Letras minúsculas

El amor de la Magdalena

Nuestra época ha desconfiado de la ternura, y tal vez sea éste su mayor pecado. Ternura: capacidad de dar amor y de recibirlo; ternura: amar a un ser sin tener que pedirle el cuerpo o entregarle el propio: un amor que no exige caricias ni juegos de manos.

Es verdad que el hombre no es un ángel, pero tampoco es una bestia: es un ser intermedio entre la bestia y el ángel, y si bien querría tener cerca el cuerpo del que ama, también es capaz de renunciar a él y amar desde la distancia.

Nuestra época ha descubierto lo que tenemos en común con las bestias, pero aún no ha sabido ver lo que nos asemeja a los ángeles.


-Padre, ¿es verdad que Jesús y la Magdalena…?

-Sí –dije yo-. Es verdad. Pero acaso no seas lo que tú piensas. Si crees que hubo amor entre ellos, has acertado; pero si crees que hubo sexo, te equivocas. Hay un amor…

-¡Pero todo amor es por fuerza sexual!

-No todo amor. La amistad, por ejemplo, es un amor, pero no es un amor sexual. Si lo fuera, en ese mismo instante dejaría de ser amistad y se convertiría en otra cosa. Mira lo que dice el Catecismo de la Iglesia Católica: “Cristo trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre” (n. 470).

-¿Lo ve usted? Amó con corazón de hombre…

-¿Y eso qué significa para ti? Escucha: te lo plantearé de otra manera. ¿Tú tienes amigos y amigos?

-Sí.

-¿Y los quieres?

-Mucho.

-¿Y eso significa que te hayas acostado con ellos?

-Me ofende usted, padre.

-¿Por qué, entonces, ofendes tú a la Magdalena? Y, sobre todo, ¿por qué ofendes a Jesús? Escucha lo que escribió en uno de sus libros el médico vienés Viktor E. Frankl: “El ser que siente verdadero amor se halla tan poseído por la esencia del ser amado, que su realidad pasa, en cierto modo, a segundo plano”.

-Pero…

-Espera un poco, por favor, y sigue escuchando: “Esto no significa, en modo alguno, que el amor no quiera encarnar. Quiere decir, únicamente, que es independiente de toda corporalidad, por cuanto no se halla sujeto a ella. Hasta en el amor entre los sexos no es lo corporal, lo sexual, un factor primario ni un fin en sí, sino simplemente un medio de expresión. El amor puede existir, sustancialmente, aun sin necesidad de eso. Donde sea posible lo querrá y lo buscará; pero cuando se imponga la renuncia, el amor no se enfriará ni se extinguirá… No cabe duda de que todo ser físicamente maduro que ame a otro se sentirá acuciado, en general, por la necesidad de unirse físicamente con él. Sin embargo, para quien de veras ame, la relación física, sexual, no es sino un medio de expresión de lo que constituye el verdadero amor, es decir, de la relación espiritual” (Psicoanálisis y existencialismo).

-Es bello, sí.

-Y ahora te leeré algo más bello aún: “Entre todos, esta prostituta, la Magdalena, fue seguramente la que más se asombró, la que más se trastornó cuando Jesús, el joven Rabbí, la llamó por su nombre de pila, su nombre de niña: María. Efectivamente, todos la llamaban como sabéis o adivináis, desde que cumplía su pobre oficio. En todas partes se las llama así, por toda la tierra, desde hace siglos. Mas he aquí que este hombre, Jesús de Nazaret, de quien muchos decían tantas cosas buenas, y muchos tantas malas, la llamaba por su nombre de pila, María, como cuando no sabía aún que la vida es mala y jugaba graciosamente en esas calles que hoy se habían vuelto su terreno de caza y su desgraciada felicidad. Os lo aseguro, aquel día fue un trastorno, una especie de maremoto. Alguien, un hombre, y qué hombre, Dios-hombre, la llamaba con infinito respeto y amor por su nombre de pila… En ese mismo momento, recobró su corazón de niña, su inocencia, su ingenuidad, su fe en el hombre, su fe en Dios. Era como si las murallas de Jericó se derrumbaran al son de trompetas, como si las puertas de las cárceles se abrieran por encanto. Aquel día, María volvía a nacer porque alguien, Dios con nosotros, el Emmanuel, la llamaba por su nombre.

“A Dios le gusta llamar a las personas por su nombre de pila. Para él y por siempre, somos todos niños y niñas, quienesquiera que seamos. Sí, a Dios le gusta esto, desde siempre, desde el Paraíso, cuando su primer hijo de la tierra se le escapó, y anduvo tras él en el jardín gritando: ‘Adán, Adán, ¿dónde estás?’. Sí, a Dios le agrada llamarnos así, por nuestro verdadero nombre. Hay una multitud de gente a quien nadie llama por su nombre de pila, con respeto, con amor, sino que son conocidos por su profesión o por el nombre de su familia, inscrito en el registro del estado civil y en los sobres… Sólo Dios puede permitirse llamar a Pablo VI Juan Bautista, y a la prostituta del barrio, María… ¡Pero con qué respeto, con qué ternura! Sí, sólo Dios, y también, por qué no, aquellos que han tratado con Dios desde hace mucho y se han transformado en él, a los que nada extraña, ni escandaliza, ni detiene: los santos. Ellos también divisan la aurora y, al llamarla, hacen que se levante el sol en el horizonte. La mañana de Pascua, María Magdalena fue llamada una vez más por su nombre de pila: ‘María’. El que ella había tomado por el jardinero, era Dios que otra vez la llamaba (Louis-Albert Lassus, La fiesta de la plegaria).

Y allí acabó nuestra discusión. Creo que mi interlocutora quedó convencida de lo que quería probarle. Eso creo. O, por lo menos, eso espero.

Nuevo libro del P. Juan Jesús Priego

Nuevo libro del P. Juan Jesús Priego