Letras minúsculas

El descanso y la culpa

Leyendo las cartas que Jacques Maillet (1913-2009) escribió a su novia, me encuentro con esta frase que me hace brincar en la silla y ponerme nostálgico: “Considera tu descanso como un deber”.

Subrayo el renglón entero, cierro el libro, me pongo a dar vueltas en mi cuarto y miro a través de la ventana por largo rato. Esta súplica que no ha sido dirigida a mí me hiere en lo más vivo, porque yo no sé descansar. ¿Cómo se practica este arte difícil? Y, sin embargo, según Jacques Maillet, existe el deber del reposo. ¡Dios mío, y pensar que esta carta fue expedida en 1943, es decir, cuando la vida era aún más soportable por menos ajetreada! 

En otra carta le dice también: “Son las nueve. Me he impuesto la norma de dormir por lo menos ocho horas al día… Lee, pues, dulcemente, sueña, pasea. Haz todo esto por mí… Una enfermedad grave puede alojarse rápidamente en un organismo cansado”. 


Vuelvo a mi escritorio y me pongo a hurgar en mi cuaderno de notas; busco un espacio en blanco para transcribir estos pensamientos de Maillet y, sin quererlo, mis ojos van a dar a una página en la que me encuentro con estas palabras que Friedrich Nietzsche (1844-1900) dejó escritas en La gaya ciencia, uno de sus libros más importantes (¿cuándo transcribí en mi libreta esta larga cita? No puedo recordarlo):

“Hay un salvajismo de indios en la manera en la que los norteamericanos aspiran al dinero; y su frenesí del trabajo –verdadero vicio del Nuevo Mundo- comienza ya a contaminar a la vieja Europa y a difundir una falta de espíritu completamente extraña. Ahora ya siente vergüenza de entregarse al descanso, y la reflexión dilatada provoca remordimientos. Pensamos con el reloj en la mano, lo mismo que tomamos el desayuno con los ojos fijos en la cotización de la bolsa. Vivimos como quien teme continuamente dejar de hacer algo. ‘Más vale hacer cualquier cosa que no hacer nada’: tal es el principio que, como una cuerda, sirve para estrangular toda cultura y todo gusto superior. No disponemos ya del tiempo ni de la fuerza necesaria para las ceremonias, para la cortesía, para todo espíritu de conversación y, de manera general, para el ocio… El trabajo se adjudica cada vez más la buena conciencia; la búsqueda de solaz de denomina ya necesidad de reposo y comienza a avergonzarse de sí misma… Es más, pronto llegaremos al extremo de no ceder a nuestra inclinación por la vida contemplativa sin despreciarnos por ello y sin tener mala conciencia” (§ 329).

¡Ah, qué razón tenía Nietzsche! A su modo, era un profeta. 

En efecto, si en este momento sonara mi teléfono celular y alguien me preguntara qué estoy haciendo, ¿cómo le respondería? ¿Me atrevería a confesarle que me hallo sentado a mi escritorio ordenando mis notas y pensando en el descanso? ¡De ninguna manera, pues quienquiera que éste fuese, me tomaría al punto por holgazán y perezoso! La respuesta, en todo caso, tendría que sonar aproximadamente así: “Estoy en una reunión muy importante”; o: “Voy manejando, te marco luego”; o, quizá: “Estoy dando clase; ¿podrías llamarme más tarde?”. Sólo haciendo cualquiera de estas cosas tendría derecho al perdón, pues nadie me comprendería si le dijese: “Estoy escribiendo algo en mi cuaderno de notas”; “¿Qué hago? Leo a Nietzsche”; “Precisamente ahora estaba mirando a través de la ventana los colores del crepúsculo”. 

Dicho con otras palabras, el descanso va hoy acompañado de un gran sentimiento de culpa, pues nos hace mentir y luego sentirnos mal por haber mentido. 

Y, sin embargo, cuando uno repasa las páginas de la Biblia, sobre todo las primeras, descubre que para Dios el descanso del hombre es una cosa seria: algo, en todo caso, que no podía tomarse a la ligera:

“Fíjate en el sábado para santificarlo. Durante seis días trabaja y haz tus tareas, pero el día séptimo es un día de descanso dedicado al Señor, tu Dios; no harás trabajo alguno, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu esclavo, ni tu esclava, ni el emigrante que viva en tus ciudades. Porque en seis días hizo el Señor el cielo, la tierra y el mar y lo que hay en ellos y el séptimo descansó; por eso bendijo el Señor el sábado y lo santificó” (Éxodo 20, 8-11).

Se comprende que Dios haya elevado a la categoría de mandamiento el descanso de los suyos: si en Egipto habían sido esclavos, ahora ya no lo eran, de modo que había que demostrar su nueva condición de hombres libres descansando: “Durante seis días harás tus faenas, pero el séptimo día descansarás, para que reposen tu toro y tu burro y se reponga el hijo de tu esclava y el emigrante” (Éxodo 23, 12).

“Di a los israelitas: Guardarán mis sábados, porque el sábado es la señal convenida entre yo y ustedes… Guardarán el sábado porque es día santo para ustedes; el que lo profane es reo de muerte; el que trabaje será excluido de su pueblo. Seis días pueden trabajar; el séptimo es día de descanso solemne dedicado al Señor… Los israelitas guardarán el sábado en todas sus generaciones como alianza perpetua. Será la señal perpetua entre yo y los israelitas, porque el Señor hizo el cielo y la tierra en seis días y el séptimo descansó” (Éxodo 31, 13-17). “Durante seis días trabajarán, pero el séptimo es día de descanso solemne de asamblea litúrgica. No harás trabajo alguno. Es día de descanso dedicado al Señor en todos tus poblados” (Levítico 23, 3).

Podría citar otros textos más (por ejemplo, Deuteronomio 5, 12-15), pero no es necesario. Con los que he citado basta para caer en la cuenta que el descanso es algo serio, y que si es Dios mismo quien lo ordena, por algo será. Dios es el Señor del tiempo, y le gusta que los hombres, sus criaturas, tengan tiempo.  Desde los tiempos de Moisés -¡vaya cosa!- reposar es un deber.