un compañero, en la justicia de un jefe, en la bondad de un vecino, en la palabra limpia de un comunicador o en la responsabilidad de un político.

Hoy necesitamos recuperar esa presencia:

Los medios digitales y las redes sociales muestran muchas veces lo peor de la sociedad: insulto, mentira, burla, pornografía, linchamiento moral y destrucción de reputaciones. Pero esos mismos espacios también sirven para mostrar el bien que se hace, defender la dignidad humana, consolar al que sufre y dar testimonio público de la fe.

Stephen Colbert, por ejemplo, con todos los matices que exige una figura pública, mostró durante años que la fe también tiene lugar en la televisión. Habló de Dios, del dolor, de la oración, de la esperanza y de su catolicismo ante millones de personas. No convirtió su programa en una catequesis. Hizo algo distinto. Dejó ver que un creyente también piensa, ríe, sufre, duda, trabaja y habla desde una conciencia formada.

Esto no significa buscar modelos perfectos. En la vida civil encontraremos creyentes reales, con límites, heridas y lenguajes incompletos. Pero una chispa de fe en medio de la cultura pública ya anuncia algo. Nadie está demasiado lejos del amor de Dios cuando conserva una abertura sincera al bien, a la verdad y a la misericordia.

El Papa Francisco habló de la santidad de la puerta de al lado. Esa santidad no siempre aparece con aureola. A veces viste uniforme de obrero, bata de médico, casco de construcción, traje de abogado, micrófono de periodista, cámara de televisión o camiseta de fútbol.

El cristiano no necesita controlar todos los espacios. Necesita habitarlos con verdad, ternura y humildad. No necesita convertir cada conversación en sermón. Necesita vivir de tal manera que su presencia despierte una pregunta sobre Dios.

Jules Rimet nos recuerda que la fe encarnada crea obras. No basta sentir compasión. Hay que organizar el bien. No basta condenar la oscuridad. Hay que encender espacios de encuentro. No basta decir que Cristo reina. Hay que dejar que su Reino toque nuestras decisiones, profesiones, instituciones y culturas.

La fe también sale a la cancha. Y cuando sale con humildad, trabajo y coherencia, la vida social empieza a respirar distinto.

Desde la Fe reflexionamos:

  1. Tu profesión también es lugar de misión. La fe se nota en cómo decides, tratas, sirves y respondes ante la injusticia.
  2. Los medios no son enemigos por naturaleza. Se vuelven dañinos cuando los entregamos a la mentira, al odio y al lucro sin conciencia.
  3. La santidad ordinaria transforma estructuras. Un laico coherente en su trabajo abre caminos que otros nunca abrirán desde una sacristía.
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Sacerdote de la Arquidiócesis de San Juan de Puerto Rico. Teólogo moral. Escribe sobre inteligencia artificial, neurociencias y ética aplicada (neuroética, bioética y bioalgorética), con especial atención a la protección de menores y personas vulnerables. Se formó en la Pontificia Academia Alfonsiana, la Pontificia Universidad Gregoriana y el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum (Roma), y realizó investigación en el Edmund Pellegrino Center for Clinical Bioethics de Georgetown University (Washington, D.C.).