Opinión

María: Madre, pero también Maestra

“¿Acaso no estoy yo aquí, yo que tengo el honor de ser tu Madre? ¿Acaso no estás bajo mi sombra, bajo mi amparo? ¿Acaso no soy yo la fuente de tu alegría? ¿Qué no estás en mi regazo, en el cruce de mis brazos?”

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Estas frases consoladoras y hermosísimas están grabadas en lo más hondo del alma los mexicanos y de quienes tienen la gracia de conocer y amar a Santa María de Guadalupe.


Como ya se ha mencionado en esta columna alguna vez, Jesús se procuró la mejor Mamá del mundo, no para presumírnosla, sino para ¡compartírnosla!, y nos la dio, y Ella nos aceptó, cuando estaba al pie de la cruz, para que nos conste que nos ama aunque somos pecadores.

Agradecemos tenerla y que nos ame, cuide y proteja, pero no nos conformemos con sentirnos contentos y apapachados. Recordemos que las mamás no se limitan a consentir (para eso Dios inventó las abuelas, je je), sino también educan y corrigen.

Tal vez oímos una y otra vez, de chicos, a la hora de comer: ‘no mastiques con la boca abierta’, ‘no hables con la boca llena’, ‘no interrumpas’, ‘acábatelo todo’, ‘con la comida no se juega’, ‘da las gracias’… y aunque nos chocaba ser corregidos, nos fue útil y aprendimos buenos modales.

Si esto que nos enseñó nuestra mamá terrena nos ayudó en la vida diaria, cuánto más lo que nos enseñe nuestra Madre celestial podrá ser de gran ayuda en nuestra vida espiritual.

Pidámosle nos anime a descubrir qué defecto necesitamos corregir, qué virtud debemos cultivar, qué costumbre que hemos adquirido debemos dejar porque no agrada a Dios pues no le hace bien a nadie.

María puede y quiere educarnos, pero a veces no la dejamos. Somos como esos adolescentes rebeldes que cuando su mamá les dice algo, ponen los ojos en blanco y no hacen caso. No seamos así.

Aprovechando que viene el día de las madres y el día del maestro, celebremos a María no sólo como Madre, sino como Maestra, y démosle la mayor alegría que se le puede dar a un maestro: aprender bien su lección.

Ella nos enseña como los buenos maestros: no sólo de palabra, sino de obra.

Por ejemplo, de la Anunciación (ver Lc 1, 26-38), aprendamos de María su total disponibilidad a la voluntad de Dios, a dar un sí sin condiciones, a diferencia de nosotros que siempre que le damos algo a Dios le pedimos algo o le ponemos un pero.

Podemos aprender de Ella, la elegida para albergar en su vientre nada menos que al Hijo de Dios, que no se llenó de soberbia ni presumió, como nos pasa a nosotros cuando ocupamos algún puesto o recibimos un reconocimiento. María se consideró siempre sólo una esclava del Señor.

En la Visitación (ver Lc 1, 39-56) aprendamos de María su disposición para servir. Pudo tomar su embarazo de pretexto, como hubiéramos hecho nosotros, para dedicarse a descansar y a tejer chambritas, pero olvidándose de sí misma, viajó presurosa para ir a ayudar a su prima, que siendo viejita estaba embarazada y además la pobre debía atender al marido, que debe haber sido muy difícil, por estar temporalmente mudo.

En lo relacionado con el Nacimiento de Jesús (ver Lc 2), aprendamos de María a no esperar ni exigir privilegios, a tener paciencia, a adaptarnos y readaptarnos a los planes de Dios y ser felices con lo que Él permita y quiera darnos.

De las bodas de Caná (ver Jn 2 1-12) aprendamos de María a estar atentos a lo que sucede a los demás, pero no para burlarnos, chismosear o criticarlos, sino para interceder por ellos ante Jesús, y ayudarlos.

Al verla al pie de la cruz (ver Jn 19, 25-27) aprendamos de María a asumir el sufrimiento con la certeza de que si Dios lo permite es porque de ese mal sacará un bien incomparable.

Al verla orando con los Apóstoles (ver Hch 1, 14), con los que dejaron solo a su Hijo, con quien lo negó, con quienes no hicieron nada por Él, podemos aprender de María el perdón y el valor de la perseverancia en la oración.

Éstos son sólo unos cuantos ejemplos. Busquemos en los Evangelios todas las escenas donde aparece María y estemos atentos para captar y aprovechar, la enseñanza que nos quiera dar.

JMJ