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La fatiga y el desánimo

Desde hace mucho tiempo, señor, he dejado de leer libros de psicología y ya sólo leo libros de mística y de religión. ¡Qué quiere usted: los gustos cambian! Y, sin embargo, aquí no se trata únicamente de gustos, sino de algo más hondo todavía. Cuando uno lee, por ejemplo, la vida de los santos, descubre que sólo ellos conocieron las profundidades del alma humana y que, por tanto, sólo ellos pueden decirnos cosas verdaderas y serias acerca de nosotros mismos.

Una vez, y de esto ya hace algún tiempo, me sentía yo presa de un enorme cansancio. Más que caminar, arrastraba los pies y no quería saber nada de nadie. Yo, que había elegido una vida de servicio a los demás, había llegado a aborrecer a aquellos mismos que quería servir y que no dejaban de buscarme personalmente o por teléfono. El timbre de mi celular había llegado a convertirse para mí en un suplicio -¿debo decirle que ya sentir su vibración me ponía literalmente los pelos de punta?-, y una vez que sonó cuatro veces seguidas en el curso de cinco o seis minutos sencillamente lo arrojé contra la pared? El teléfono se hizo pedazos, y mi alma también. ¡Pobre aparato! Era un bello celular que, por lo demás, no tenía la culpa de nada. Al punto sentí remordimientos, pero, como podrá usted imaginarse, era ya demasiado tarde. Para que se dé usted cuenta de la gravedad de las cosas, piense que en cierta ocasión dejé olvidado en mi auto el teléfono y que, al volver, dos horas más tarde, me encontré con veintidós llamadas perdidas. ¡Veintidós llamadas, señor! Pero lo peor no era eso: era que todas esas llamadas, o casi todas, tendían a un único fin: pedirme algo.

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Estaba cansado, esa es la verdad. Cansado de ir de un lado a otro, de correr de noche y de día, de dormir poco y no comer más que en puestos de comida rápida. ¿A esto se le podía llamar vida? Y me decía a mí mismo:

-Tienes que sosegarte, Juan Jesús, y vivir con mayor tranquilidad; sobre todo, es preciso que descanses y comas a tus horas, con regularidad, como cualquier hijo de vecino.

Pero se trataba de piadosos consejos que, evidentemente, no seguía. ¿Cómo dormir bien si la noche es el único momento en que puedo escribir? ¿Cómo comer a mis horas si no hay nadie que me prepare una sopa caliente? ¿Cómo tomarme unas vacaciones si mi agenda está siempre repleta de citas y compromisos?

Pues bien, señor, fue en este contexto de abatimiento sin esperanza –sin esperanza, sí, pues me parecía que era imposible remediarlo o ya por lo menos soportarlo- cuando cayó en mis manos la vida de San Serafín de Sarov (1759-1833) -bellamente escrita por Irina Goraïnoff-, y donde leí la confesión que una vez el famoso santo ruso hizo a una religiosa de la que ni siquiera sabemos el nombre:

“¡Qué alegre era yo entonces! La alegría no es pecado, madrecita, sino todo lo contrario. Expulsa la fatiga y de la fatiga nace el desánimo, que es lo peor que existe. Cuando entré en el monasterio, cantaba en el coro. A veces los hermanos estaban cansados y sus cantos se resentían por la fatiga; algunos ni siquiera cantaban ya. ¡Y yo, mi gozo, me sentía siempre tan alegre!… Cuando se congregaban, les decía alguna broma y se olvidaban de su cansancio. En la casa de Dios no conviene hablar ni hacer nada malo; pero una palabra amable, divertida, animosa, ¡eso no es pecado, madrecita! Eso ayuda al espíritu humano a mantener la alegría ante el rostro de Dios!”.

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He aquí, pues, el diagnóstico de un hombre que nació hace ya más de dos siglos y que recibió del cielo el don de la cardiognosis, es decir, el poder de leer en el corazón humano como en un libro abierto: de la fatiga nace el desánimo, y fatigados no podemos ser los hombres más que egoístas, groseros y canallas.

Es necesario, para bien de nuestra alma, vencer el desánimo. Sí, pero ¿cómo? El santo no habló con aquella buena religiosa de vacaciones, por supuesto, ni tampoco de comer a sus horas -¿cómo iba a hacerlo, si él mismo se pasaba la vida entre ayunos y rigores?-, aunque ambas cosas sean en sí mismas saludables y buenas; pero habló, en cambio, de la alegría. ¡La alegría, señor, expulsa la fatiga!

Cuide, pues de estar siempre alegre. Dígase a sí mismo una y otra vez lo que se decía a sí mismo San Serafín: que estar alegre no es una tontería,  y mucho menos un pecado. Y, cuando pueda, diga a los demás palabras amables, divertidas, animosas, sobre todo cuando vea que el cansancio los ha vencido, poniéndolos de mal humor. Y sonría; sobre todo, sonría siempre. Una sonrisa salida del corazón lo pondrá a usted tan alegre cual si se hubiese pasado dos semanas en la playa tumbado al sol. Así es, señor, y no crea usted que exagero. Los que regresan de vacaciones suelen volver más cansados a su casa de cómo estaban cuando salieron de ella: parece que necesitaran unas vacaciones para descansar de las fatigas de las vacaciones. Pero el que sonríe, ése está en asueto permanente, pues la vida ya no lo oprime.

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Y, para terminar, aunque parezca que no venga a cuento, permítame citarle uno de los consejos del santo; se trata de una recomendación para conservar la paz: “Tenemos que aplicarnos con todas nuestras fuerzas a salvaguardar la paz del alma, sin indignarnos cuando los demás nos ofendan. Hay que abstenerse de toda cólera… Un ejemplo de moderación es el que nos dio Gregorio el Taumaturgo. Cuando en una plaza pública se le acercó una mujer de mala vida que le exigía el precio del adulterio que, según decía, había cometido con ella, en vez de enfadarse le dijo tranquilamente a un amigo que le acompañaba: ‘Dale lo que pide’… Si no podemos menos de indignarnos, al menos hay que contener la lengua. En fin, para salvaguardar la paz, hay que expulsar la melancolía e intentar tener un espíritu alegre”.

¿Ve usted, señor, por qué ya no leo más que a los santos? Sólo ellos, se lo aseguro, tienen cosas realmente importantes que decirnos respecto a nosotros mismos.

El P. Juan Jesús Priego es vocero de la Arquidiócesis de San Luis Potosí.

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