Opinión

Cuando regresemos a los templos, ¿seremos diferentes?

A pesar de saber lo que sucedía en otros países, y tener la certeza de que llegaría a México, el COVID-19 nos tomó por sorpresa, cambió nuestras vidas, todas nuestras cuadraturas.

Los fieles estábamos acostumbrados a tener “a la mano” todo lo necesario para practicar la fe: la celebración de la Santa Misa, todos los días en diferentes horarios; las confesiones, los bautismos, la exposición del Santísimo… pero todo, absolutamente todo, se suspendió, y los templos permanecieron cerrados desde el mes de marzo.

Feligreses y sacerdotes tuvimos que aceptar y adaptarnos a nuevas formas de impartición y participación a través de las redes sociales y la televisión. Para muchos no fue nada fácil, pues en un momento unos y otros nos vimos obligados a familiarizarnos con la tecnología; y para muchos más, por la imposibilidad de recibir la Eucaristía con la frecuencia con la que estaban acostumbrados a hacerlo.

Sin intentar minimizar el terrible daño que en todos los aspectos el coronavirus ha provocado en el mundo, nos está dejando también un gran aprendizaje y, como católicos practicantes, la oportunidad de apreciar todos los privilegios de los que hemos gozado sin aquilatar su valor, asumiéndolos más bien como derechos de cualquier fiel cristiano.

No todos los buenos católicos han tenido como nosotros, antes de la pandemia, la oportunidad de la asistencia a Misa y la Comunión diaria. Existe la Iglesia del silencio, en donde la vida peligra por profesar la fe cristiana o por tener una imagen o un crucifijo; hay sacerdotes en México que deben recorrer grandes distancias, muchas veces caminando, para llevar los Sacramentos a los pobladores de comunidades que durante meses han esperado pacientemente la visita del “padrecito” para poder casarse, bautizar a sus hijos, confesarse y recibir la Comunión Sacramental.

El coronavirus nos ha dado la ocasión de palpar sólo un poquito las realidades de nuestros hermanos y también la de tantos sacerdotes que día a día dan su vida en el cumplimiento de su vocación, viviendo en la pobreza, la soledad y el anonimato.

Ante la emergencia, hemos sido testigos de la velocidad con que se organizaron las diferentes diócesis, los obispos, los párrocos, los presbíteros para servir y atender a sus fieles, los templos permanecen cerrados, ¡pero la Iglesia está más viva que nunca!

A través del internet o la TV, podemos participar en la Santa Misa, se han organizado muchas conferencias, Horas Santas y actividades piadosas, hemos sentido cercanía con Cardenales y Obispos que a veces se veían tan lejanos, recibiendo palabras de aliento, que nos ayudan a discernir los signos de los tiempos y nos permiten fortalecer la esperanza y la fe en estos momentos de prueba.

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Quizá no fue fácil, pero con el paso de los días nos familiarizamos con la participación en Misa desde YouTube, sin distracciones, sin distancias… en la intimidad del hogar donde Cristo se hace presente si yo le abro las puertas.

La respuesta de Fe ante la grave amenaza de la pandemia se refleja en el celo apostólico de los sacerdotes y párrocos que con valentía llevan al Santísimo a las puertas de los hospitales y a las puertas de nuestras casas; en los sacerdotes que, sin temor a arriesgar la vida propia, se hacen presentes en la zona COVID de las clínicas para brindar ayuda espiritual al personal médico y hospitalario, y ofrecer a los enfermos el auxilio espiritual y los sacramentos; en los laicos que con gran generosidad y espíritu de servicio se han organizado para proporcionar ayuda psicológica y económica a las personas y familias azotadas por el virus; a los miles de católicos que diariamente rezan el Santo Rosario rogando a la Virgen interceda por todos los afectados y por el fin de la pandemia.

Los templos se irán abriendo poco a poco, e iremos integrándonos a la “nueva normalidad”. Ojalá que el dolor vivido, las experiencias y favores recibidos en estos meses nos transformen en mejores personas, en católicos más comprometidos, más agradecidos y más conscientes de la grandeza de nuestra fe.

Seguramente cuando volvamos a las Misas presenciales las viviremos de una manera diferente, tal vez cuando repitamos  “Señor yo no soy digno de vengas a mí…” podamos entender con la misma humildad que el Centurión que más que el deseo y necesidad que tengamos del Pan de Vida, es el amor de Cristo que se nos quiere dar y habitar en nosotros.

*Consuelo Mendoza García es ex presidenta de la Unión Nacional de Padres de Familia.

Los textos de nuestra sección de opinión son responsabilidad del autor y no necesariamente representan el punto de vista de Desde la fe.

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