Opinión

Cada muerte por COVID-19 nos duele

Nos estamos acostumbrando a escuchar o leer en las noticias de cada día el número de fallecidos que a causa de la pandemia, sin que esto nos cause asombro.

Si bien nos preocupa que aún no vemos un claro descenso del número de contagios y muertes, las cifras se manejan con la frialdad de un cálculo matemático, y la insensibilidad de quien habla de un simple número y no del número de pérdidas humanas.

A veces los medios nos informan y lamentamos con sinceridad los decesos de personalidades, médicos, personal hospitalario o sacerdotes, pero miles de vidas perdidas se vuelven un número más en las frías estadísticas diarias, que consideramos ajenas y lejanas como si fuéramos simples espectadores de una película de suspenso.

Para muchos otros, los fallecimientos de conocidos, amigos o familiares, les han permitido percibir la cercanía de la pandemia y la amenaza de la muerte que no respeta sexo, edad, posición económica ni social.

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No es humano, ni por supuesto cristiano, permanecer impávido ante el dolor de nuestros semejantes que sufren sin recibir consuelo ni conmiseración. Entre los miles de fallecidos están hombres y mujeres que fueron parte de una familia: mamás, papás, hijos, abuelos, nietos, tíos, que al sufrir tan terrible enfermedad, han dejado un lugar vacío y un inmenso dolor en quienes los amaban. Pero también están aquellos que en la soledad o la indigencia, han sufrido el COVID y han partido sin que nadie los acompañara.

El reto al que hoy nos enfrentamos es del tamaño de lo que Dios espera de nosotros, que ya vivíamos la indiferencia ante un mundo convulsionado por la violencia y la desigualdad. La naturaleza nuevamente nos muestra nuestra pequeñez y necesidad de mantener la fe en Dios, que siempre hace lo que nos conviene, así como la esperanza en que podremos salir fortalecidos de esta prueba al tener la oportunidad de brindar consuelo y ayuda no sólo a la familia, también a los vecinos, conocidos o desconocidos que por alguna razón tocan a mi puerta o cruzan por mi camino.

Para un buen cristiano, cada cifra de contagios y muertes que presenta la autoridad diariamente, representa un dolor que compartimos, una persona o una familia que necesita de nuestras plegarias, nuestra solidaridad y nuestra compasión; quizá nuestra oración sea a la distancia, su única compañía. Quizá las oraciones de otros creyentes sean nuestro sostén o el de algún familiar en un futuro.

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Lo cierto es que hoy la vida nos brinda la oportunidad de colaborar a la construcción de un mundo más humano, más solidario y más justo; un mundo en que la protección y bienestar de cada  persona desde su concepción hasta su muerte sea el objetivo social o político porque es también la aspiración de cada ciudadano.

Hoy podemos hacer, de la misma manera y con la misma fe, lo hizo el leproso: arrodillarnos ante Jesús y suplicarle: “Señor, si quieres puedes limpiarme”, esperando su respuesta amorosa: “quiero, queda limpio”.

“Al final de nuestra vida seremos juzgados sobre el amor, es decir, sobre nuestro concreto compromiso de amar y servir a Jesús en nuestros hermanos más pequeños y necesitados. Ese mendigo, aquel necesitado que extiende la mano es Jesús; ese enfermo que debo visitar es Jesús; ese encarcelado es Jesús; ese hambriento es Jesús. Pensemos en esto” (S.S. Papa Francisco,  Ángelus  27 11 17).

 

*Consuelo Mendoza García es ex presidenta de la Unión Nacional de Padres de Familia.

Los textos de nuestra sección de opinión son responsabilidad del autor y no necesariamente representan el punto de vista de Desde la fe.

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