Cielo y tierra
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¿Qué significa tener fe? Y en realidad, ¿qué tan fuerte es la tuya?

Hay quienes creen en Dios sin condiciones, en las buenas y en las malas: tienen fe.
La fe en Dios es nuestra fortaleza. Foto: Cathopic.
La fe en Dios es nuestra fortaleza. Foto: Cathopic.

Hay quienes consideran que tener fe es dar un salto al vacío, pues no se puede probar la existencia de Dios ‘científicamente’. Ignoran que el método científico no es el único modo de conocer la realidad. Hay cosas que no se pueden ver o medir, pero cuya existencia es innegable, como el amor, la solidaridad, los anhelos, los recuerdos. Y además, Dios ha dejado suficientes evidencias de Su existencia. Basta contemplar la naturaleza, su orden, su belleza. Es como ver un cuadro. No se duda de que es obra de un pintor.

Hay quienes aceptan que existe un ‘ser superior’ creador, una especie de energía suprema que dio vida a todo, pero que luego se desentendió, así que es inútil intentar hablarle o pedirle algo, pues, no le importamos ni se ocupa de nosotros.

Pensar eso sería creíble si Dios no se hubiera manifestado, si no supiéramos nada de Él, pero lo hizo, se nos reveló. Nos dio a conocer que nos ama como un Padre amoroso, providente y bueno. El mismo se describió como: “Compasivo y clemente, paciente, misericordioso y fiel” (Ex 34, 6).

Hay quienes creen en Dios, pero piensan que da lo mismo cualquier religión, que todas son iguales y llevan a lo mismo, que lo importante no es cómo le llames ni a qué iglesia o culto pertenezcas sino que tengas fe.

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Pero eso no es lo que Dios dispuso. Él nos envió a Su Hijo, Jesús, que se hizo Hombre y vino a este mundo en un momento y lugar específico, se dio a conocer, nos habló, nos enseñó, respaldó con hechos y milagros Sus enseñanzas; nos invitó a seguirlo; fundó una sola Iglesia, nos indicó el camino a la salvación, y siendo nosotros incapaces de salir por nuestras solas fuerzas de nuestras miserias, dio la vida por nosotros para rescatarnos del pecado y de la muerte. Murió para salvarnos, pero no se quedó muerto, (como tantos otros líderes religiosos a lo largo de los siglos, que murieron y siguen muertos). Él prometió que resucitaría y lo cumplió, y hay pruebas irrefutables de ello.

Hay quienes creen en Jesús, en Su divinidad y en Su poder, y quieren seguirlo. Pero su fe está desorientada. Quizá piensan que basta ‘la sola fe’, y que si aceptan a Jesús como Señor y Salvador, serán ‘salvos’ y ya no importa cómo vivan o lo que hagan después, pues por malo que sea, tienen la salvación garantizada. Pero eso no lo enseñó Jesús ni está en la Biblia. Jesús dijo: “No todo el que me diga ‘¡Señor, Señor!’ entrará en el Reino de los Cielos, sino el que cumpla la voluntad de Mi Padre” (Mt 7, 21), y siempre advirtió y dio ejemplos de que juzgará nuestras obras (ver Mt 5, 16; 7, 21; 25, 31-46). Muchos creen que si tienen fe en Jesús, bastará con pedirle lo que sea, con mucha insistencia y gran convicción, y lo obtendrán, pues Él prometió hacer lo que le pidieran en Su nombre (ver Jn 14, 13-14). Pero Jesús no afirmó que por decir: ‘te lo pedimos en nombre de Jesús’, concedería lo que fuera. Pedirlo en Su nombre no es fórmula mágica, es disposición del corazón. Una variante de este modo de pensar que ve en Jesús un solucionador de problemas, es la de hacer ciertas cosas con intención de darle gusto para obtener provecho. No hay pureza de intención.

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Quienes creen poder manipular al Señor no reaccionan bien ante situaciones como la pandemia que estamos padeciendo. Piden a Jesús que ésta termine y no termina; o piden no enfermarse y se enferman, o que no se muera un ser querido y se muere. Entonces se sienten defraudados, se enojan y aseguran haber perdido la fe. En realidad nunca la tuvieron.

Por último, hay quienes creen en Jesús sin condiciones, en las buenas y en las malas, aunque no les conceda salud o dinero, aunque siga la pandemia y el panorama se vea negro. Tienen la firme certeza de que todo lo permite para nuestro bien y salvación, aunque de momento duela o no se entienda. Y por eso, pase lo que pase, saben que no hay que temer, pues enfermar y morir no es lo peor que nos puede pasar. La muerte no es una calamidad, no es el final ni tiene la última palabra. Estamos llamados a pasar con Jesús la eternidad.

 

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