Opinión

¿Dios perdona todos mis pecados en la confesión?

Últimamente, por la pandemia y el temor de morir, me han preguntado ¿Dios me puede perdonar? ¡Es que soy muy pecador! Anteriormente y de diversas maneras me han hecho la misma pregunta: ¿se pueden salvar los asesinos, los violadores, los abortistas, los ladrones, los corruptos, etc?

La respuesta es “SÍ”, todos se pueden salvar si se arrepienten y se convierten de corazón a Dios, si corrigen y enmiendan su vida, si reparan el daño cometido.


Dice con claridad y fuerza la Escritura: Dios quiere la salvación de todos y que nadie se pierda. Lo hemos oído y repetido muchas veces, tal vez se ha quedado en el inconsciente la invitación de Jesús a una autentica conversión, “yo he venido por los pecadores, para que se salven y no pierdan su vida”.

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Hay muchos pasajes en el Evangelio, por mencionar uno, Zaqueo (Lc 19 1-10). Zaqueo era un publicano, no solo publicano, sino jefe de publicanos. Para la mentalidad judía de la época se podría traducir como un pecador y público, como un traidor a su pueblo y como un abusivo e injusto en el cobro de impuestos a todos, de manera especial y grave a los pobres; tenía todo para ser juzgado y condenado en vida, para ser enviado directamente al infierno.

Cuando por curiosidad quiere ver a Jesús pasar, se sube a un árbol “pues era de baja estatura y el gentío  no lo dejaba verlo”. Jesús levantó la vista y se autoinvita a la casa del publicano. “Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que hospedarme en tu casa”, le dice,“y lo recibió muy contento”.

Esta acción de Jesús genera murmuraciones, ¿cómo siendo bueno y cumplidor de la Ley va a entrar en la casa de un pecador público?, no sólo entrar sino convivir y comer con él y con más pecadores. La Ley dictaba que ni hablará y menos conviviera con esa gente, tenía que Jesús, conforme a la tradición, condenar y alejarse de esa gente pecadora y de forma pública.

Zaqueo al sentirse acogido y no excluido, al no sentirse juzgado sino amado, al sentir la mirada de Jesús, mirada de amor, deja que Jesús entre en su casa y corazón, se siente tocado por el amor y brota porque ama, no por obligación, el deseo de cambiar su vida, con acciones concretas; se reconoce que ha hecho cosas malas y quiere resarcirlas.

Jesús no obliga, nos invita a cambiar y darnos a los demás, al tocar el corazón del que quiere ser tocado. Zaqueo cambia: “Señor, la mitad de mis bienes se la doy a los pobres, y si engañe a alguno, le devolveré cuatro veces más”. Por eso Jesús le dijo “Hoy ha llegado la salvación a esta casa, pues también éste es hijo de Abraham. Pues el Hijo del hombre ha venido a buscar lo que estaba perdido”.

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Dios perdona y quiere perdonar a todos los hombres, nos ofrece la salvación para salir del pecado y alcanzar la gracia de la Salvación. Cristo derramó su sangre en la cruz para el perdón de los pecados.

La Iglesia, somos y nos reconocemos, es de pecadores; necesitamos que el Hijo del hombre nos redima y nos restituya nuestra condición de hijos, porque nos ama, nosotros no podemos pagar por nuestros pecados. Jesús, el Hijo del Padre, nos ha comprado con su sangre y nos renueva en el amor; no por nuestros méritos, sino por su gracia”.

En otros pasajes nos advierte “ya has sido perdonado y sanado, ya no peques más –corrección-” “Ya has recuperado la vida, no vuelvas a perderla”. A la mujer adúltera “¿Quién te acusa?  Yo no, vete y no vuelvas a pecar.

La forma correcta de realizar la Confesión

Dios perdona sin límites a un corazón contrito y arrepentido, no a la fuerza; perdona al que se corrige y enmienda. El Sacramento de la Confesión es encuentro de amor, no un bote de basura.

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La Iglesia, ya desde el catecismo de niños, nos dice que para una buena confesión se necesita el examen de conciencia, dolor de los pecados, arrepentimiento sincero, propósito de enmienda, una sincera confesión y que se traduzca para adelante en buenas acciones.

En esto se encuentra implícito el resarcir los daños.

Retomo la respuesta inicial a la pregunta de ¿A quiénes perdona Dios?, simplifico: Dios perdona al que se deja amar y por lo mismo perdonar, al que se corrige y se convierte, al que cambia de vida y repara los daños cometidos.

Coloquialmente: Dios perdona al que se deja perdonar, ¡porque ama y se deja amar!

 

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